Acoso y ciberacoso

Giovanni Cucci S.I.

Dos fenómenos que van en aumento

Algunos datos de referencia

Teléfono Azul [Telefono Azzurro], la ONG nacida en 1987 para garantizar los derechos de la infancia, señaló en el curso de nueve meses (septiembre 2015 a junio 2016), en Italia, 270 casos de acoso y de ciberacoso (prácticamente, uno por día) que requirieron 619 intervenciones de asesoramientos. Las víctimas del acoso físico son en su mayoría varones (55 %); las chicas, en cambio, son en su mayoría objeto de ciberacoso (70 %). Los autores son sobre todo varones (60 % de los casos) y, a diferencia del ciberacoso, en la mayoría de los casos conocen a la víctima. También la edad es un dato preocupante, porque el acoso se manifiesta desde la primerísima infancia (el 22 % de las víctimas tiene 5 años), mientras que el ciberacoso se inicia en torno a los 10 años.[1]

Estas cifras muestran la indudable incidencia y gravedad del fenómeno del acoso entre los jóvenes y muy jóvenes en Italia. En realidad, ellas representan solo la punta del iceberg, no solo por lo que respecta a los datos, sino sobre todo por los graves problemas educativos que les subyacen: dificultades de aprendizaje y de rendimiento escolar, problemas de atención y de socialización, baja autoestima, mala gestión de los impulsos, violencia doméstica, tentativas de suicidio, traumas, relaciones difíciles con los padres, separaciones, abandonos, cárcel, hurtos, alcoholismo, droga.

¿Qué se entiende por acoso?

Los episodios y situaciones que pueden denominarse mediante la voz «acoso» son muchos y no se dejan clasificar con facilidad. A veces, la gravedad del hecho depende de la sensibilidad de la víctima, de la personalidad del agresor, de la duración y de las circunstancias: una tomadura de pelo en presencia de otros puede ser vivida de manera igualmente traumática que un enfrentamiento físico con un compañero en un contexto solitario.

Desde siempre la distracción y el estar juntos desde los primeros años de vida han tenido por objeto la agresividad y la competición. Entre los juegos que suelen escoger los niños está la guerra o la relación con la ley (como en el de «policías y ladrones»), pero eso no significa que tales juegos sean problemáticos o que todo eso provoque una tendencia a asumir comportamientos criminales o de abuso. Esto puede volverse preocupante cuando la violencia se torna en una obsesión, en la única modalidad de distracción y de relación con los demás.