Carlo Maria Curci, un jesuita a contracorriente

Giandomenico Mucci S.I.

El hombre y el jesuita

Ya los contemporáneos advirtieron la complejidad de la personalidad humana y espiritual del padre Carlo Maria Curci,[1] fundador de La Civiltà Cattolica. Entre sus compañeros de vida religiosa hubo quienes le reprocharon siempre su excesiva independencia de carácter, que no facilitaba la vida en común, y, en especial, entre los laicos, admiradores y discípulos que apreciaban en él la fusión de la actividad apostólica con la actitud intelectual, de la ascesis con la lógica evangélica, de la libertad de pensamiento con el sincero espíritu religioso: una fusión que tenía que parecer valiosa en la mentalidad religiosa y cultural, en el clima político y social del siglo XIX católico. En efecto, eran los tiempos en que la Iglesia, sobre todo en Italia —muy probada en cuanto a sus derechos y su libertad y atrincherada en la eclesiología de la societas perfecta—, parecía dominada por la centralización doctrinal y disciplinaria de la curia romana y cerrada a cualquier —aun prudente— apertura
a la cultura moderna e integración con ella: intransigente en materia política, religiosa y ecuménica, con una sólida piedad de cuño generalmente devocional, con la teología de las escuelas romanas como única intérprete reconocida del pensamiento católico. Al decir esto no se pretende condenar hoy actitudes o disposiciones eclesiásticas que entonces se hallaban ciertamente justificadas por la situación concreta, sino solo subrayar la supremacía del momento jurídico-diplomático sobre el estrictamente religioso. Fuera de la Iglesia se sucedían con rapidez el idealismo y el positivismo; el liberalismo cedía ante el naciente nacionalismo y, mientras que por una parte se agudizaba el conflicto entre la fe y la ciencia, por la otra los primeros movimientos socialistas comprometían los equilibrios políticos alcanzados. En este dramático período de la vida italiana y europea,
Curci elaboró un reformismo cultural, teológico y pastoral y lo alimentó a la luz de los acontecimientos personales a los cuales se había expuesto y por los que se había visto afectado. Por eso, las referencias biográficas y autobiográficas ayudan a iluminar tanto los planteamientos y las soluciones doctrinales dadas por Curci como la formación de las que se dieron en llamar sus «ideas nuevas».[2]

Una breve biografía

Carlo Maria Curci nació en Nápoles el 4 de septiembre de 1809. Entró en la Compañía de Jesús, en la provincia religiosa napolitana, el 13 de septiembre de 1826, donde hizo los votos simples perpetuos el 14 de septiembre de 1828. Terminados los estudios literarios, filosóficos y teológicos, fue ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1836 por Mons. F. S. Durini, obispo de Aversa. Fue director en el colegio de Lecce y profesor de escritura y de lengua hebrea en el colegio teológico del Gesù Nuovo de Nápoles antes de comenzar el ministerio de la predicación, que lo hizo célebre en Italia.[3] Después de una estancia en Faenza en 1841 durante la cual mantuvo una relación de amistad con el obispo de Imola, cardenal Giovanni Maria Mastai Ferretti, futuro Pío IX, regresó a Nápoles para continuar la enseñanza, donde fue también capellán en las cárceles borbónicas. El 15 de agosto de 1844 fue promocionado a la solemne profesión de los cuatro votos. Con un espíritu temporalista y antiliberal, que por entonces equivalía para él al espíritu genuinamente católico, fundó en Nápoles en 1849,[4] con la colaboración de insignes jesuitas —en especial, F. Pellico, M. Liberatore y L. Taparelli d’Azeglio— y con el apoyo entusiasta de Pío IX, La Civiltà Cattolica, dejando de alguna manera a sus superiores «simplemente consternados»[5] ante hechos consumados, pero realizando así una idea concebida con anterioridad por otros jesuitas italianos y por el mismo prepósito general, Jean Roothaan, desde 1845. El éxito inmediato de la revista se debió en gran parte a la inteligencia y a las grandes capacidades periodísticas y organizativas de su fundador y primer director.

Mientras tanto, Curci proseguía su actividad de orador y de exégeta, y gran número de sus conferencias y homilías fueron reunidas en volúmenes en los años 1862-1872. De 1874-1876 son las Lezioni esegetiche e morali sopra i quattro Evangeli, en cinco volúmenes, una obra que marca el giro definitivo en el pensamiento y en la vida del jesuita napolitano. En el prólogo a las lecciones, titulado «Ragione dell’opera», el autor auguraba (y pronosticaba) que el Papa tomaría nota de la realidad nacida con la brecha abierta en la Puerta Pía y buscaría una acomodación con el nuevo reino, que, aunque se había instaurado con aquella violación del derecho que había sido la invasión de los Estados Pontificios, había provocado una situación que Curci consideraba providencial para la Iglesia: la solución de la «cuestión romana». En efecto, este hecho iba a permitir a la Iglesia entregarse por completo, sin los impedimentos y equívocos de lo temporal, a la recristianización de los italianos, que estaban alejados de la Iglesia en vastos sectores a causa de ese conflicto. La actitud del jesuita fue juzgada como escandalosa y temeraria. Sus justificaciones escritas y orales no fueron aceptadas. Pío IX desaprobó abiertamente, aunque no de forma oficial, sus opiniones. El 23 de octubre de 1877, a través de una carta del prepósito general —el padre Beckx—, el viejo defensor de la Compañía fue dado de baja de la orden por sus «ideas nuevas» con una dimisión convenida.

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