Cincuenta años de la encíclica «Populorum Progressio»

Fernando de la Iglesia Virguristi S.I.

Una nota sobre su vigencia

Presentación

En este artículo se quiere poner de manifiesto la validez de algunas de las afirmaciones más relevantes de la encíclica Populorum progressio al cumplirse cincuenta años de su publicación. Para ello, tras reflejar su contexto socioeconómico y eclesial, repasamos su concepción de desarrollo, su análisis de los factores que lo obstaculizan en su aspecto económico y las estrategias que deben seguirse para lograrlo. Pretendemos mostrar, desde los datos y las conclusiones más firmes de la teoría económica internacional, la solidez de las tomas de posición de Pablo VI en estas tres cuestiones centrales.

Contexto socioeconómico y eclesial

La encíclica Populorum progressio (PP) fue promulgada el 26 de marzo del año 1967, esto es, en el tramo final de los años sesenta del siglo pasado. Esta década fue un período extraordinario. Concluida la reconstrucción tras los efectos de la Segunda Guerra Mundial en Europa, las economías nacionales, sobre todo las europeas, crecieron a un ritmo sostenido muy alto.

Se evidenciaba de este modo el acierto de los acuerdos alcanzados al final de la contienda en la conferencia de Bretton Woods (New Hampshire, Estados Unidos), celebrada entre el 1 y el 22 de julio de 1944, en la que se estableció el orden económico internacional para la posguerra con la creación de tres instituciones supranacionales: el Fondo Monetario Internacional para el ámbito financiero, el Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo (el Banco Mundial) en el campo del desarrollo y la Organización Internacional del Comercio en el del comercio.

El objetivo era avanzar hacia el comercio libre en un ambiente de estabilidad cambiaria. Sin embargo, los pasos no fueron fáciles. De entrada, la International Trade Organization (ITO) no fue ratificada por el Congreso de EE.UU., celoso de perder autonomía en las cuestiones comerciales. A fin de solventar la situación creada, veintitrés países se reunieron en Ginebra, en 1947, en una ronda de negociaciones para reducir los aranceles que dio lugar al Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT).

Este acuerdo e institución tenía como objetivo llegar a un sistema de comercio libre a escala mundial a partir de una realidad plagada de trabas. En las primeras cinco rondas de negociaciones, entre 1947 y 1961, básicamente se lograron reducciones arancelarias negociadas producto por producto. En la Ronda Kennedy (1964-1967), esto es, en el trienio previo a la publicación de la PP, se abordó una importante ampliación de la agenda y de los procedimientos.

A lo largo de más de veinte años de paz, las políticas económicas de corte keynesiano garantizaron la estabilidad económica y posibilitaron un crecimiento económico sostenido. Este posibilitó que las sociedades occidentales financiaran las diversas modalidades nacionales del Estado del bienestar. En términos de amplitud y profundidad del progreso económico, el régimen de Bretton Woods eclipsó el de todos los períodos precedentes, incluido el del patrón oro y la época del libre comercio del siglo XIX. No en vano se ha escrito que si alguna vez hubo una época dorada de la globalización fue esta.[1]

Para el año 1967, la gran mayoría de los dominios coloniales ya habían conseguido su independencia. En ella cifraron sus ilusiones y esperanzas. Sus opciones socioeconómicas variaron. No se tenía la sensación de que pudiera darse una nueva crisis económica. El año 1973, con el estallido de la crisis del petróleo, quedaba todavía lejos, pero ya empezaban a emerger síntomas de que la situación a nivel mundial no podía seguir sosteniéndose. La disparidad en los niveles de producción y de renta entre el primer mundo y sus viejas colonias era inaceptable. Este es el contexto socioeconómico en el que la PP vio la luz.

Lo hizo, además, en un contexto eclesial muy concreto: dos años después de que concluyera el Vaticano II y cuatro desde su constitución pastoral Gaudium et spes (GS). En este momento de renovación y esperanza eclesial, esta segunda encíclica de Pablo VI es una explicitación de los números que el Concilio dedicó a los temas del desarrollo en la GS. Los padres conciliares eran conscientes tanto del hecho de que la economía se había convertido en un instrumento capaz de dar respuesta a las acrecentadas necesidades de la familia humana como del lacerante hecho de que muchedumbres inmensas carecían de lo necesario. Era urgente introducir profundas reformas en la vida económico-social y un cambio de mentalidad y de costumbres de todos (GS 63).

El concepto de desarrollo

La PP se estructura en torno a una idea central: el desarrollo. En la primera parte afirma que debe ser integral. En la segunda insiste en su carácter solidario. En torno a estas dos precisiones presenta una teología y una filosofía del desarrollo de las que se derivan interesantes concreciones.

Pablo VI sigue en esta, su segunda encíclica, muy de cerca al padre Lebret, quien tiene una muy significativa definición de desarrollo y que tantas veces ha sido citada:[2]