Crisis ecológica y espiritualidad. La aportación de África

Crisis ecológica

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rente a la crisis ecológica y medioambiental actual, la espiritualidad africana es capaz de ofrecer una aportación, una ética alternativa que invita a un aggiornamento, al regreso a a nuestros orígenes (ressourcement), una transformación necesaria en todos los niveles de la existencia humana, a nivel local y global. En la encíclica Laudato si el Papa Francisco ya resaltaba comportamientos humanos que requieren de un cambio inmediato para poder salvar el medio ambiente.

Las comunidades africanas ponen en relación a la persona africana con Dios, una espiritualidad que recuerda a los seres humanos que la creación es esencialmente sagrada y que estamos ligados a la tierra y a la naturaleza. Por ello, se proponen siete símbolos de la cultura africana que, si se comprenden o se adaptan de manera correcta pueden promover una conciencia ecológica y la preservación del medio ambiente. El cordón umbilical enterrado en la tierra ancestral; la unidad, armonía, reprocidad e independencia; la solidaridad con la figura del jefe africano (Chief-Provider); la reinterpretación de las relaciones humanas; la «alianza» (o pacto), una relación basada en el dar y recibir; la importancia de los modelos de comportamiento y el respeto hacia nuestros antepasados y, en último lugar, el gran respeto por la creación.

El ecosistema  es nuestra «casa común», que hemos maltratado y abusado a nivel individual y comunitario. No obstante, las creencias de la espiritualidad africana pueden ser un recurso positivo y una oportunidad para cuidar nuestro medio ambiente, nuestras culturas y el retorno a los orígenes.

Por Marcel Uwineza S.I.

Introducción

«Nadie lanza una piedra al lugar en que ha puesto el recipiente de la leche» (Ntawe utera ibuye aho yahishe igisabo). La sabiduría de este dicho ruandés no ha sido nunca tan necesaria como en este momento histórico, en particular si pensamos en la explotación del medio ambiente. Seguimos lanzando piedras que destruyen nuestra «casa común».[1] Este proverbio sirve para mostrar que los principios morales africanos se fundan en tabúes y prohibiciones que explican en sus detalles qué debería o no hacerse a fin de «preservar el equilibrio y la armonía dentro de la comunidad, entre las diversas comunidades y con la naturaleza».[2]

La mayor parte de los estudios sobre el cambio climático y sobre las crisis medioambientales han sido producidos o conducidos por Occidente. Y a pesar de eso, la crisis empeora. Por eso nos unimos a otros teólogos, como Laurenti Magesa, para afirmar que la espiritualidad africana puede ofrecer una aportación, una ética alternativa frente a las crisis ecológicas. Agbonkhianmeghe E. Orobator observa: «Sometida a un examen atento, la sabiduría de la tradición espiritual africana […] ofrece recursos para cultivar virtudes y compromisos ecológicos adecuados».[3] Es nuestra intención mostrar, con algunos ejemplos provenientes de Ruanda, cómo la espiritualidad africana nos invita nuevamente a un aggiornamento, a un regreso a nuestros orígenes (ressourcement), a utilizar los tradicionales recursos africanos en la profunda comprensión de la exhortación del papa Francisco a cuidar de nuestra «casa común» y para entrar en diálogo con ella.

La ecología representa una nueva frontera para la ética teológica. No obstante, dada la complejidad de la degradación medioambiental, es necesario que las diversas áreas regionales aprendan una de otra. No hay individuo ni comunidad que pueda afirmar que posee todas las respuestas. Lo que está claro es que la creciente destrucción del medio ambiente es imputable principalmente a la actividad humana. En su encíclica Laudato si’ (LS), el papa Francisco escribe: «La Tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería» (LS 21). Mientras la Tierra grita a grandes voces, hay multitudes de pobres, hombres y mujeres, que permanecen bajo las ruinas de un planeta que se derrumba. Hay una urgente necesidad de reconciliarse con la creación y de solidarizarse en la búsqueda de soluciones y prácticas comunes para reducir al mínimo la creciente devastación del planeta.

Laurenti Magesa, uno de los más importantes teólogos africanos, observa: «Reconociendo unánimemente la amenaza a su supervivencia [del medio ambiente], la humanidad puede trabajar de forma colectiva para encontrar algunas respuestas adecuadas a esta situación de inminente catástrofe».[4] De manera análoga, Michael Amaladoss, teólogo jesuita de India, señala que la solidaridad pasa a través del diálogo, que a día de hoy es «un ingrediente esencial para [nuestra humana] peregrinación aquí en la tierra».[5] En otras palabras, hay un deber moral de colaborar con la creación de redes de protección y de unidades operativas medioambientales. Hay también una invitación a la sincera apertura, a la autorregulación en nuestra utilización de los limitados recursos de la tierra y a la tolerancia de unos para con los otros mientras el género humano procura sanar el planeta. El papa Francisco nos advierte: «Si de verdad queremos construir una ecología que nos permita sanar todo lo que hemos destruido, entonces ninguna rama de las ciencias y ninguna forma de sabiduría puede ser dejada de lado, tampoco la religiosa con su propio lenguaje» (LS 63).

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