Crisis humanitarias y refugiados

David Hollenbach S.I.

Perspectivas religiosas y principios éticos

El contexto humanitario enfrenta hoy un desafío serio: el número de personas desplazadas es el más elevado desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Ban Ki-moon, exsecretario general de Naciones Unidas, definió la situación como una «crisis monumental» que requiere una respuesta basada en una «solidaridad monumental».[1] Para proteger a la humanidad necesitamos desarrollar instrumentos mucho mejores que los actuales, que están siendo puestos claramente en crisis por las tragedias de nuestros días.

La primera parte de este artículo muestra algunos recursos presentes en las grandes tradiciones religiosas y espirituales que pueden ofrecer una respuesta a esta situación crítica. Particular atención se presta a la aspiración cristiana del servicio a los refugiados y se proponen después algunas perspectivas éticas más orientadas hacia la política.

Perspectivas religiosas y espirituales

Algunos filósofos políticos laicos, como Joseph Carens, y algunos estudiosos del problema de los refugiados, como Philip Marfleet, afirmaron recientemente que ha llegado el momento de abrir las fronteras a todos aquellos que tienen que dejar su propio país a causa de las persecuciones, de los conflictos o de los desastres naturales.[2] En un espíritu análogo, el movimiento moderno por los derechos humanos afirma la dignidad universal de todas las personas y procura abatir los muros que dividen a los pueblos entre aquellos que importan y aquellos que no importan, puesto que están en juego las exigencias más fundamentales de la humanidad.

Esta orientación también halla un fuerte apoyo en las grandes tradiciones religiosas del mundo entero. Tanto para el judaísmo como para el cristianismo, toda persona ha sido creada a imagen y semejanza de Dios y es partícipe de una dignidad que sobrepasa las fronteras entre los Estados nacionales. El papa Francisco ha recurrido a esta noción bíblica durante su visita a la isla griega de Lesbos, cuando recordó a los refugiados sirios que «Dios creó la humanidad para ser una familia», y llamó a Europa a «construir puentes» en lugar de «levantar muros».[3]

Además, cada una de las grandes tradiciones monoteístas —judaísmo, cristianismo e islam—, aunque con matices diversos, indica como origen propio al patriarca Abrahán, que partió de su tierra natal para dirigirse al país de Canaán. La identidad de los judíos fue plasmada por la historia del éxodo: una migración de la esclavitud en Egipto a la libertad en la tierra prometida de Dios. Y el Nuevo Testamento nos dice que Jesús, inmediatamente después de nacer, debió abandonar Belén para huir de la persecución y refugiarse en Egipto junto a José y María. Los musulmanes miden el tiempo a partir de la hégira —que significa «migración»— de Mahoma de La Meca a Medina. Así pues, cada una de estas comunidades de fe ve sus propios compromisos religiosos y éticos como metas a alcanzar con prescindencia de las fronteras.