Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios

Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios

En la escuela del Deuteronomio

— Pietro Bovati S.I. —

 

«Escucha, Israel». Este es el imperativo que caracteriza el libro del Deuteronomio: no solo introduce en Dt 6,4 uno de los pasajes más importantes de toda la tradición religiosa de Israel (el célebre Šemaʿ Yiśrāʾēl), sino que opera como letimotiv introductorio para las principales secciones de la parte exhortativa del libro (Dt 4,1; 5,1; 6,4; 9,1). Por otra parte, el verbo šāmaʿ («escuchar») aparece no menos de 86 veces en el Deuteronomio, con gran relevancia teológica, teniendo por objeto habitual al Señor o su ley. Así pues, la invitación a escuchar debe considerarse un motivo temático capaz de resumir todo el mensaje del Deuteronomio. Y como este libro recoge el testamento espiritual de Moisés, podemos afirmar que en él resuena el llamado de la voz más autorizada del Antiguo Testamento, como camino que conduce a la vida (Dt 30,19-20).[1]

El mandato de escuchar es transmitido de generación en generación hasta llegar a nosotros, lectores actuales de las Escrituras divinas, herederos del patrimonio espiritual de nuestros «padres», y se conjuga con la admonición evangélica de estar atentos y ser inteligentes cuando nos habla el Señor: «El que tenga oídos, que oiga» (Mt 13,43); «Mirad, pues, cómo oís, pues al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener» (Lc 8,18). En un mundo como el nuestro, distraído y superficial, en una sociedad que se ha vuelto incapaz de apreciar palabras exigentes, el imperativo de la escucha resulta particularmente oportuno. Y es en actitud de oración como verdaderamente se presta oídos al Señor.

El llamamiento a escuchar

Hubo un tiempo, dice el relato bíblico, en el que todo Israel oyó la voz misma de Dios, que habló con el fragor del trueno, en medio del fuego, desde la montaña santa (Éx 19,16-19; 20,22; Dt 4,12; 5,4.22). Fue un momento de breve duración, privilegiado y único, y marcó los inicios históricos del pueblo de la alianza, cuando el Señor se manifestó directamente a los «padres» (Dt 4,32-33; 5,3-4.24), de modo que todos aprendiesen a «temer» a Dios (Éx 19,20), es decir, a entrar en una relación de reverencia y reconocimiento con el Origen invisible de la vida.

Hubo después otro tiempo, concomitante con el primero pero claramente separado de él, un período mucho más largo, en que la palabra del Señor fue comunicada solamente a Moisés, y transmitida por él oralmente al pueblo (Éx 19,16-21; Dt 5,23-31). Así, su modo de alimentarse de lo que «sale de la boca» de Dios (Dt 8,3) era escuchar lo que decía el profeta (primero Moisés y, a continuación, alguien similar a Moisés: Dt 18,15), en cuyos labios el Señor ponía sus palabras (Dt 18,18; Jer 1,9). La voz de Dios que resuena en la voz de su mensajero se vuelve humilde, hasta frágil y balbuceante (Éx 4,10-12; Jer 1,5-7; 2 Cor 10,10). Entonces se requiere un «corazón» más perfecto en el «temor del Señor» (Dt 5,29), cuando la presencia gloriosa del Altísimo se esconde, aunque se trasluce en la irradiación del rostro de su «siervo» (Éx 34,29-35; Mt 17,2; Hch 6,15) y en los signos y prodigios operados por su mano (Dt 34,11-12; Mc 16,20; Hch 2,22). Pero, si no se deja la santa montaña de la teofanía, es decir, si no se acepta la historia con las mediaciones humanas que ella comporta, no se llega a ser respetuoso del modo en el que Dios pide que se lo escucha.

Y hay después un tercer momento en la historia bíblica, el más largo de todos, simbólicamente iniciado con la muerte de Moisés y sellado definitivamente con el fin de la profecía canónica. Esta es la era milenaria de la Escritura sagrada y de sus lectores. Este es nuestro tiempo, tiempo de la palabra de Dios silenciosa, del Verbo que se ha hecho Escritura, de la Voz que se nos ha entregado en el libro confiado a los custodios de la palabra: «Moisés escribió esta ley y la consignó a los sacerdotes levitas que llevan el Arca de la Alianza del Señor, y a todos los ancianos de Israel» (Dt 31,9). Es el lector el que se convierte ahora en protagonista en la historia de la revelación; es él el cuerpo parlante que, lleno del Espíritu, hace brotar de sus labios las sílabas contempladas con los ojos y comprendidas en la asidua meditación del corazón (Dt 6,6; Sal 1,2). De la voz potente del Sinaí al silencio de la Escritura sagrada se dibuja una parábola que describe el cumplimiento perfecto de la revelación de Dios. Porque el Eterno se retira progresivamente con el fin de promover al hombre en su libertad y en su capacidad expresiva creadora para una vida de auténtica alegría: «Escucha, pues, Israel, y esmérate en practicar los mandamientos, a fin de que te vaya bien» (Dt 6,3; 30,8-10).[2]

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