Diversidad y comunión entre los primeros cristianos

Marc Rastoin S.I.

La génesis del Nuevo Testamento

Sumergirse en el mundo religioso del siglo I requiere un esfuerzo notable. Se trata de un mundo diferente del que conocemos, aunque solo sea porque el término «religión» no siempre indica las mismas cosas para las personas de aquel tiempo y para nosotros. Es un mundo en el cual el cristianismo es una realidad modesta. La parábola evangélica de la pequeña semilla que se convierte en un gran árbol es muy apta para describir los comienzos del cristianismo. Para seguir en la metáfora, se trata de un arbusto del cual brotan rápidamente muchas ramas.

Un mundo muy religioso

Debemos imaginarnos, ante todo, un mundo en el cual la dimensión religiosa está presente por todas partes. No hay religiones claramente definidas, por un lado, y Estados, estructuras políticas autónomas por el otro: el Imperio romano, como todos los Estados de la época, tiene un fuerte componente religioso y un culto al emperador que está muy extendido, sobre todo en su sector oriental. El emperador tiene el poder de hacer «morir a cuantos no adorasen la imagen de la bestia» (Ap 13,15). Cada pueblo puede mantener su culto, pero, al mismo tiempo, debe aceptar la difusión de la propaganda imperial romana de tipo religioso. Esta dimensión religiosa de los lazos sociales planteará a los cristianos un problema particular y estará en el origen de la actitud cada vez más represiva de Roma con respecto al cristianismo.

En segundo lugar, se trata de un mundo en su mayoría pagano, en el que los cultos de una multiplicidad de dioses más o menos importantes se reparten los espacios de las ciudades, de los ámbitos lingüísticos y de los pueblos. En Alejandría se venera en particular al dios egipcio Serapis, y en Éfeso, como nos recuerda el libro de los Hechos de los Apóstoles, a la diosa Artemisa. Cuando Pablo predica en Éfeso, los artesanos del lugar se rebelan porque ven en su predicación una potencial amenaza a su comercio de estatuitas, vinculado a un templo considerado como una de las siete maravillas del mundo: «“[Se corre el peligro de que] sea tenido en nada el templo de la gran diosa Artemisa y llegue a derrumbarse la majestad de aquella a quien da culto toda Asia y todo el mundo”. Al oír esto, se enfurecieron y se pusieron a gritar, diciendo: “¡Grande es la Artemisa de los efesios!”» (Hch 19,27-28).

En semejante variedad politeísta más o menos jerarquizada, cada lugar tiene su dios preferido. El mundo pagano es rico, exuberante y fácilmente sincretista. La magia y las supersticiones coexisten con tendencias más místicas, de naturaleza casi filosófica. Los Hechos de los Apóstoles evocan de manera significativa esta atmósfera cultural.

No obstante —y este es el tercer elemento fundamental—, se trata de un mundo en el que la fe judía se ha extendido mucho, hasta tal punto que miles de personas se volvieron simpatizantes suyas. Hay «prosélitos», personas que se han adherido al judaísmo, y «temerosos de Dios», que el sábado van a la sinagoga aun no estando formalmente convertidos. Los Hechos de los Apóstoles hablan de ellos como de un grupo al que los misioneros cristianos se acercarán y, más tarde, harán objeto de particular atención. Cornelio es descrito de la siguiente manera: «Había en Cesarea un hombre llamado Cornelio, centurión de la cohorte llamada Itálica, piadoso y temeroso de Dios, al igual que toda su casa; daba muchas limosnas al pueblo y oraba continuamente a Dios» (Hch 10,1-2).

La cultura helenística dominante

Según el historiador Erich Gruen, el judaísmo es la religión helenística por excelencia.[1] Esta afirmación nos sorprende, porque, erróneamente, estamos acostumbrados a contraponer con facilidad judaísmo y helenismo. En realidad, el judaísmo es una religión que, por su universalismo y por la importancia que da a la moral, resulta de particular interés en el mundo helenístico de la época. En efecto, atrae a muchos, aunque, justamente por este hecho, inspira temor a otros y suscita numerosos prejuicios. Lleva a pensar en la situación del islam en las sociedades occidentales actuales. El judaísmo es una religión que, al mismo tiempo, atrae (tal como resulta de las numerosas conversiones) y es objeto de crítica. La mayor parte de los estereotipos antijudíos difundidos por sacerdotes egipcios como Manetón se remontan a aquella época y seguirán actuando a lo largo de los siglos (cosmopolitismo, odio a los no judíos, etc.).[2]