Ejercicio zen y meditación cristiana

Meditación cristiana

E

n los últimos tiempos meditar se ha puesto de moda en Occidente. Mientras que el yoga ha introducido esta práctica en el ambiente secular, la forma religiosa de la meditación asiática nos llega por medio del zen japonés. Por ello es interesante conocer cómo se practican estos ejercicios espirituales por personas no budistas y por cristianos y como estos ejercicios muestras paralelismos estructurales con los ejercicios ignacianos, que suelen ser los más conocidos.

El ejercicio de meditación zen se desarrolla en silencio y sentado en posición erguida –zazen-, siguiendo con ejercicios de meditación caminada – kinhin-, para dar inicio, después de una pausa, a la meditación sentada y, alcanzar un estado de quietud interior, libre de imaginaciones o pensamientos. El que practica el zen se pone bajo la guía de un maestro  para conseguir el objetivo final: la iluminación zen y encontrar así, el camino espiritual. Muchos son los que encuentran un camino hacia el cristianismo a través de la apertura interior inducida por estos ejercicios.

«Amor» y «servicio», dos de los mandamientos del amor, son palabras que no debemos olvidar y que también forman parte de la espiritualidad y del discernimiento cristiano. Así como el experimentar el «kōan», el estar/ser en Cristo, que constata que el ejercicio zen no aleja al practicante de Cristo, sino que le ayuda a encontrar el camino para estar/ser en él.

El autor es profesor emérito de Teología en la Universidad de Bonn.

Por Hans Waldenfels S.I.

A diferencia del islam, el budismo se presenta a la atención pública con más tiento. No obstante, en una época caracterizada por el activismo y por una agitación febril, ofrece un camino alternativo a quienes están buscando desde un punto de vista religioso, tanto más cuanto en varios estratos de la vida pública la invitación al silencio y a la meditación ha dejado ya de asociarse con la Iglesia cristiana. En las iglesias aún se ofrecen todavía múltiples oportunidades de reflexión en las que no raras veces se introducen también impulsos de procedencia asiática. En tal sentido, más allá de la simple atracción por prácti-
cas asiáticas, se utilizan también algunos de sus elementos específicos.

El zen y Occidente

Nuestra intención en estas páginas es encarar lo que se propone con la meditación budista. En particular, queremos hablar de los ejercicios del zen en el modo en que lo practican los no budistas y, sobre todo, cristianos. Un motivo que nos induce a hablar de él es que la forma religiosa de la meditación asiática ha llegado a Occidente a través del zen japonés, mientras que el yoga ha hallado un espacio más amplio en el ambiente secular como entrenamiento psicosomático. Además, el uso del término «zen», que se ha puesto de moda, se extiende a propuestas múltiples, algo que se debe, en parte, a «maestros» que se autodefinen como tales y que se autorizan.[1] Por otra parte, hoy no puede tolerarse más la superficialidad con la que en siglos anteriores a veces se expresaron juicios acerca de lo que es o no herético, tanto más cuanto es preciso distinguir claramente entre teoría y praxis.

Ahora bien, en todas las culturas, junto al conocimiento racional —que puede expresarse de manera discursiva— también hay formas de conocimiento en las que los hombres se comunican entre ellos sin utilizar las palabras.[2] Tomás de Aquino habla de cognitio per connaturalitatem,[3] entendiendo por tal un conocimiento fundado en una igualdad o afinidad espiritual, una «connaturalidad». John Henry Newman eligió para sí como lema cardenalicio Cor ad cor loquitur —«el corazón habla al corazón».

En años anteriores se leyó mucho el libro del jesuita Peter Lippert, Von Seele zu Seele (De alma a alma), publicado por primera vez en 1924. En japonés está bastante extendida la expresión ishindenshin —«de ánimo a ánimo»—, que deriva del budismo zen y expresa la comunicación y la transmisión directa de un estado de ánimo. En todos estos casos se trata de un conocimiento que no se comunica por la vía discursiva y que debe tenerse en consideración también en la práctica de la meditación.

El ejercicio zen

El ejercicio zen se desarrolla en silencio, estando sentado de manera compuesta —zazen—.[4] El que practica el ejercicio se sienta sobre un cojín en posición erguida y, según las escuelas, con el rostro hacia la pared, o bien, en el gimnasio, frente a los otros ejercitantes, con los ojos abiertos o cerrados, las piernas cruzadas con repliegue simple o doble hacia delante, de modo que, en perfecta forma de loto, el pie derecho se apoye sobre la pierna izquierda y, viceversa, el pie izquierdo lo haga sobre la pierna derecha, con las manos juntas. En cuanto al tiempo, el ejercicio dura normalmente veinte minutos. Sigue después un ejercicio de meditación caminada (kinhin) y, después, una breve pausa da inicio a la sucesiva meditación sentada. El ejercicio se funda esencialmente en una actitud de quietud.

A la quietud exterior corresponde la interior. Esta se alcanza al comienzo contando el número de las respiraciones, inspirando y espirando, de modo que, con el paso del tiempo, se llega a establecer una respiración tranquila y, más precisamente, diafragmática. El objetivo de este adiestramiento es alcanzar un estado en que el ejercitante quede libre de imaginaciones y pensamientos.

Desde muchas partes se recurre a los llamados kōan[5], narraciones enigmáticas o simples palabras a las que debe dedicarse el que practica el ejercicio hasta que la pequeña historia o la palabra, por su evidente absurdidad, no encuentran una solución. El célebre dicho del maestro Hakuin: ejemplos clásicos de tales frases y palabras son «escucha el sonido de una mano», o bien mu —«nada», «no»—.[6] El mu, utilizado a menudo, no es una invitación a no pensar en nada, sino una espada que corta todos los pensamientos y vacía y libera al ejercitante.[7]