El amor del señor por los pequeños

Misericordia. La Civiltà Cattolica Iberoamericana

E

n el salmo 136 se manifiesta tanto la grandeza de las obras del Creador, sus obras de misericordia, así como el recuerdo del pequeño don del pan cotidiano. De esta forma, también observamos como el amor del Señor se hace presente en la elección de un pequeño pueblo:  Israel.

En la narración del Deuteronomio, una síntesis y reflexión teológica respecto al origen de la alianza entre YWHW y su pueblo – una relación de alianza y misericordia – se nos presenta una de las reflexiones más interesantes en la que se proclama que Dios ha amado, ama y amará a Israel en su pequeñez, asociado al modo en que el Señor actúa en la historia, una elección divina por puro amor. El pueblo de Israel es un pueblo santo, un pueblo privilegiado, y como tal, está sometido a una doble exigencia: la de amar a Dios y la de amar al emigrante. El señor es misericordioso y cuida a los pequeños, dándoles vida y honor, amando con amor compasivo.

Pietro Bovati S.I. ha colaborado con la revista La Civiltà Cattolica Iberoamericana con otros artículos como la Experiencia del resucitado o Amoris laetitia, discernimiento y madurez cristiana.

Por Pietro Bovati S.I.

Siguiendo las indicaciones del salmo 136 se entra en la consideración de la misericordia del Señor tras las huellas de un cantor sagrado que, al evocar la gesta del Creador y Salvador, suscita la gozosa aclamación de alabanza a la bondad eterna de Dios. La oración, con su intrínseco componente de escucha de la voz de Dios, debe acompañar de todos modos cualquier itinerario de meditación, también cuando uno se dispone a considerar textos bíblicos que no se presentan como formularios preparados para el rezo litúrgico. En efecto, solo se respeta la Sagrada Escritura asumiendo una reverente apertura del corazón,[1] en plena obediencia a la palabra de Dios, de modo que esta, como semilla fecunda, penetre en el interior y transforme la conciencia tornándola misericordiosa. Este es el fruto de la escucha orante.

En el salmo 136 la contemplación del actuar benéfico de Dios parte del énfasis puesto en la grandeza de las obras del Creador, comenzando por la inmensidad del cielo (vers. 4-9); se evoca después la grandiosa epopeya del éxodo, en la cual la mano poderosa del Señor dio la victoria sobre los «famosos» reyes de la tierra (vers. 10-22). Sin embargo, el salmo concluye la letanía de acción de gracias con el recuerdo del pequeño don del pan cotidiano. Esta tensión entre el poder infinito del Señor, celebrado con superlativos ligados a su Nombre («Dios de los dioses», «Señor de los señores», vers. 2-3), y la humilde realidad del «siervo» (vers. 22), al que se entrega la divina grandeza, este paradójico modo de revelarse de nuestro Dios constituye uno de los núcleos más significativos de la fe bíblica. Y eso suscita nuestra atención reflexiva y nuestro acto de fe.

Para nosotros, los cristianos, el acontecimiento de la encarnación, el rebajamiento del Altísimo a la pobre carne humana, representa el vértice sublime de esta economía divina, impregnada toda ella de condescendencia, orientada íntegramente a salvar y, por tanto, plenamente expresiva de la misericordia. Pero justamente para acoger con más conciencia uno de los misterios centrales de nuestro credo es oportuno recorrer los caminos que prepararon proféticamente su advenimiento. En efecto, es necesario comprender que la humillación hasta la muerte de cruz de aquel que era «de condición divina» (Flp 2,6-8) es el cumplimiento de un designio del Señor escrito desde el origen de la historia.

Si se observa atentamente, el relato bíblico se presenta como una sucesión de «comienzos», es decir, de hechos que deben considerarse como ocurridos «al principio», pero no solo de un breve ciclo, sino de todo el proceso histórico, configurándolo así según un sentido propio. Los comienzos son múltiples, y, por eso, la historia narrada por el autor es compleja, con riqueza de significados complementarios. Tenemos el comienzo absoluto del mundo (Gén 1)
y otro comienzo después del diluvio (Gén 9); está el comienzo de la historia humana con el pecado de los primeros padres y la consiguiente maldición (Gén 3), pero también tenemos la historia de Abrahán, que inaugura la historia de la bendición fundada en la fe y la justicia (Gén 12-15). Y así puede seguirse hasta Cristo, que para nosotros es el comienzo de la salvación, aun siendo Pentecostés un punto de partida innovador: el de la Iglesia llena del Espíritu.

Fijaremos ahora la atención en el comienzo de la historia del pueblo de Israel, en la convicción de que en este momento «originario» se nos indica el modo en que el Señor actúa de manera constante en el tiempo, es decir, en todo tiempo, revelando así su misericordia.[2] Con este fin, en lugar de elegir la narración del Génesis, recurriremos al Deuteronomio, porque este libro constituye una síntesis teológica respecto del origen de la alianza entre YWHW y su pueblo y, por eso, nos permite un enfoque más orgánico del tema que queremos profundizar. Como veremos, alianza y misericordia son conceptos correlativos. Justamente en el pacto eterno, sellado por el Señor con nuestros padres, se revela límpidamente la misericordia de nuestro Dios. A partir del Deuteronomio trazaremos después una línea que mostrará cómo lo que está inscrito en
el acontecimiento inicial es confirmado y profundizado a lo largo del trayecto de la historia, en particular cuando aparecen los puntos de
inflexión que dan a esta misma historia una nueva configuración o, en otros términos, cuando la historia humana experimenta, de algún modo, un nuevo comienzo.

En el libro del Deuteronomio

Consideraremos dos textos de gran relevancia, ambos tomados de la sección de los capítulos 5-11, en la que se nos entrega la reflexión teológica más importante de todo el libro. Son dos textos que se asemejan, en los que se subrayan afirmaciones que resultan neurálgicas para la comprensión del Señor. Son dos textos que proclaman que Dios ha amado y ama a Israel en su pequeñez, dos textos que nos ayudan, por eso, a entrar mejor en el reconocimiento de la misericordia del Señor.

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