El humorismo de Dios

El humorismo de Dios
El humorismo de Dios

GianPaolo Salvini nos acerca en este artículo al concepto del humor en la vida cristiana. El humorismo es un tema que ya ha sido tratado en diversas ocasiones por la literatura religiosa, puesto que se considera una parte integrante de la sabiduría y se valora su capacidad para relativizar hechos y vivencias. Sin embargo, el autor hace hincapié en volver a reflexionar sobre el tema, dado que el humor es uno de los instrumento imprescindibles para ayudarnos a recuperar la serenidad en la sociedad occidental actual.

Una de las características del humor es que permite captar los aspectos contradictorios de la vida, proporciona una forma distinta de ver la realidad gracias al contraste y a la sorpresa, elementos ambos, típicos en el Evangelio de Lucas.

GianPaolo Salvini destaca del humor cristiano su potencial para desmitificar a las personas, ya sean los otros o nosotros mismos. Relativiza la trascendencia de cualquier aspecto de la realidad, ante lo único absoluto que es Dios.

GianPaolo Salvini S.I. es economista y fue director de La Civiltà Cattolica.

Por GianPaolo Salvini S.I.

El tema del humor en la literatura religiosa no es nuevo, tam­poco en nuestra revista. [1] Pero creemos que una breve nota puede ayudar a los lectores a mantener viva una dimensión fundamental de la existencia humana que, entre otras cosas, nos parece en pe­ligro, en particular en nuestra sociedad occidental, en la que los conflictos y las tensiones cotidianas amenazan siempre con radica­lizarse y exasperarse, perdiendo de vista la moderación que ofrece el humor o, como podría decirse con un término casi equivalente, la ironía. [2]

Esperamos que el tema sea del agrado de los lectores, teniendo presente que todos necesitamos humorismo, también los cultores de las ciencias laicas, como los economistas. La prestigiosa revista inglesa The Economist, por ejemplo, escribió que la tarea de la economía es dedicarse a estudiar cómo no se cumplen sus previ­siones.

En el título se hace referencia al humorismo de Dios. En reali­dad, para hablar de Dios partimos siempre de nuestra experiencia humana, en la que se refleja también la acción de Dios. Es induda­ble que el humorismo es un medio regio para establecernos en la serenidad. Forma parte de la sabiduría, que es un don del Espíritu Santo; más aún: es la sal de la vida —y de la vida de los creyentes en particular—, que la preserva de todo daño.

La historia de muchas herejías es en buena medida la historia de la pérdida del sentido del humor. Se podría agregar que también la pérdida de muchas vocaciones relata una historia de extravío del sentido del humor. Quien carece de ese sentido se toma todo en se­rio y, por eso mismo, hace que cada cosa se vuelva muy dramática, o bien, sin desembocar en el drama, por lo menos se complica la vida. Saliendo del ámbito de las experiencias religiosas, un psicólogo re­lata que dos colegas suyos que carecían de humor se encuentran por la calle y, tras un embarazoso silencio, finalmente se saludan; pero después, ambos se preguntan angustiados durante el resto del día: «¿Qué habrá querido decirme?».

Algunos elementos del humorismo

Evidentemente, hay muchos tipos de humor, que florece en todo tipo de campo. Podemos decir que elementos propios del humo­rismo —o del sentido del humorson la capacidad de captar los costados cómicos y contradictorios de la vida, riéndose de ellos con benévola comprensión; una mirada superior, que permite ver mejor y «más allá»; una inteligencia nueva, que relativiza y redimensiona todo aquello que se querría tomar por absoluto y excelso.

En la base del mecanismo del humor parece haber una relación entre trasfondo y primer plano que se invierte de improviso. Así pues, se tiene una manera diferente de ver la misma realidad. Lo que era secundario se hace visible y se pone en evidencia algo no dicho que, aunque velado, transgrede la lógica y constituye un ele­mento de sorpresa.

Muchos motivos de este tipo pueden encontrarse en el Evange­lio de Lucas, típico en la inversión de situaciones en las que el lector espera, por ejemplo, que una parábola termine de cierta manera, mientras que Jesús concluye de un modo sorprendentemente distin­to. Desde luego, mucho depende también del estado de ánimo en el que uno se encuentra, y que no siempre es el evangélico. Un ejemplo al respecto son los dos discípulos de Emaús que, en el desaliento debido al fracaso de sus sueños, frente a la ignorancia que parece tener el viandante desconocido respecto de los últimos aconteci­mientos ocurridos en la ciudad, le citan con exactitud el kerigma, es decir, el mensaje de la salvación, pero, con involuntario humorismo, lo hacen para demostrar que todo salió mal, y no para obtener de ese mensaje un consuelo.

Esta capacidad de ver algo que otros no ven tiene otra cualidad que es propia de lo divino: la cualidad del artista. Por eso, el humo­rismo tiene una fuerte relación con la creatividad, el arte y la genia­lidad: es decir, cuando en pocas palabras se elabora una migaja de sabiduría.

Ahora bien, abordando el aspecto más espiritual, digamos que el humor esconde un juicio implícito fundado en una concepción del hombre y de la existencia humana. [3] Kierkegaard considera el humor como la máxima aproximación del ser humano a aquello que es propiamente religioso-cristiano, y ello a pesar de que, aparente­mente, es todo lo contrario: ¿cómo es posible conciliar lo absoluto de Dios con el sentido del humor?

Hugo Rahner, retomando una idea del célebre historiador ho­landés Johan Huizinga, quiere demostrar que la perfección de la ética humana es una misteriosa reproducción de aquella sabiduría eterna que juega desde el principio en la presencia de Dios. A la pregunta de si Dios es humorista, la respuesta proviene ante todo del misterio de la encarnación: que Dios, eterno e infinito, cuyo ros­tro nadie puede ver y permanecer vivo (cf. Éx 33,20), que este Dios asuma la naturaleza humana y se haga hombre como nosotros, y que como nosotros sufra el hambre y la sed, el frío y el calor, la pasión y la muerte, todo ello conmociona la mente.

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