Francisco y el escándalo de los abusos en Chile

Diego Fares S.I.

Las cartas a los obispos y al santo pueblo fiel de Dios

Una herida abierta, dolorosa y compleja, que desde hace mucho tiempo no deja de sangrar: así se podría definir el escándalo de los abusos que golpea a la sociedad y a la Iglesia de Chile. Intentaremos dar cuenta del proceso que ha iniciado Francisco para sanar esta llaga. Como se trata de un proceso en curso, presentaremos una cronología de los hechos principales y de los pasos dados. Haremos luego una reflexión acerca de los criterios de discernimiento que utiliza el Papa para iluminar esta realidad en la cual «todos estamos implicados», como dijo a los obispos de la nación.

Un hecho significativo, que condensó muchos otros y fue, de alguna manera, el detonador del proceso de los últimos meses, tuvo lugar el 18 de enero de 2018, cuando una periodista interpeló al papa Francisco sobre el caso del obispo Barros. Él le contestó: «El día que tenga una prueba voy a hablar».[1]

Tres días después, en el viaje de regreso de Perú a Roma, la habitual conferencia de prensa durante el vuelo tuvo un carácter singular. El testimonio de varios periodistas que participaron de ese momento concuerda en el hecho de que el Papa se expuso a cualquier pregunta que le quisieran hacer. En este clima, pidió perdón dos veces por la palabra «prueba» que había utilizado: «Sobre esto debo pedir perdón, porque la palabra “prueba” ha herido, ha herido a muchos abusados».[2] Varios detalles de las cosas que el Papa explicó prolijamente dejaban entrever que desde hacía tiempo venía recorriendo un camino con las víctimas y con los acusados.[3]

En este paso, que suscitó muchas interpretaciones y conmovió por el modo en que el Pontífice pidió perdón en primera persona, rescatamos una actitud que el padre Bergoglio había caracterizado como «una dialéctica propia de la situacionalidad del discernimiento: buscar —dentro de sí— un estado parecido al de fuera […] y —de esta manera— se está en mejor disposición de hacer el discernimiento».[4] El clima del «afuera» mediático era de acusaciones cruzadas de todo tipo y calibre. El Papa se acusó a sí mismo y pidió perdón de algo concreto en lo que había ofendido, y el haberse acusado le permitió, como veremos, discernir con más claridad los pasos a seguir.

Después de un mes de oración y consultas, el 19 de febrero envió a Mons. Charles Scicluna a Chile con la misión de escuchar desde el corazón y con humildad a las víctimas y hacer un informe de la situación que le brindara un diagnóstico lo más independiente posible y ofreciera una mirada limpia. Como le dijo luego al pueblo de Dios en su carta, «la visita de Mons. Scicluna y Mons. Bartomeu nace al constatar que existían situaciones que no sabíamos ver y escuchar».[5]

Después de la lectura del informe, que le fue entregado el 20 de marzo, el Papa dio tres pasos. El primero fue encontrarse «personalmente con algunas víctimas de abuso sexual, de poder y de conciencia, para escucharlos, y pedirles perdón por nuestros pecados y omisiones».[6] De estos encuentros rescatamos tanto las declaraciones de las víctimas acerca de lo que significó para ellas el trato del Papa y para el santo padre, cuánto le alegró y esperanzó que ellos reconocieran a tantas personas que los ayudaron: los «santos de la puerta de al lado» como le gusta llamarlos al santo padre.[7]