Francisco Suárez

Giovanni Cucci S.I.

El padre de la modernidad filosófica

El pasado año se celebró el 400.º aniversario de la muerte del jesuita Francisco Suárez.[1] Su producción intelectual es inmensa y abarca la filosofía, la teología, la política y el derecho. En el presente artículo se tomará en consideración su planteamiento metafísico, que ha influido de manera decisiva en la filosofía moderna.

La herencia medieval

Para comprender el papel del jesuita español en el campo filosófico es preciso hacer una breve digresión histórica.

La filosofía experimenta en Occidente un giro notable en virtud del encuentro con la cultura árabe: gracias a esta última se introducen en Europa la Física y la Metafísica de Aristóteles, textos hasta ese momento desconocidos —del filósofo griego solo se conocían por entonces las obras de lógica—, y, sobre todo, el primer tratado de metafísica del filósofo Ibn Sina, a quien los latinos llamaron Avicenna, en español Avicena (980-1037).[2] A diferencia de lo que harán los escolásticos, Avicena no escribió un comentario detallado a los escritos de Aristóteles, sino que reelaboró el pensamiento del filósofo griego, construyendo una disciplina lo más acabada posible —el texto de Aristóteles estaba compuesto en la mayoría de los casos por apuntes de estudiantes y discípulos, posteriormente reunidos por Andrónico de Rodas en el siglo I d.C.

Para Avicena, la metafísica es una ciencia divina: su objeto propio es «lo que está separado de la materia», es decir, las primeras causas y toda actividad del pensamiento.[3] Por tanto, esta voz comprende temas complejos y múltiples, que darán origen a subdivisiones particularizadas de dicha disciplina: la metafísica primera (sobre las primeras causas), la metafísica segunda (sobre el ser en cuanto ser) y la teología (sobre el ser supremo).[4]

Para Avicena, la metafísica es ciencia porque se basa en una noción universal: el ente en cuanto ente (que él llama ens commune).[5] Pero ¿en qué relación mutua se encuentran la metafísica primera y la teología, siendo así que se ocupan del mismo tema? Y, además, ¿está comprendido también Dios en el estudio del ente en cuanto ente? A partir de aquí se plantea una serie de preguntas y problemas que catalizarán la especulación medieval.

La reflexión de la escolástica

Estas complejas cuestiones siguen sin respuesta en Avicena y son retomadas por la escolástica; en particular, la posible relación entre filosofía (metafísica divina) y teología (sagrada doctrina) y su estatuto especulativo.

Para Tomás, la metafísica es ciencia porque estudia los principios universales que conciernen al ente. Estos principios, presupuestos por todo tipo de saber, «no deben tratarse en ciencia particular alguna, porque, como cada género de entes los necesita para su propio conocimiento, por la misma razón se tratarían en cada una de las ciencias particulares. De ello queda que tales principios deben tratarse en una ciencia única y común, que, siendo la de máxima intelectualidad, es reguladora de las demás».[6]

Para leer el texto completo, haga clic en …