«GAUDETE ET EXSULTATE» tercera exhortación apostólica del papa Francisco

Gaudete et Exsultate
Tercera exhortación apostólica del papa Francisco

Raíces, estructura y significado de la exhortación apostólica del papa Francisco

por Antonio Spadaro S.I.

A cinco años de su elección, el papa Francisco ha decidido publicar su tercera exhortación apostólica con el título de Gaudete et exsultate (GE). Como lo dice explícitamente el subtítulo, el documento tiene por tema «el llamado a la santidad en el mundo actual». El papa lanza un mensaje «despojado», esencial, que indica aquello que importa, el significado mismo de la vida cristiana, que, en las palabras de san Ignacio de Loyola, es «buscar y encontrar a Dios en todas las cosas» siguiendo la indicación de su invitación a los jesuitas: «curet primo Deum».[1] Este es el corazón de toda reforma, personal y eclesial: poner en el centro a Dios.

El cardenal Bergoglio eligió al llegar al papado el nombre de «Francisco» justamente por eso: como pontífice asumió la misión de Francisco de Asís: «reconstruir» la Iglesia en el sentido de una reforma espiritual que tenga en el centro a Dios. Afirma el papa: «El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada» (GE 1).

Este texto magisterial no quiere ser un «tratado sobre la santidad, con tantas definiciones y distinciones que podrían enriquecer este importante tema, o con análisis que podrían hacerse acerca de los medios de santificación». El «humilde objetivo» del papa es «hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades» (GE 2). Y en este sentido espera que sus «páginas sean útiles para que toda la Iglesia se dedique a promover el deseo de la santidad» (GE 177). Como veremos, este deseo del papa tiene su corazón latiente en el discernimiento.

Gaudete et exsultate se compone de cinco capítulos. El punto de partida es «el llamado a la santidad» dirigido a todos. De allí se pasa a la identificación clara de «dos sutiles enemigos» que tienden a disolver la santidad en formas elitistas, intelectuales o voluntaristas. Después se toman las bienaventuranzas evangélicas como modelo positivo de una santidad que consiste en seguir el camino «a la luz del Maestro» y no una vaga ideología religiosa. Se describen a continuación «algunas notas de la santidad en el mundo actual»: paciencia y mansedumbre, humor, audacia y fervor; vida comunitaria y oración constante. La exhortación concluye con un capítulo dedicado a la vida espiritual como «combate, vigilancia y discernimiento».

El documento es de fácil lectura y no requiere de complejas explicaciones. No obstante, en esta breve guía, además de presentarlo, procuraremos mostrar sobre todo algunas de sus fuentes remotas en las reflexiones pastorales de Bergoglio como jesuita y después obispo y, por último, en las más recientes como pontífice. Así trataremos de identificar también sus temas centrales y el claro mensaje que Francisco quiere lanzar hoy a la Iglesia. ¿Qué es la santidad para Francisco? ¿Dónde la ve él vivida? ¿En qué formas y contextos? ¿Cómo se la puede definir?

La clase media de la santidad

La santidad está en el corazón del pontificado de Francisco desde el comienzo. En la entrevista que concedió a La Civiltà Cattolica en agosto de 2013, es decir, a cinco meses de su elección, habló largamente de ella. Es conveniente releer hoy un pasaje fundamental de ese texto: «Yo veo la santidad en el pueblo de Dios, su santidad cotidiana». Y de nuevo, de forma más extensa: «Yo veo la santidad en el pueblo de Dios paciente: una mujer que cría a sus hijos, un hombre que trabaja para llevar el pan a casa, los enfermos, los sacerdotes ancianos que tienen muchas heridas pero que tienen una sonrisa porque han servido al Señor, las religiosas que trabajan mucho y que viven una santidad escondida. Esta es para mí la santidad común. Yo asocio la santidad a menudo con la paciencia: no solamente la paciencia como hypomoné, el cargar con los acontecimientos y las circunstancias de la vida, sino también como constancia en el avanzar, día tras día. Esta es la santidad de la “Iglesia militante” de la que habla san Ignacio. Esta fue la santidad de mis padres: de mi papá, de mi mamá, de mi abuela Rosa, que me hizo tanto bien. En el breviario tengo el testamento de mi abuela Rosa y lo leo a menudo: para mí es como una oración. Ella es una santa que sufrió mucho, también moralmente, y siguió siempre adelante con coraje».[2]

En esta respuesta puede reconocerse el tono y el significado de Gaudete et exsultate, su clima espiritual y su aplicación práctica. Entre las respuestas que el papa dio en nuestra entrevista aportó una definición: «Hay una “clase media de la santidad” de la que todos podemos formar parte, aquella de la que habla Malègue». Joseph Malègue es un escritor francés caro al papa, nacido en 1876 y muerto en 1940. Y este escritor es citado también en Gaudete et exsultate a propósito de la «santidad “de la puerta de al lado” de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios» (GE 7). Escribía Malègue en Agostino Meridier: «La vieja idea de que solo el alma de los santos es el terreno apto para la exploración correcta del fenómeno religioso le parecía insuficiente. También las almas más modestas contaban algo, también las clases medias de la santidad».[3]

Por tanto, la santidad debe buscarse en la vida ordinaria y entre las personas que nos están cerca, no en modelos ideales, abstractos o sobrehumanos. «El camino de la santidad es sencillo —decía Francisco en Santa Marta el 24 de mayo de 2016—. No ir hacia atrás, sino seguir siempre adelante. Y con fortaleza».[4] Menos aún debe reducírsela a «una santidad “de tintorería”, o sea, toda bella, bien hecha» (Homilía en Santa Marta, 14 de octubre de 2013) o al «“fingimiento” de la santidad» (3 de marzo de 2015).[5] No hay que buscar vidas perfectas sin errores (cf. GE 22), sino personas que, «aun en medio de imperfecciones y caídas, siguieron adelante y agradaron al Señor» (GE 3).

En nuestra entrevista Francisco habló también de la santidad a propósito de la renuncia al pontificado por parte de su predecesor, afirmando: «El papa Benedicto hizo un acto de santidad, de grandeza, de humildad». La santidad une humildad y grandeza y se puede aplicar a un trabajador normal, a una abuela o a un papa. Es la misma santidad. Tal vez, Bergoglio lo aprendió también de las páginas de Malègue, que escribió, asimismo: «Puesto que en la confesión es Jesús el que absuelve, el alma del cura de Ars y la mía son, por lo que respecta a la santidad, a igual distancia del Infinito».[6] No hay asimetría ni distancias siderales del alma ni siquiera entre el hombre común y aquel que ha alcanzado el honor de los altares.

Una santidad de pueblo

Francisco hace comprender cómo la santidad no es fruto del aislamiento: se la vive en el cuerpo vivo del pueblo de Dios. Escribía en un texto publicado en 1982 el entonces P. Bergoglio: «Fuimos engendrados para la santidad en un cuerpo santo: el de nuestra santa madre la Iglesia».[7] En una última síntesis afirma en ese mismo texto que la santidad «es la visita de Dios a su cuerpo».[8] Escribe el ahora papa en la exhortación: «Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo» (GE 6).

Así pues, estamos rodeados de «una nube tan ingente de testigos» que «nos alientan a no detenernos en el camino, nos estimulan a seguir caminando hacia la meta». (GE 3). Resuenan aquí las palabras del papa que habíamos leído en Evangelii gaudium (EG), donde escribió acerca de una «mística de vivir juntos», de un «mezclarnos, de encontrarnos, de tomarnos de los brazos, de apoyarnos, de participar de esa marea algo caótica que puede convertirse en una verdadera experiencia de fraternidad, en una caravana solidaria, en una santa peregrinación» (EG 87, cursiva nuestra).

Esta experiencia de pueblo tiene que ver no solamente con aquellos que tenemos a nuestro lado, sino que se funda en una tradición viva que comprende también a aquellos que nos han precedido.

El papa desarrolla aquí una intuición que había expresado ya en el prólogo, escrito en 1987, a su segundo libro, titulado Reflexiones espirituales sobre la vida apostólica. En esas páginas habló de los antepasados que nos precedieron en la esperanza, «generaciones y generaciones de hombres y mujeres, pecadores como nosotros». Ellos «vivieron las múltiples contradicciones de toda vida, las sufrieron y supieron entregar la antorcha de la esperanza: así llegó a nosotros, y a nosotros nos toca ser fecundos en la transmisión de ella. La mayoría de esos hombres y mujeres no escribieron historia: simplemente trabajaron y pasaron por la vida y —porque se sabían pecadores— aceptaron la salvación en esperanza». Y transmitieron no solamente una «doctrina», sino ante todo un «testimonio», y lo hicieron «con la sencillez con que se dan las cosas de todos los días».[9]

Proseguía el entonces P. Bergoglio, citando nuevamente al escritor francés que le es tan caro: «No conocemos sus nombres, configuran un pueblo de creyentes, una santidad cotidiana, “la clase media de la santidad”, como gustaba decir a Malègue. No sabemos de sus pequeñas historias de días y de años, pero sus vidas han “florecido de rosas y flores” en la nuestra: nos ha tocado la fragancia de su santidad».[10] Ahora, treinta años después, reencontramos las mismas expresiones en la exhortación apostólica Gaudete et exsultate. Y son un testimonio de la raíz profunda que tiene en Bergoglio esta visión de la santidad.

Una santidad personal como misión

Por tanto, la santidad no es la imitación de modelos abstractos e ideales. Las referencias de la santidad ordinaria son sencillas, cercanas, populares: una «santidad pequeña».[11] Muchas veces ha hecho referencia Francisco a Teresa de Lisieux recordando su camino hacia la santidad. Lleva consigo sus escritos durante sus viajes apostólicos y ha canonizado a sus padres. En la homilía de la misa celebrada en Tiflis, Georgia, el 1 de octubre de 2016, citó los escritos autobiográficos de Teresa del Niño Jesús, en los que ella «nos señala su “pequeño camino” hacia Dios, “el abandono del niñito que se duerme sin miedo en brazos de su padre”, porque “Jesús no pide grandes hazañas, sino únicamente abandono y gratitud”».

Pero la santidad está ligada también a la persona individual: la santidad es vivir la propia vocación y misión en la tierra: «Cada santo es una misión» (GE 19).[12] Esto también nos es señalado por Teresita, como dijo el papa en la homilía pronunciada en la catedral de la Inmaculada Concepción, en Manila, el 16 de enero de 2015.[13] La santidad misma es una misión. No existe un ideal abstracto. Francisco lo había escrito ya con palabras de fuego en Evangelii gaudium: «Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás» (EG 273). Impresiona el carácter extremadamente concreto de los ejemplos. Bergoglio no habla ni escribe nunca «en general»: necesita señalar figuras concretas, ejemplo, y hacer incluso enumeraciones.

En 1989, el entonces P. Bergoglio había presentado un libro del P. Ismael Quiles,[14] un jesuita a quien él quería, que había sido su profesor y a quien como papa cita también en Evangelii gaudium.[15] El título del volumen presentado por Bergoglio era Mi ideal de santidad.[16] Después de haber hablado de la santidad en general, Quiles dedica la segunda parte de sus consideraciones al propio ideal, es decir, a la santidad que Dios quiere de cada uno de manera diferente. Se trata, pues, de discernir el propio sendero, el propio camino de santidad, aquel que le permite a cada uno dar lo mejor de sí mismo, como escribe Francisco recordando implícitamente la lección de su hermano en religión (cf. GE 11).

Una santidad gradual, global y sin vallas

Es justamente Quiles el que recomienda —como lo hace Francisco en Gaudete et exsultate— la gradualidad: «Dios no quiere para todas las almas la misma perfección, ni quiere tampoco que cada alma llegue de golpe a aquel grado de santidad que puede alcanzar».[17] Por santo, la santidad surge a partir del conjunto de la vida, y no en el análisis pormenorizado de todos los detalles de las acciones de una persona. No hay una «contabilidad» de las virtudes. El misterio de una persona capaz de reflejar a Jesucristo en el mundo de hoy se pone de manifiesto a partir del conjunto de su vida —hecha a veces también de contrastes, de luces y sombras— (cf. GE 23). Y, consecuentemente, esto se realiza «también en medio de tus errores y malos momentos» (GE 24).

Después hay que considerar siempre de manera adecuada los límites humanos, el camino progresivo de cada uno, pero también el gran misterio de la gracia que actúa en la vida de las personas. El santo no es un «superhombre». «La gracia actúa históricamente y, de ordinario, nos toma y transforma de una forma progresiva. Por ello, si rechazamos esta manera histórica y progresiva, de hecho podemos llegar a negarla y bloquearla, aunque la exaltemos con nuestras palabras» (GE 50).

Más aún, la santidad puede vivirse «aun fuera de la Iglesia Católica y en ámbitos muy diferentes», en los que «el Espíritu suscita “signos de su presencia, que ayudan a los mismos discípulos de Cristo”» (GE 9), como escribió san Juan Pablo II. [18]

En efecto, el mayor peligro es la presunción de «definir dónde no está Dios, porque él está misteriosamente en la vida de toda persona, está en la vida de cada uno como él quiere, y no podemos negarlo con nuestras supuestas certezas» (GE 42). Por el contrario, «aun cuando la existencia de alguien haya sido un desastre, aun cuando lo veamos destruido por los vicios o las adicciones, Dios está en su vida» (GE 42).

Por tanto, debemos buscar al Señor en toda vida humana, sin ejercer una supervisión estricta de la vida de los demás» (GE 43). En pocas líneas encontramos aquí el llamamiento —que aparece con frecuencia en Amoris laetitia (cf., por ejemplo, AL 112; 177; 261; 265; 300; 302; 310)— a evitar la actitud de controladores de la vida de los demás, que lleva a un juicio que es condena.

Este es un punto muy importante de la perspectiva espiritual de Francisco, que aprendió de Ignacio de Loyola a «buscar y hallar a Dios en todas las cosas»[19] sin poner límites y vallas a la acción del Espíritu Santo y a la modalidad de su presencia en el mundo. En efecto, «la experiencia espiritual del encuentro con Dios no es controlable».[20]

Los enemigos de la santidad

En este punto el papa decide someter a la atención de todos dos «enemigos» de la santidad. Una vez más, Francisco insiste en el peligro del neognosticismo y del neopelagianismo. Son los mismos peligros que puso de relieve la reciente carta Placuit Deo, de la Congregación para la Doctrina de la Fe a los obispos de la Iglesia católica sobre algunos aspectos de la salvación cristiana.[21]

El gnosticismo es una deriva ideológica e intelectualista del cristianismo, transformado «en una enciclopedia de abstracciones». Según el gnosticismo, solo el que es capaz de comprender la profundidad de una doctrina puede considerarse como un verdadero creyente (GE 37). El papa es muy duro al respecto y habla de una religión «al servicio de sus elucubraciones psicológicas y mentales» (GE 41), que alejan de la frescura del evangelio.

La santidad tiene que ver con la carne. En una homilía de Santa Marta había dicho el papa: «Nuestro acto de santidad más grande es precisamente en la carne del hermano y en la carne de Jesucristo. […] Es ir a partir el pan con el hambriento, asistir a los enfermos, a los ancianos, a quienes no pueden darnos nada a cambio: eso es no avergonzarse de la carne» (7 de marzo de 2014).

Por eso no es posible considerar nuestra comprensión de la doctrina como «un sistema cerrado, privado de dinámicas capaces de generar interrogantes, dudas, cuestionamientos». En efecto, «las preguntas de nuestro pueblo, sus angustias, sus peleas, sus sueños, sus luchas, sus preocupaciones, poseen valor hermenéutico que no podemos ignorar si queremos tomar en serio el principio de encarnación. Sus preguntas nos ayudan a preguntarnos, sus cuestionamientos nos cuestionan». (GE 44).[22]

El otro gran enemigo de la santidad es el pelagianismo, aquella actitud que subraya de manera exclusiva el esfuerzo personal, como si la santidad fuese fruto de la voluntad y no de la gracia. Para Bergoglio, la santidad personal es ante todo un proceso operado por Dios, que nos espera. Esta es la santidad: «permitir que el Señor escriba nuestra historia» (Homilía de Santa Marta, 17 de diciembre de 2013), «docilidad al Espíritu Santo» (16 de abril de 2013).[23]

Francisco identifica algunas actitudes concretas y las enumera: «La obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, la vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, el embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial» (GE 57).

De allí resulta un cristianismo obsesivo, inundado de normas y preceptos, carente de su «sencillez cautivante» (GE 58) y de su sabor. Un cristianismo que se torna en esclavitud, como recordaba santo Tomás de Aquino al afirmar que «los preceptos añadidos al evangelio por la Iglesia deben exigirse con moderación “para no hacer pesada la vida a los fieles”» (GE 59).[24] Francisco había subrayado este concepto en Evangelii gaudium, texto que aquí retoma casi al pie de la letra. Allí había identificado en esta advertencia «uno de los criterios a considerar a la hora de pensar una reforma de la Iglesia y de su predicación que permita realmente llegar a todos» (EG 43).

Las bienaventuranzas

¿Cómo se hace, pues, para llegar a ser un buen cristiano? La respuesta «es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas» (GE 63). Para Francisco la contemplación de los misterios de la vida de Jesús, «como proponía san Ignacio de Loyola, nos orienta a hacerlos carne en nuestras opciones y actitudes» (GE 20). Hay que contemplar la vida de Cristo y seguir su práctico «programa de santidad», que son las bienaventuranzas. Esta es la convicción de partida que lleva al papa a enfocar en las bienaventuranzas el capítulo central de la exhortación. «Pocas palabras, palabras sencillas, pero prácticas para todos, porque el cristianismo es una religión práctica: es para practicarla, para realizarla, no sólo para pensarla» (Homilía de Santa Marta, 9 de junio de 2014).[25]

Gaudete et exsultate se detiene en cada frase del texto evangélico de las bienaventuranzas y la comenta.[26] Francisco presenta así una santidad simplemente evangélica, sine glossa y sin excusas: «El Señor nos dejó bien claro que la santidad no puede entenderse ni vivirse al margen de estas exigencias suyas» (GE 97). Y así rehúye una espiritualidad abstracta que separa la oración de la acción o que, por el contrario, nivela todo a la dimensión mundana. Y el papa aprovecha esta ocasión para subrayar el «nudo político global»[27] —como él lo ha definido— de los migrantes, que, lamentablemente, «algunos católicos» consideran como «un tema secundario al lado de los temas “serios” de la bioética» (GE 102). Es verdaderamente relevante que el tema de las migraciones sea insertado como un tema primario en una exhortación sobre la santidad.

Las características de la santidad

En el capítulo cuarto Francisco expone algunas características de la santidad en el mundo actual. Son en total «cinco grandes manifestaciones del amor a Dios y al prójimo que considero de particular importancia, debido a algunos riesgos y límites de la cultura de hoy» (GE 111). El papa es consciente de que en esta cultura se manifiestan riesgos y límites que él también enumera: «la ansiedad nerviosa y violenta que nos dispersa y nos debilita; la negatividad y la tristeza; la acedia cómoda, consumista y egoísta; el individualismo, y tantas formas de falsa espiritualidad sin encuentro con Dios que reinan en el mercado religioso actual» (GE 111).

La primera característica tiene los rasgos del aguante, la paciencia y la mansedumbre. Es necesario «luchar y estar atentos frente a nuestras propias inclinaciones agresivas y egocéntricas para no permitir que se arraiguen» (GE 114). La humildad, que se alcanza también gracias al soportar las humillaciones cotidianas, es una característica del santo, que tiene un corazón «pacificado por Cristo, liberado de esa agresividad que brota de un yo demasiado grande» (GE 121).[28]

La segunda característica es la alegría y sentido del humor. En efecto, la santidad «no implica un espíritu apocado, tristón, agriado, melancólico, o un bajo perfil sin energía» (GE 122). Más aún, «el mal humor no es un signo de santidad» (GE 126). Por el contrario, «el santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y esperanzado» (GE 122). El Señor «nos quiere positivos, agradecidos y no demasiado complicados» (GE 127).

La tercera característica es la audacia y el fervor. El reconocimiento de nuestra fragilidad no debe impulsarnos a la falta de audacia. La santidad vence los miedos y los cálculos, la necesidad de encontrar lugares seguros. Francisco enumera algunos: «individualismo, espiritualismo, encerramiento en pequeños mundos, dependencia, instalación, repetición de esquemas ya prefijados, dogmatismo, nostalgia, pesimismo, refugio en las normas» (GE 134). El santo no es un burócrata ni un funcionario, sino una persona apasionada que no sabe vivir en la «mediocridad tranquila y anestesiante» (GE 138). El santo desinstala y sorprende (cf. ibíd), porque sabe que «Dios siempre es novedad, que nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido, hacia las periferias y las fronteras» (GE 135).

La cuarta característica es el camino comunitario. Más aún, a veces la Iglesia «ha canonizado a comunidades enteras que vivieron heroicamente el Evangelio o que ofrecieron a Dios la vida de todos sus miembros» (GE 141), preparándose juntos incluso al martirio, como en el caso de los beatos monjes de Tibhirine, en Argelia (cf. GE 141). Para Francisco, la vida comunitaria preserva de la «tendencia al individualismo consumista que termina aislándonos en la búsqueda del bienestar al margen de los demás» (GE 146).

La quinta característica es la oración constante. El santo «necesita comunicarse con Dios. Es alguien que no soporta asfixiarse en la inmanencia cerrada de este mundo, y en medio de sus esfuerzos y entregas suspira por Dios, sale de sí en la alabanza y amplía sus límites en la contemplación del Señor» (GE 147), que no domestica el poder del rostro de Cristo (cf. GE 151).

Pero el papa precisa: «No creo en la santidad sin oración, aunque no se trate necesariamente de largos momentos o de sentimientos intensos» (GE 147). Más aún, advierte en contra de «prejuicios espiritualistas», que llevan a pensar que «la oración debería ser una pura contemplación de Dios, sin distracciones, como si los nombres y los rostros de los hermanos fueran una perturbación a evitar» (GE 154). Por el contrario, justamente la intercesión y la oración de petición son agradables a Dios porque están ligadas a la realidad de nuestra vida.

Alternativas como la de «o Dios o el mundo» u «o Dios o la nada» son erradas. Dios actúa en el mundo, trabaja para llevarlo a plenitud para que el mundo esté plenamente en Dios. En la oración se realiza el discernimiento de los caminos de santidad que el Señor nos propone.

Una santidad de lucha y discernimiento

«La vida cristiana es un combate permanente. Se requieren fuerza y valentía para resistir las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida» (GE 158). Estas palabras iniciales resumen bien el sentido del último capítulo de la exhortación Gaudete et exsultate.

Así pues, el papa no reduce la lucha a una batalla contra la mentalidad mundana que «nos atonta y nos vuelve mediocres», ni a un combate «contra la propia fragilidad y las propias inclinaciones (cada uno tiene las suyas —precisa Francisco—: la pereza, la lujuria, la envidia, los celos, y demás)». La santidad es también «una lucha constante contra el diablo, que es el príncipe del mal» (GE 159) y que, por tanto, no es solamente «un mito, una representación, un símbolo, una figura o una idea» (GE 161).

El camino de la santidad requiere que estemos «con las lámparas encendidas», porque quienes no cometen faltas graves contra la Ley de Dios «pueden descuidarse en una especie de atontamiento o adormecimiento» (GE 164) que conduce a una corrupción que es «peor que la caída de un pecador, porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito» (GE 165).

El don del discernimiento ayuda en esta lucha espiritual porque permite comprender «si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el espíritu del mundo o en el espíritu del diablo» (GE 166). Y aquí el papa Francisco sigue la lección de su maestro de vida espiritual, el P. Miguel Ángel Fiorito, que escribió un «comentario» a las reglas de san Ignacio para el discernimiento con el título de Discernimiento y lucha espiritual, cuyo prefacio había escrito el mismo Bergoglio en 1985.[29] En ese prefacio leemos, entre otras cosas, que la lucha espiritual es «ver en nuestras huellas las huellas de Dios», saliendo de la autorreferencialidad.

Esta parte de la exhortación apostólica sobre la lucha y el discernimiento es su corazón latiente. Para Bergoglio, una vida santa no es simplemente una vida virtuosa en el sentido de que persigue las virtudes en general. Es una vida santa porque sabe captar la acción del Espíritu Santo y sus movimientos, y los sigue.

En un contexto de continuo zapping existencial, «sin la sabiduría del discernimiento podemos convertirnos fácilmente en marionetas a merced de las tendencias del momento» (GE 167). Se podría vivir incluso un zapping espiritual, por decirlo así, si no se es conducido por el discernimiento.

Este don es importante porque nos permite estar «dispuestos a reconocer los tiempos de Dios y de su gracia, para no desperdiciar las inspiraciones del Señor, para no dejar pasar su invitación a crecer» (GE 169). Una vez más insiste el papa en el hecho de que esto se juega en las pequeñas cosas de cada día, incluso «en lo que parece irrelevante, porque la magnanimidad se muestra en lo simple y en lo cotidiano». Se trata, afirma el papa, «de no tener límites para lo grande, para lo mejor y más bello, pero al mismo tiempo concentrados en lo pequeño, en la entrega de hoy» (GE 169). Francisco recuerda aquí un lema atribuido a san Ignacio y que le es muy caro, al punto de dedicarle un iluminador ensayo: Non coerceri a máximo, contineri tamen a minimo divinum est («No estar bajo la coerción de lo más grande, sino contenido en lo más pequeño, eso es divino»).[30]

Y el discernimiento no es una sabiduría para los cultos, los doctos, los iluminados. Así lo dijo el papa también a los jesuitas de Myanmar durante su visita apostólica, exponiendo el que para él es el criterio vocacional para la Compañía: «¿Sabe discernir el candidato? ¿Aprenderá a discernir? Si sabe discernir, sabe reconocer qué cosa viene de Dios y qué cosa viene del espíritu malo. Entonces, con esto le basta para avanzar. Aunque no comprenda mucho, aunque desapruebe en los exámenes… está bien, con tal de que sepa hacer discernimiento espiritual».[31] El discernimiento es un carisma: «No requiere de capacidades especiales ni está reservado a los más inteligentes o instruidos, y el Padre se manifiesta con gusto a los humildes (cf. Mt 11,25)» (EG 170).

Francisco concluye su reflexión sobre el discernimiento con un párrafo de particular relevancia y que parece resumir el sentido el itinerario recorrido hasta este momento: «Cuando escrutamos ante Dios los caminos de la vida, no hay espacios que queden excluidos. En todos los aspectos de la existencia podemos seguir creciendo y entregarle algo más a Dios, aun en aquellos donde experimentamos las dificultades más fuertes. Pero hace falta pedirle al Espíritu Santo que nos libere y que expulse ese miedo que nos lleva a vedarle su entrada en algunos aspectos de la propia vida. El que lo pide todo también lo da todo, y no quiere entrar en nosotros para mutilar o debilitar sino para plenificar. Esto nos hace ver que el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos» (GE 175).

Alegría y santidad

Para concluir este análisis de Gaudete et exsultate consideremos de manera específica el título. El llamamiento de Francisco a la santidad está abierto a la invitación a la alegría sencilla del evangelio, citada al comienzo de la exhortación: «Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12). La invitación a la alegría evangélica había resonado ya en la primera exhortación de Francisco, que tenía por título Evangelii gaudium, como también en los documentos magisteriales Laudato si’ y Amoris laetitia, que convocan a la alabanza y a la alegría.

¿De qué alegría está hablando aquí el papa Francisco? Para Bergoglio, la alegría es la «consolación espiritual» de la que habla san Ignacio, «toda alegría interna que llama y atrae a las cosas celestiales y a la propia salud de su ánima, aquietándola y pacificándola en su Creador y Señor» (Ejercicios espirituales, 316). Este es —escribía el entonces P. Bergoglio— «el estado habitual de quien recibe la manifestación de Jesucristo con disponibilidad y sencillez de corazón».[32] El cristiano no puede tener «cara de funeral» (EG 10). Los términos alegría, gozo, son, en general, de los más recurrentes del vocabulario bergogliano.[33] A la alegría del evangelio dedicó él también de manera específica algunas de sus meditaciones en sus cursos de ejercicios espirituales.[34]

Pero el mismo título Gaudete et exsultate recuerda de inmediato la exhortación apostólica Gaudete in Domino, firmada por el beato Pablo VI el 9 de mayo de 1975. Escribía Montini: «Entonces podemos gustar la alegría propiamente espiritual, que es fruto del Espíritu Santo: consiste esta alegría en que el espíritu humano halla reposo y una satisfacción íntima en la posesión de Dios trino, conocido por la fe y amado con la caridad que proviene de él. Esta alegría caracteriza por tanto todas las virtudes cristianas. Las pequeñas alegrías humanas que constituyen en nuestra vida como la semilla de una realidad más alta, quedan transfiguradas» (GD 30).[35]

Y recuerda asimismo el discurso de san Juan XXIII en la solemne apertura del concilio Vaticano II, Gaudet Mater Ecclesia. A estas páginas hay que agregar las del documento de Aparecida (2007), que «respira» en las páginas de Bergoglio.[36] El llamamiento a la alegría aparece allí cerca de sesenta veces. En el documento conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, la alegría del discípulo marcaba su vida espiritual y su tendencia hacia la santidad: «No es un sentimiento de bienestar egoísta sino una certeza que brota de la fe, que serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios» (n. 29). Y también: «Podemos encontrar al Señor en medio de las alegrías de nuestra limitada existencia y, así, brota una gratitud sincera» (n. 356).

Las conexiones entre Gaudete et exsultate y los otros textos magisteriales de Francisco, como también con los del Bergoglio pastor en Argentina nos permiten comprender que la exhortación es el fruto maduro de una reflexión que el papa viene realizando desde hace mucho tiempo y que expresa de manera orgánica su visión de la santidad, entrelazada con la de la misión de la Iglesia en el mundo actual. El documento comunica en su conjunto una convicción semejante a la expresada tiempo atrás por el cardenal Bergoglio: «A este ámbito de alegría evangélica —que es nuestra fortaleza— es a donde debemos conducir la fragilidad de nuestro pueblo que salimos a buscar»[37].

* * *

Francisco concluye Gaudete et exsultate dirigiendo su pensamiento hacia María. Ya a comienzos de los años ochenta Bergoglio veía la santidad de la Iglesia reflejada en el «rostro de María, la sin pecado, la limpia y pura», sin olvidar nunca que «congrega en su seno a los hijos de Eva, madre de hombres pecadores».[38] María es «la santa entre los santos, la más bendita, la que nos enseña el camino de la santidad y nos acompaña», como madre que es: «A veces nos lleva en sus brazos sin juzgarnos. Conversar con ella nos consuela, nos libera y nos santifica» (GE 176).

[1] Es decir: «Procure, mientras viviere, poner delante de sus ojos ante todo a Dios». Formula Instituti de la Compañía de Jesús (n. 1).

[2] A. Spadaro, «Intervista a Papa Francesco», en Civ. Catt. 2013 III 460.

[3] J. Malègue, Agostino Méridier, Milán, Corriere della Sera/Roma, La Civiltà Cattolica, 831s.

[4] Francisco, L’umiltà e lo stupore. Omelie da Santa Marta. Settembre 2015-giugno 2017, Milán, Rizzoli, 2018, 230,

[5] Íd., La verità è un incontro. Omelie da Santa Marta, Milán, Rizzoli, 2014, 335 e Íd. La felicità si impara ogni giorno. Omelie da Santa Marta. Marzo 2014-giugno 2015, ibíd., 371.

[6] J. Malègue, Agostino Méridier, op. cit., 989.

[7] (J.M. Bergoglio) Papa Francisco, Meditaciones para religiosos, Bilbao, Mensajero, 2014, 201.

[8] Ibíd., 202.

[9] Id., Reflexiones espirituales sobre la vida apostólica, Bilbao, Mensajero, 2013, 14.

[10] Ibíd.

[11] Francisco, L’umiltà e lo stupore, op. cit., 244 (homilía del 9 de junio de 2016).

[12] Cf. D. Fares, «“Io sono una missione”. Verso il Sinodo dei giovani», en Civ. Catt. 2018 I 417-431

[13] «Al igual que santa Teresa de Lisieux, cada uno de nosotros, en la diversidad de nuestras vocaciones, está llamado de alguna manera a ser el amor en el corazón de la Iglesia».

[14] J.M. Bergoglio, «Insistencialismo y hombre actual. A propósito de dos publicaciones», en Íd., Reflexiones en Esperanza, Buenos Aires, Ediciones Universidad del Salvador, 1992, 329-350.

[15] El papa cita en particular I. Quiles, Filosofía de la educación personalista, Buenos Aires, Depalma, 1981, 46-53.

[16] I. Quiles, Mi ideal de santidad (1938), en Escritos espirituales (Obras de Ismael Quiles, S.J., vol. 14), Buenos Aires, Depalma, 1987, 1-127.

[17] Ibíd., 110.

[18] S. Juan Pablo II, Carta apostólica Novo millennio ineunte, 56.

[19] Cf. Ejercicios espirituales, 230-237; Autobiografía, 99 y Constituciones de la Compañía de Jesús, 288.

[20] J.M. Bergoglio y A. Skorka, Sobre el cielo y la tierra, ed. a cargo de Diego F. Rosemberg, Barcelona, Debate, 2013, 28.

[21] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta «Placuit Deo» a los obispos de la Iglesia Católica sobre algunos aspectos de la salvación cristiana, del 22 de febrero de 2018, texto accesible en www.vatican.va.

[22] Estos textos son citas de Videomensaje al Congreso internacional de Teología de la Pontificia Universidad Católica Argentina (1-3 de septiembre de 2015).

[23] J.M. Bergoglio, La verità è un incontro, op. cit., 423 y 78.

[24] Cf. Summa Theologiae, I-II, q. 107, art. 4.

[25] Francisco, La felicità si impara ogni giorno, op. cit., Milán, Rizzoli, 2015, 126.

[26] Para profundizar el tema recomendamos la lectura de D. Fares y M. Irigoy, Dichosos vosotros. Repensar las bienaventuranzas con el papa Francisco, Madrid, Paulinas, 2017.

[27] Francisco, «El papa Francisco se encuentra con La Civiltà Cattolica con ocasión de la publicación del número 4000», en La Civiltà Cattolica Iberoamericana I (2017), n. 4, 7-15: 11.

[28] Francisco reconoce que estas actitudes agresivas y polémicas no faltan incluso en los medios de comunicación que se definen como «católicos», pero que toleran —cuando no fomentan— la difamación y la calumnia, cultivando la rabia y la venganza (cf. GE 115).

[29] M.A. Fiorito, Discernimiento y lucha espiritual. Comentario de las Reglas de discernir de la Primera Semana de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, Bilbao, Mensajero, 2010 (publicado originalmente en 1985). Cf. J.L. Narvaja, «Miguel Ángel Fiorito. Una riflessione sulla religiosità popolare nell’ambiente di Jorge Mario Bergoglio», en La Civiltà Cattolica 2018 II 18-29.

[30] El entonces P. Bergoglio, superior de la provincia argentina de los jesuitas, había dedicado a este lema una reflexión importante: (J.M. Bergoglio) Francisco, «Conducir en lo grande y en lo pequeño», en Íd., Meditaciones para religiosos, op. cit., 100-110. Entre otras cosas, leemos allí: «Lo “pequeño” y lo “grande” […] son tratados por san Ignacio no en una cosmovisión funcionalista, sino en la concepción espiritual de la vida. Las seducciones de reducir estas cosas de visión sobrenatural a otras dimensiones son cotidianas. Solo la sabiduría del discernimiento nos salva» (p. 102s).

[31] Francisco, «“Estar en las encrucijadas de la historia”. Conversaciones con jesuitas de Myanmar y de Bangladés, en La Civiltà Cattolica iberoamericana II (1917) n. 12, 7-20: 13

[32] J.M. Bergoglio, S.J. (Papa Francisco), Mente abierta, corazón creyente, Madrid, Publicaciones Claretianas, 2013, 115.

[33] Cf. J.M. Bergoglio (Papa Francisco), En él solo la esperanza. Ejercicios espirituales a los obispos españoles (15 al 22 de enero de 2006), Madrid, BAC, 2013, 79-81, n. 2.

[34] J. M. Bergoglio, S.J. (Papa Francisco), Mente abierta, corazón creyente, op. cit., 17-25.

[35] Cf. ibíd., 20.

[36] Sobre este evento eclesial cf. D. Fares, «40 anni da Aparecida. Alle fonti del pontificato di Francesco», en Civ. Catt. 2017 II 338-352.

[37] J.M. Bergoglio, El verdadero poder es el servicio, Buenos Aires, Editorial Claretiana, 2007, ed. electrónica, 121.

[38] (J. M. Bergoglio) Papa Francisco, Meditaciones para religiosos, op. cit., 202.

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