«Gestar futuro»

Diego Fares S.I. – Antonio Spadaro S.I.

El viaje apostólico de Francisco a Chile y Perú

El 15 de enero a las 8:30 horas levantaba el vuelo rumbo a Santiago de Chile el avión que llevaba a bordo al papa Francisco, a su séquito y a los periodistas acreditados. Se iniciaba así el vigésimo segundo viaje apostólico del Papa al exterior, un viaje que tuvo como etapas Chile y Perú. Procuraremos ilustrar aquí sus dos puntos focales —el futuro y la unidad—, puntos que habrá que tener presentes desde el comienzo como claves interpretativas, para presentar después en detalle sus distintos momentos y concluir, al final, con una síntesis.

Los dos focos: el futuro a construir y la unidad que no teme a los conflictos

Un tema central que acompañó de manera constante el viaje fue el de la apertura al mañana. En Chile, «nación preñada de futuro», Francisco expresó de inmediato a las autoridades del país su propia visión en perspectiva: «Una nación, más que por sus fronteras, más que su tierra, sus cordilleras, sus mares, más que su lengua o sus tradiciones, es una misión que cumplir».

Lo repitió después en su primera homilía: «Las bienaventuranzas son ese nuevo día para todos aquellos que siguen apostando por el futuro, que siguen soñando, que siguen dejándose tocar e impulsar por el Espíritu de Dios». Y también comentó que se trata de «tejer un futuro de paz […], volver a hilar una realidad que se puede deshilachar». Por eso, la invitación que dirigió el Papa a las convictas en el Centro Penitenciario Femenino de Santiago fue a «gestar futuro». Esta visión dinámica se dirige sobre todo a los jóvenes, a los que el Papa habló de los sueños que Dios pone en sus corazones: «sueños de libertad, sueños de alegría, sueños de un futuro mejor». Francisco definió la universidad como el «laboratorio para el futuro del país». Y, al hablar del pueblo, de la familia y de la nación, incluyó siempre «el “nosotros” del futuro, de los hijos y del mañana».

En Perú exhortó a los pueblos a forjar un país «que tenga espacio para “todas las sangres”, en el que pueda realizarse la promesa de la vida peruana». Lo hizo citando a dos personalidades que han marcado profundamente el alma del país: el antropólogo José María Arguedas y el historiador Jorge Basadre. En el discurso a las autoridades y en el saludo final señaló varias veces que los jóvenes son el presente, no solo el futuro; un presente capaz de soñar un «futuro de esperanza». En su segundo encuentro peruano subrayó también que las personas que emigran de la Amazonia lo hacen buscando un techo, una tierra y un trabajo, «un futuro mejor para sí mismas y para sus familias». El «buen vivir» que cultivan las culturas sudamericanas comprende ese «futuro mejor», el «construir un futuro con dignidad», que es el anhelo y el motor de la vida de los pueblos. En la misa final en Lima, el Papa constató con dolor que en los actuales «sobrantes humanos» «se encuentra el rostro del futuro». El desafío lanzado a cada uno, pero también a todos, es el de la unidad de los pueblos y de las culturas. En esa misma ocasión dijo: «¿Cómo encararemos el futuro si nos falta unidad?».

Por tanto, la pregunta por la unidad es fundamental para pensar el porvenir. Este fue el segundo punto central del viaje. El Papa visita cada país y cada Iglesia tal como son, con sus llagas y sus sueños. En medio de los conflictos llevó a Chile el mensaje de una paz que busca la justicia sin violencia, como dijo a los pueblos de la Araucanía y a las autoridades. El espíritu de la unidad supera todo mal espíritu de desolación —afirmó en su discurso a los sacerdotes y religiosos de Chile—, dondequiera que esté: en la radicalización de la lucha de los pueblos originarios o en la falsedad de los acuerdos gubernamentales, en la corrupción de los políticos o de los miembros de la Iglesia, en la desinformación de los medios o en las tensiones entre víctimas y verdugos… Es una paz que implica el conflicto y que lo enfrenta sin máscaras ni timidez. Francisco escogió tanto los lugares donde la unidad podría dividirse, a causa de la falta de respeto por la cultura mapuche, como los lugares donde se hace presente una gracia que integra diversas culturas, como sucede en el norte. Pero, desde el comienzo, en Chile elogió también la democracia en la precisa dirección del restañamiento de las heridas dejadas por el golpe militar de 1973 y de la superación de los conflictos internos.

La visita a Perú tuvo presente la unidad ya desde su lema primigenio: «Unidos por la esperanza». En Perú la política padece una corrupción institucional endémica, y el Papa se refirió continuamente a la sufrida y esforzada esperanza de los peruanos, una esperanza que ellos no deben dejarse robar. Y tradujo el lema del viaje con las siguientes palabras: «Cuiden la esperanza, que no se la roben. No hay mejor manera de cuidar la esperanza que permanecer unidos». En efecto, en Perú la integración cultural es uno de los desafíos históricos.

El primer mosaico chileno: Santiago

El papa Francisco aterrizó en el aeropuerto internacional de Santiago de Chile a las 19:30 horas del 15 de enero. Fue recibido por la presidenta saliente, Michelle Bachelet, y por el canto de una niña chilena, que dibujó una bella sonrisa en el rostro del Pontífice mientras soplaba un viento cálido y persistente proveniente del mar chileno.

El primer gesto significativo consistió en detenerse en el trayecto del aeropuerto a la nunciatura para orar en la iglesia de San Luis Beltrán, en Pudahuel, frente a la tumba de don Enrique Alvear Urrutia, «el obispo de los pobres», muerto en 1982.

El martes 16 de enero Francisco comenzó la jornada recorriendo el trayecto desde la nunciatura hasta la sede presidencial, el Palacio de la Moneda, en un papamóvil descubierto. En la ceremonia estaba presente también el presidente electo, Sebastián Piñera. La presidenta Bachelet se dirigió al Papa como a un amigo, recordó la visita precedente —treinta años atrás— de Juan Pablo II y afirmó que Francisco se encontraba ahora con un Chile que había pasado del dolor a la esperanza y del temor a la confianza. Bromeó, asimismo, mirando al Pontífice y agregando que los chilenos son «harto desconfiados».[1] Francisco retomó a continuación la broma en su propio discurso al describir el alma chilena con palabras de la poetisa nacional Gabriela Mistral,[2] diciendo que «el alma de la chilenía» no es la desconfianza, sino la «vocación a ser, esa terca voluntad de existir».

En esta alocución en particular, de notable perfil civil y político y dirigida a todos los ciudadanos, el Papa afirmó que Chile se ha caracterizado en las últimas décadas por «el desarrollo de una democracia que le ha permitido un sostenido progreso», y que las recientes elecciones políticas han sido una manifestación de la «solidez y madurez cívica» que ha alcanzado. Afirmó que la patria es «la obra más bella» que comienza antes de nosotros y que no puede crecer sin nosotros. El «reto grande y apasionante» es que la democracia chilena «sea de verdad lugar de encuentro para todos»: la «pluralidad étnica, cultural e histórica exige ser custodiada de todo intento de parcialización o supremacía y que pone en juego la capacidad que tengamos para deponer dogmatismos exclusivistas en una sana apertura al bien común». Las palabras del Pontífice pusieron de manifiesto la necesidad de discernir y transformar de manera adecuada la experiencia neoliberal del país.

Del Palacio de la Moneda, Francisco se trasladó al Parque O’Higgins, donde celebró la misa «por la paz y la justicia» frente a una multitud de más de 400 000 fieles. La homilía tuvo como tema las bienaventuranzas, que «no nacen de una actitud pasiva frente a la realidad, ni tampoco pueden nacer de un espectador que se vuelve un triste autor de estadísticas de lo que acontece. No nacen de los profetas de desventuras que se contentan con sembrar desilusión. Tampoco de espejismos que nos prometen la felicidad con un “clic”, en un abrir y cerrar de ojos». Al contrario, las bienaventuranzas provienen del encuentro de Jesús con los rostros y las personas.

De Pablo Neruda[3] el Papa tomó aquí la imagen del «sacudimiento»: con sus bienaventuranzas, el Señor quiere erradicar el inmovilismo paralizante de quien cree que las cosas no pueden cambiar. Del cardenal Silva Henríquez[4] tomó la frase: «Si quieres la paz, trabaja por la justicia». Y de san Alberto Hurtado,[5] la consideración de que «está muy bien no hacer el mal, pero está muy mal no hacer el bien». La paz se construye y se elabora: ese es el mensaje de Francisco a una sociedad chilena en la que subsisten injusticias estructurales. Lo dijo también al día siguiente, en el aeródromo de Maquehue (Temuco), citando una canción de Violeta Parra:[6] «Arauco tiene una pena que no la puedo callar, son injusticias de siglos que todos ven aplicar».

Por la tarde, Francisco se dirigió al Centro Penitenciario Femenino de Santiago. Tuvo un encuentro conmovedor con quinientas mujeres privadas de libertad, aunque, como les dijo, nunca privadas de la dignidad. El Papa sabía que la mitad de las encarceladas pagaban por delitos directamente asociados a la pobreza. Quedó impresionado por los testimonios, pero también por el clima de fiesta creado por los cantos y por las cintas de colores con textos del mismo Francisco acerca del tema de la cárcel y de los encarcelados, con las que las reclusas habían decorado el recinto. Durante la rueda de prensa mantenida en el vuelo de regreso a Roma, el Papa retomó el tema: «Sobre el viaje yo quisiera decir algo que me ha conmovido mucho. La cárcel de las mujeres: yo tenía el corazón ahí». Y «ver estas mujeres, ver la creatividad de estas mujeres, la capacidad de cambiar y querer cambiar de vida, de reinsertarse en la sociedad con la fuerza del Evangelio… […] Me ha conmovido esto, realmente estaba muy conmovido en ese encuentro. Es una de las cosas más bonitas del viaje».

A las 17:15 horas el Papa se encontró con sacerdotes, religiosos, religiosas, consagrados y seminaristas en la catedral de Santiago. Este fue uno de los encuentros que expresaron mejor y de forma más profunda el corazón de Francisco. El Pontífice les dirigió palabras meditadas y profundas en las que, describiendo a Pedro desolado, «misericordiado» y transfigurado, exhortó a amar a «la santa Iglesia de todos los días», una Iglesia llagada y herida, capaz de dejarse transformar por el Señor. Comenzó diciendo: «Siempre me gustó el estilo de los Evangelios de no decorar ni endulzar los acontecimientos, ni de pintarlos bonitos. Nos presentan la vida como viene y no como tendría que ser. El Evangelio no tiene miedo de mostrarnos los momentos difíciles, y hasta conflictivos, que pasaron los discípulos». Además —recordó el Papa—, «Pedro lo negó, Judas lo traicionó, los demás huyeron y se escondieron. Solo un puñado de mujeres y el discípulo amado se quedaron. El resto, se marchó».

El Papa arrebató a los hombres de Iglesia toda ilusión de ser «superiores», porque la capacidad de comprender las heridas del mundo nace del hecho de sentirse heridos y del reconocimiento de las propias llagas, y, sobre todo, advirtió contra la tentación de «quedarse rumiando la desolación». Después del encuentro con los sacerdotes y los religiosos, Francisco se encontró con los obispos en la sacristía de la catedral, donde los exhortó a estar cerca de sus sacerdotes y a conservar la conciencia de pertenecer al pueblo fiel de Dios como servidores y no como dueños. La tentación del clericalismo, subrayó, extingue la vida de la Iglesia.

Después se dirigió al santuario de San Alberto Hurtado, donde, al visitar la tumba del santo, mantuvo un encuentro fraterno con noventa jesuitas del país y respondió a algunas de sus preguntas. El texto de esta conversación aparece publicado en el presente número
de la revista. Por último, participó de un refrigerio con exponentes de varios Hogares de Cristo de todo Chile, institución fundada por san Alberto, como se ha indicado con anterioridad.

La cuestión de los abusos

En sus dos encuentros en la catedral con el clero, los religiosos y los obispos, el Papa hizo referencia a la plaga de los abusos contra menores. Con palabras claras afirmó conocer bien el dolor que han significado estos casos y «el daño y sufrimiento de las víctimas y sus familias, que han visto traicionada la confianza que habían puesto en los ministros de la Iglesia». Por eso invitó a los sacerdotes y religiosos a pedir a Dios «la lucidez de llamar a la realidad por su nombre, la valentía de pedir perdón y la capacidad de aprender a escuchar lo que Él nos está diciendo y no rumiar la desolación».

Más allá de esta circunstancia, el Pontífice habló del tema de los abusos otras veces en el curso de su viaje. En efecto, en Perú aludió a la cuestión dos veces públicamente —en Puerto Maldonado, en el encuentro con los pueblos de la Amazonia y en el encuentro con los obispos peruanos— y con los jesuitas de Perú, en la conversación que publicamos en este número de la revista. Además, en Santiago recibió en la nunciatura a un grupo de personas que fueron víctimas de abusos por parte de sacerdotes.

Por otra parte, Francisco no quiso ceder a las presiones centradas en el caso del monseñor Juan Barros, obispo de Osorno, aludido como culpable de haber encubierto abusos a causa de su vinculación con el sacerdote Fernando Karadima —este sí investigado y condenado por tales delitos—, aunque al parecer no hay pruebas evidentes. En el viaje de regreso, interrogado de manera reiterada por algunos periodistas sobre las heridas y las divisiones provocadas por los abusos de algunos miembros del clero, el Papa confirmó la línea adoptada con determinación por su predecesor, Benedicto XVI. La actitud de Francisco fue la de posicionarse como juez justo que necesita evidencias para juzgar. Dijo también claramente que encubrir los abusos es un abuso en sí y agregó: «En cinco años habré recibido —no sé el número— veinte, veinticinco casos de gracia que se animaron a pedir. No firmé ninguno». Acerca del caso de Mons. Barros, afirmó: «Es un caso que lo hice estudiar, lo hice investigar, lo hice trabajar mucho». Y dijo, refiriéndose a la falta de evidencias: «Aplico el principio jurídico básico en todo tribunal: nemo malus nisi probetur, ninguno es malo a no ser que se pruebe».

Renunciando a la lógica del chivo expiatorio, aun a costa de exponerse a severos ataques mediáticos, el Papa se manifestó dispuesto a recibir testigos al respecto, si los hubiera. Luego materializó esas declaraciones y, el 30 de enero, decidió enviar a Chile a uno de los hombres más expertos en la materia, el arzobispo Charles J. Scicluna, expromotor de justicia, que en su tiempo llevó adelante la investigación sobre el fundador de los Legionarios de Cristo, el padre Marcial Maciel. Sigue en pie el hecho de que el escándalo Karadima es para Chile un verdadero trauma a superar, también a causa de la enorme popularidad del personaje, del que muchos se vieron fascinados tanto a nivel eclesial como a nivel social, pues los seminaristas provenientes de la parroquia que estaba a su cargo  eran cerca de cincuenta y la alta burguesía chilena lo tenía en alta estima. La curación de esta herida debe ser evangélica y no puede comportar atajos, sino que implica la superación radical del clericalismo y de sus sutiles formas de poder, que incluyen también la sumisión del juicio, que es la verdadera raíz del problema. De hecho, el clericalismo ha sido varias veces señalado con el dedo por el papa Francisco.

Temuco, los jóvenes y la universidad entre diversidad, sueños y diálogo

La mañana del miércoles 17 de enero el Papa partió rumbo a Temuco, capital de la Araucanía, donde celebró la misa en el aeródromo de Maquehue, lugar donde en el pasado se constataron graves violaciones de los derechos humanos. En la celebración estaban presentes los miembros del pueblo mapuche, pero el Papa recordó a todos los pueblos que componen el mosaico de estas tierras australes: rapanui (de la Isla de Pascua), aimara, quechua, atacameños y muchos otros. Precisamente la cuestión de los mapuches estaba entre las más espinosas del viaje, puesto que su tierra —que logró resistir durante más de trescientos años ante las tentativas españolas de conquista— fue ocupada en 1862 por Chile, entre otras razones porque dividía el país en dos partes e impedía la continuidad territorial. Se cometieron masacres. Las reivindicaciones no se han acallado y también la visita del Papa se ha visto involucrada en ello.

Al comienzo de la celebración, un grupo de mapuches, con sus vestimentas típicas, rindió homenaje al Papa tocando instrumentos tradicionales, entre ellos la pifilca. El grupo estaba compuesto por tres loncos —los caciques en el seno de la comunidad mapuche— y cinco machis —las mujeres que se ocupan de la salud de la comunidad mediante el lazo especial con la tierra y el ambiente natural—. Los dibujos de sus mantos (chamales) relatan la historia pasada y presente de su comunidad. Y la imagen utilizada por el Papa fue justo la de un manto variado que «requiere de tejedores que sepan el arte de armonizar los diferentes materiales y colores; que sepan darle tiempo a cada cosa y a cada etapa». La unidad es un producto artesanal que, por eso mismo, «necesita y reclama auténticos artesanos que sepan armonizar las diferencias en los “talleres” de los poblados, de los caminos, de las plazas y paisajes. No es un arte de escritorio la unidad, ni tan solo de documentos, es un arte de la escucha y del reconocimiento». No sirven «“bellos” acuerdos» de escritorio «que nunca llegan a realizarse. Bonitas palabras». Esto también representa una violencia que frustra y causa la «deforestación» de la esperanza.

Después Francisco participó en una sencilla comida con algunos habitantes de la región en la casa conocida como «Madre de la Santa Cruz», dando al encuentro con la población local un carácter familiar, directo y personal.

Por la tarde, de regreso en Santiago, se encontró junto al santuario de Maipú con los jóvenes, a quienes invitó a ser protagonistas de manera creativa: «Yo sé que el corazón de los jóvenes chilenos sueña, y sueña a lo grande», dijo, aunque exhortándolos a conectar los sueños con la vida real, cargando la «batería del corazón».

A continuación tuvo lugar el encuentro con el mundo de la cultura en la Pontificia Universidad Católica de Chile, institución fundada en 1888. El Papa recomendó «la gramática del diálogo que forma encuentro», porque la verdadera sabiduría es «producto de la reflexión, del diálogo y del encuentro generoso entre las personas». El proceso educativo debe ser una fuerza inclusiva, de integración y de saneamiento del espacio público y de la convivencia nacional.

Iquique y la integración de los pueblos

El jueves 18 de enero, Francisco partió hacia la ciudad de Iquique,[7] en el norte de Chile, donde celebró la misa dedicada a la integración de los pueblos en el Campus Lobito. Iquique es una «tierra de sueños» —tal es el significado del nombre en lengua aimara—, «una zona de inmigrantes que nos recuerda la grandeza de hombres y mujeres; de familias enteras que, ante la adversidad, no se dan por vencidas y se abren paso buscando vida». La cuestión de la inmigración es un tema importante del pontificado de Francisco. El lugar de la celebración fue el punto en que el desierto y el mar se encuentran, en un escenario único. El Papa tenía frente a sí a la gente que participaba en el acto, que se desarrollaba frente a una enorme duna de arena, el Cerro Dragón. Para la ocasión se había trasladado al emplazamiento la estatua de la Virgen de la Tirana desde el santuario en que se la venera.

Después de la comida, que se sirvió en la casa de ejercicios espirituales del santuario Nuestra Señora de Lourdes, Francisco se despidió de Chile y tomó el vuelo hacia Lima a las 16:45 horas, después de haber recordado el sentido global de su itinerario en ambos países, Chile y Perú: «Sigo mi peregrinación hacia Perú. Pueblo amigo y hermano de esta Patria Grande que estamos invitados a cuidar y a defender. Una Patria que encuentra su belleza en el rostro pluriforme de sus pueblos».

El primer día en Perú: Puerto Maldonado y el pulmón amazónico

El Pontífice llegó al aeropuerto de Lima a las 17:20 horas. Desde el primer momento la población peruana le dio una acogida muy cálida. Cada barrio de la ciudad había preparado sus propias pancartas, estatuas de la Virgen o de los santos bien adornados y también bandas musicales improvisadas. Durante todo el itinerario la gente se agolpó a lo largo de las calles para festejar la llegada del Papa.

A la mañana siguiente a la llegada, sobre las 10:00 horas, Francisco partió en avión hacia Puerto Maldonado, ciudad situada en el sureste de Perú, junto a la confluencia de los ríos Madre de Dios y Tambopata. La ciudad lleva el título oficial de «capital de la biodiversidad» del país a causa de la importante variedad de flora y fauna que hay en los bosques de su provincia. El Papa mantuvo allí un encuentro con veintidós pueblos originarios de la región. Con ellos quiso comenzar su viaje por el país andino.

Los representantes del pueblo amazónico recibieron a Francisco con danzas y cantos tradicionales. Un momento significativo se dio cuando ellos mismos tomaron la palabra para leer fragmentos de la encíclica Laudato si’ en sus propias lenguas. El joven vicario apostólico del lugar, monseñor David Martínez de Aguirre Guinea, dominico, agradeció al Pontífice la gran atención prestada con una mirada que sabía reconocer la riqueza de la Amazonia no solo en los minerales y en las selvas, sino sobre todo en sus pueblos. Pero, en particular, le agradeció el hecho de haber convocado el Sínodo para la Amazonia, que tendrá lugar en 2019.

En su discurso, Francisco subrayó la importancia de todas las poblaciones: «Urge asumir el aporte esencial que le brindan a la sociedad toda, no hacer de sus culturas una idealización de un estado natural ni tampoco una especie de museo de un estilo de vida de antaño. Su cosmovisión, su sabiduría, tienen mucho que enseñarnos a quienes no pertenecemos a su cultura». En efecto, toda cultura y cosmovisión que acoge el Evangelio «enriquece a la Iglesia con la visión de una nueva faceta del rostro de Cristo».

El Papa nombró uno tras otro a los diversos pueblos amazónicos. Apeló al reconocimiento de todos y cada uno no como «minorías», sino como interlocutores auténticos, y pidió a los obispos que promovieran la educación intercultural y bilingüe. Afirmó que la desaparición de una cultura supone una catástrofe de proporciones aún mayores que la extinción de una especie animal o vegetal. Francisco exhortó a todos a «plasmar una Iglesia con rostro amazónico y una Iglesia con rostro indígena»: este es el espíritu del Sínodo para la Amazonia. Al discurso siguió la entrega de dones. El Papa recibió los ornamentos amazónicos reservados a los jefes y se los colocó de inmediato, ante el entusiasmo de todos los presentes. Uno de los aspectos más importantes de este encuentro fue la posibilidad para los representantes de todos los pueblos de la región de encontrarse todos ellos.

A las 13:00 horas Francisco se dirigió al Instituto Jorge Basadre, donde insistió en la bella imagen de la Iglesia que se presentaba ante sus ojos: gente venida no solo de las diferentes zonas de la Amazonia peruana, sino también de los Andes y de otros países vecinos: «¡Qué linda imagen de la Iglesia que no conoce fronteras y en la que todos los pueblos pueden encontrar un lugar! Cuánto necesitamos de estos momentos donde poder encontrarnos y, más allá de la procedencia, animarnos a generar una cultura del encuentro que nos renueva en la esperanza». Las comunidades de Iglesia tienen que ser un reflejo de la mirada de Dios, que «crea lazos, genera familia y comunidad», superando el anonimato y el descarte.

Después el Papa visitó el Hogar El Principito, donde se hospedan niños sin familia y en situación de vulnerabilidad. Francisco fue recibido con gran calidez por parte de los pequeños, asistió a una representación teatralizada de la violencia que acompaña al tráfico de personas y escuchó algunos testimonios. A continuación del encuentro almorzó con los representantes de los pueblos amazónicos en el Centro Pastoral Apaktone.

Después partió hacia Lima, donde a las 16:45 horas se encontró con las autoridades. El presidente de la nación, Pedro Pablo Kuczynski, fue elegido en 2016 con el 50,1 % de los votos. En diciembre pasado, Kuczynski fue convocado a comparecer ante el Congreso, que había iniciado en su contra un proceso de destitución. Finalmente, por falta de quorum necesario, resultó confirmado como jefe de Estado.[8]

El discurso de Francisco a las autoridades se centró en la esperanza: «Perú es tierra de esperanza que invita y desafía a la unidad de todo su pueblo. Este pueblo tiene la responsabilidad de mantenerse unido precisamente para defender, entre otras cosas, todos estos motivos de esperanza». Pero Francisco puso de relieve también dos sombras: un modelo de desarrollo hoy superado, pero que sigue produciendo degradación humana, social y ambiental, y la corrupción. En una de las frases de su alocución citó a dos grandes peruanos: José Arguedas y Jorge Basadre, invitando a «forjar un Perú que tenga espacio para “todas las sangres”[9] en el que pueda realizarse “la promesa de la vida peruana”».[10]

A las 18:00 horas Francisco se encontró con los jesuitas en la iglesia de San Pedro. Allí, sentado en un lugar creado para esta ocasión especial a partir de lo que originalmente era el arquitrabe de una ventana que se remonta a 1672, conversó con ellos, confiando de nuevo la Iglesia a la misión de «enseñar a crecer en el discernimiento».

Trujillo, entre la tierra y el cielo

El sábado 20 a las 7:40 horas, el Papa partió hacia Trujillo, conocida como la «ciudad de la eterna primavera», donde celebró una misa en la explanada de la playa de Huanchaco. El año pasado la ciudad sufrió un duro golpe del fenómeno denominado «Niño costero». «En Jesús —dijo el Papa en la homilía— tenemos la fuerza del Espíritu para no naturalizar lo que nos hace daño, no hacerlo una cosa natural, no naturalizar lo que nos seca el espíritu y, lo que es peor, nos roba la esperanza». A la imagen de la tormenta de «El Niño», Francisco contrapuso la del aceite del Espíritu. Después de la misa recorrió el barrio Buenos Aires, que en su precariedad muestra todavía las consecuencias del cataclismo.

Después del mediodía, a las 15:30 horas, se desarrolló en el seminario de Trujillo un encuentro con sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas del norte de Perú. Aquí Francisco subrayó una doble dimensión: «raíces en la tierra y corazón en el cielo». Cuando falta una de estas dos raíces, «nuestra vida poco a poco se marchita, como un árbol que no tiene raíces se marchita. Y les digo que da mucha pena ver a algún obispo, algún cura, alguna monja, marchito. Y mucha más pena me da cuando veo seminaristas marchitos». Afirmó después que «El Pueblo de Dios tiene olfato y sabe distinguir entre el funcionario de lo sagrado y el servidor agradecido», entre quien utiliza la autoridad de manera autorreferencial y quien es artífice de unidad y de comunión.

Después Francisco se trasladó a la Plaza de Armas, donde presidió una celebración mariana y coronó a la Virgen de la Puerta. Para lograr colocar la corona sobre la Virgen y sobre el Niño, tuvo que subir con esfuerzo los tres altos escalones de una predela. La plaza era una explosión de rosas multicolores, llena de gente y festiva. Dijo el Papa: «El idioma del amor de Dios siempre se pronuncia en dialecto, no tiene otra forma de hacerlo, y además resulta esperanzador cómo la Madre asume los rasgos de los hijos, la vestimenta, el dialecto de los suyos para hacerlos parte de su bendición». Y prosiguió definiendo a María como «Madre mestiza», porque en su corazón hallan lugar todas las razas. En este discurso recordó y condenó con firmeza el feminicidio, plaga que aqueja al país: en 2017 se produjeron en Perú 121 feminicidios y 247 tentativas, de un total de 368 casos.

La lección de santo Toribio de Mogrovejo

El domingo 21 vio a un Papa de nuevo lleno de vigor para comenzar una jornada de muchos encuentros. La jornada empezó a las 9:15 con el rezo de la hora intermedia con más de quinientas contemplativas en el santuario del Señor de los Milagros. Cerca de 160 de ellas habían dormido en el suelo la noche anterior en espera del Pontífice y, después del encuentro con Francisco, comieron todas juntas un pícnic. El entusiasmo de las monjas era palpable y se expresó con cantos festivos, con coros que decían «Te queremos, papa, te queremos» y con ondear de banderitas. El Papa citó «sus» cuatro Carmelos de Buenos Aires, queriendo incluir en el encuentro a las hermanas que lo acompañaron en su misión como arzobispo. Confió a las religiosas la unidad de la Iglesia. Les recordó que la oración de las contemplativas es una «oración misionera» que no rebota en los muros del convento, sino que sale al exterior. Por último, las exhortó a no tener vergüenza, a ser «sin vergüenza», como los amigos del paralítico, que acercaron la miseria al poder del Señor.

Francisco se dirigió después a la catedral, donde oró frente a las reliquias de los santos peruanos: santo Toribio de Mogrovejo, santa Rosa de Lima, san Martín de Porres, san Francisco Solano y san Juan Macías. Inmediatamente después mantuvo un encuentro con los obispos. Su discurso se centró en la figura de santo Toribio.[11] Recordando un cuadro expuesto en el Vaticano que lo retrata en medio de un río mientras procura llegar a la otra orilla, el Papa mencionó seis orillas que santo Toribio luchó por alcanzar. Entre ellas mencionaremos: la orilla de los lejanos y dispersos, que el santo quiso alcanzar recorriendo su enorme diócesis tres veces en los 22 años de su episcopado; también la orilla cultural, dado que santo Toribio impulsó al clero a aprender las lenguas y las culturas de los diferentes pueblos, para lo cual dispuso que se prepararan catecismos en quechua y aimara, las principales lenguas indígenas, y apoyó con fuerza la creación de un clero nativo; asimismo está la orilla de la unidad, a cuyo respecto dijo el Papa: «Bien sabemos que esta unidad y consenso fue precedida de grandes tensiones y conflictos. No podemos negar las tensiones —existen—, las diferencias —‍existen—; es imposible una vida sin conflictos. Pero estos nos exigen, si somos hombres y cristianos, mirarlos de frente, asumirlos. Pero asumirlos en unidad, en diálogo honesto y sincero, mirándonos a la cara y cuidándonos de caer en tentación, o de ignorar lo que pasó o quedar prisioneros y sin horizontes que ayuden a encontrar caminos que sean de unidad y de vida».

El encuentro concluyó de manera anticipada a causa de los breves lapsos de tiempo que permitía el programa. A continuación, el Papa propuso mantener en los minutos restantes una conversación espontánea que derivó en un diálogo sincero y franco sobre la situación de la Iglesia, del país y, en general, de América Latina.[12]

En el momento del ángelus, que se dirigió sobre todo a los jóvenes, Francisco recordó una vez más la capacidad que ellos tienen de soñar y la necesidad de evitar el «maquillaje del corazón». Utilizando una imagen, afirmó: «Es muy lindo ver las fotos arregladas digitalmente, pero eso solo sirve para las fotos, no podemos hacerle Photoshop a los demás, a la realidad, ni a nosotros. Los filtros de colores y la alta definición solo andan bien en los videos, pero nunca podemos aplicárselos a los amigos. Hay fotos que son muy lindas, pero están todas trucadas, y déjenme decirles que el corazón no se puede photoshopear, porque ahí es donde se juega el amor verdadero, ahí se juega la felicidad y ahí mostrás lo que sos: ¿cómo es tu corazón?».

A las 16:15 horas el Papa celebró la misa en la base aérea Las Palmas frente a 1 300 000 personas. Su homilía versó enteramente sobre la acción, proponiendo una imagen de la Iglesia en extremo dinámica y en camino, en salida: «Jesús camina la ciudad con sus dis-
cípulos y comienza a ver, a escuchar, a prestar atención a aquellos que habían sucumbido bajo el manto de la indiferencia, lapidados por el grave pecado de la corrupción». Jesús «llama a sus discípulos y los invita a ir con Él, los invita a caminar la ciudad, pero les cambia el ritmo, les enseña a mirar lo que hasta ahora pasaban por alto, les señala nuevas urgencias. Conviértanse, les dice, el Reino de los Cielos es encontrar en Jesús a Dios, que se mezcla vitalmente con su pueblo, se implica e implica a otros para no tener miedo de hacer de esta historia una historia de salvación».

En su saludo de despedida, el Papa habló de Perú como «tierra de esperanza». A las 19:10 horas el avión despegó de Lima y puso rumbo a Roma.

El carácter del viaje

Francisco escogió viajar a la que considera la «patria grande»[13] de América Latina. Por lo demás, en general, bajo su perspectiva geopolítica, intrínsecamente ligada a la misericordia y a la evangelización, nunca es suficiente definir como «países» los lugares geográficos que él escoge para sus visitas. Es verdad que visitó Chile y Perú como jefe de Estado del Vaticano, que fue recibido por los presidentes y por las autoridades de cada nación, pero, como pastor, visitó la región con una memoria y una mirada hacia el futuro más amplias que las circunscritas a los actuales límites geográficos.

Visitó la Araucanía, donde la cultura mapuche habita desde antes de que llegaran los españoles y reivindica un territorio que abarca gran parte del sur de las actuales naciones de Argentina y Chile. Visitó el norte de Chile, donde vive un gran número de inmigrantes. Fue a Perú comenzando su periplo por la Amazonia, región en la que conviven decenas de pueblos y culturas: en Puerto Maldonado mencionó veintidós pueblos diferentes. Por tanto, el Papa elige fronteras geográficas, culturales y políticas que son tierras aptas para esparcir la semilla de la cultura del encuentro. Su tema central es el de la unidad en la diversidad, superando el conflicto.

En todo su itinerario por Chile y Perú, Francisco invitó siempre a mirar hacia delante y a poner en el centro la unidad, la integración cultural, la paz y la justicia, y lo hizo conforme a una memoria más larga que la que nace de la circunstancia o de los doscientos años de vida independiente de las actuales naciones latinoamericanas. Su mirada hacia el futuro busca hundir sus raíces en los valores de las culturas ancestrales, que se han transformado en una sincera y profunda espiritualidad cristiana popular.

[1] Muchos daban por descontado que este viaje era el más difícil de Francisco, sobre todo a causa de la secularización que se estaba produciendo en el país y de una cierta mentalidad «liberal». Algún activista había colocado durante la noche, junto a las puertas de algunas iglesias, bombas incendiarias que habían provocado solo daños materiales. Por otra parte, lo mismo se había dicho con relación al viaje a Myanmar y Bangladés o en otros casos. De una u otra manera, todos los viajes de Francisco son «difíciles», en cuanto que tocan los puntos más calientes y conflictivos del planeta: por ejemplo, los realizados a la República Centroafricana o a Egipto, en los que pocos días antes se produjeron sangrientos episodios que segaron muchas vidas humanas.

[2] Gabriela Mistral (1889-1957) fue Premio Nobel en 1945. El Papa cita un texto breve y singular de la autora: Elogios de la tierra de Chile.

[3] De Pablo Neruda (1904-1973), el Papa cita la primera y única novela suya, El habitante y su esperanza, del año 1926. En efecto, la cita es de un texto del editor, que en el prólogo del libro muestra cómo el protagonista se sacude de su postración y enfrenta a sus monstruos.

[4] El cardenal Raúl Silva Henríquez, salesiano, desempeñó un papel relevante en el Concilio Vaticano II y fue defensor de los derechos humanos durante la dictadura de Pinochet (1974-1990).

[5] Cfr. supra, p. 7, nota 1: Papa Francisco, «¿Dónde es que nuestro pueblo ha sido creativo».

[6] Violeta Parra (1917-1967) fue una cantautora chilena de profundas raíces populares. El Papa cita su canción Arauco tiene una pena, en la que se relatan las injusticias sufridas por el pueblo mapuche a lo largo de la historia.

[7] «Durante el traslado en avión de Santiago de Chile a Iquique —adonde se dirigió para celebrar la misa por la integración de los pueblos—, en la mañana del jueves 18 de enero, el papa Francisco unió en matrimonio a Carlos Ciuffardi Elorriaga y Paula Podest Ruiz, de 41 y 39 años respectivamente, sobrecargo y jefe de azafatas de la compañía Latam. La pareja chilena, que ya está unida civilmente desde hace tiempo y que tiene dos hijos, había fijado la fecha para el rito religioso en el día del trágico terremoto de 2010, que provocó el derrumbe de la iglesia elegida para la ceremonia. Durante el vuelo, que duró un par de horas, los dos miembros de la tripulación pidieron una bendición al Papa, que les preguntó si se habían casado. Después de oír su historia, Francisco se ofreció a celebrar la boda y, obtenido el asentimiento de los dos contrayentes, los confesó e interrogó sobre sus intenciones. Al final, el Papa firmó también como celebrante el documento que atestigua la validez del matrimonio, suscrito por los noveles esposos y por los testigos, Mons. Mauricio Rueda Beltz y el presidente de Latam, Ignacio Cueto (L’Osservatore Romano, 19 de enero de 2018).

[8] La acusación consistía en que la organización empresarial brasileña Odebrecht había pagado entre 2004 y 2007 cerca de 800 000 dólares a Westfield Capital, la consultora financiera de Kuczynski, por intermediación de algunos consorcios de los que formaba parte. En la votación los promotores de la destitución no alcanzaron los 87 votos necesarios, de modo que la decisión no fue ratificada. Tres días después, el presidente concedió un indulto humanitario al expresidente Fujimori, encarcelado por crímenes contra los derechos humanos y cuya hija está al frente del partido de la oposición, al que Kuczynski había derrotado por pocos votos en las elecciones. Estos acontecimientos fueron vistos a ojos de la opinión pública como un discutible negociado.

[9] José M.ª Arguedas (1911-1969), escritor y poeta peruano, es uno de los tres representantes de la narrativa indigenista peruana. Su obra plantea el problema de un país dividido en dos culturas —la de origen quechua y la castellana— que deben integrarse en un mestizaje armonioso. La cita es el título de su obra Todas las sangres (Buenos Aires, 1964).

[10] Jorge Basadre (1903-1980) fue un historiógrafo cuya obra Historia de la República del Perú es considerada como la más significativa de la historiografía peruana del siglo XX. La cita es el título de su obra La promesa de la vida peruana (Lima, 21958).

[11]  Toribio de Mogrovejo (1538-1606) fue arzobispo de Lima por voluntad de Felipe II.
Su obra pastoral se desarrolló en su vasta diócesis de alrededor de 450 000 kilómetros cuadrados. En 1726 fue proclamado santo por el papa Benedicto XIII.

[12]  En esta conversación el obispo emérito Luis Bambarén, jesuita, propuso: «Santidad, tenemos que traducir sus palabras en un nuevo programa pastoral para la Iglesia peruana en salida». El Papa comentó: «¡Es el obispo revolucionario!». Monseñor Bambarén replicó: «Esto me lo dijo usted en Roma: yo lo llamé “Papa revolucionario” y usted me dijo: “Entonces caminemos juntos”».

[13]  La expresión «patria grande» se refiere a una visión política de integración de América Latina que, superando las diferentes escisiones nacionales de las guerras de independencia hispanoamericanas, prevé una América Latina unida. Los proyectos de unidad hispanoamericana fueron apoyados por los libertadores, como Simón Bolívar y José de San Martín.

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