La identidad cristiana en una sociedad global y plural

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Imagen de artículo 'La identidad cristiana en una sociedad global y plural' de La Civiltà Cattolica Iberoamericana nº15

Joseph Joblin S.I.

Muchos se preguntan hoy por la actitud a asumir frente a la Iglesia. Para unos, la Iglesia pertenece al pasado y no puede sino obstaculizar los desarrollos de la civilización. Para otros, en cambio, su influencia guía las fuerzas morales que aseguran la orientación del progreso. Otros, a su vez, consideran que la Iglesia tiene la llave de la justicia y de la paz en un mundo dominado por la globalización.

Una toma de posición semejante tiene que ver, en realidad, con todas las fuerzas y tradiciones culturales, porque cada una de ellas ha tejido lazos con las concepciones que se encuentran en el origen de la civilización. Las instituciones internacionales, además, fueron creadas para superar las diferencias y oposiciones. El fin que se les ha asignado es permitir que los pueblos que provienen de horizontes diferentes y que siguen creencias o teorías filosóficas opuestas construyan de manera progresiva las bases de su unidad haciéndoles descubrir aquello que tienen en común.

La ética de la futura sociedad universal exige que se dé un sentido común a estos valores, sentido que no puede ser el de una sola de las civilizaciones o religiones que la integran. La conciliación que se ha de realizar entre la fidelidad a las tradiciones y la universalización de los valores representa un desafío planteado hoy en día a todas las sociedades: un desafío particularmente fuerte para la Iglesia, que se proclama universal, aunque se presenta ligada a la cultura occidental.

¿En qué sentido puede hablarse, entonces, de conservar la identidad cristiana tal como ha sido transmitida por las generaciones pasadas? Nos preguntamos, además: ¿está la Iglesia todavía en condiciones de contribuir a la universalización de los valores salvaguardando su propia identidad? ¿Cómo puede contribuir a hacer posible una unidad entre universos culturales que deben fundar su vida en común en valores que tengan el mismo sentido para todos?

El conflicto entre identidad y universalidad

Cada individuo es consciente de su propia identidad. Toma conciencia de lo que hay de único en él, entre otras cosas, en función de sus vínculos familiares y profesionales y del sentido que él mismo da a la existencia. De ahí extrae una coherencia en relación con sus propios comportamientos. Pero el reconocimiento de la propia identidad separa a todo grupo humano de los otros, que se reconocen también como diferentes. Por tanto, el riesgo estriba en que cada uno de los grupos se vea inducido a defender a cualquier precio la propia especificidad.

La revolución del cristianismo consistió en afirmar que los pueblos podían evitar una yuxtaposición hostil proveniente de la conciencia que cada uno de ellos tiene de su propia individualidad cultural. San Juan, san Pablo y, más tarde, la Didaché y los Padres de la Iglesia desarrollaron de manera amplia la idea de la Carta a los Efesios según la cual ya no hay más judío ni griego, porque la misión de Cristo les asegura su reconciliación: «Él es nuestra paz» (Ef 2,14; cf. Gál 3,26-28).[1] Así afirmaron la posibilidad de una unidad superior que permitía superar las divisiones que surgen por la diversidad de culturas y civilizaciones. La historia del cristianismo puede verse como una tentativa siempre nueva de hacer prevalecer una exigencia de fraternidad universal para superar los bloques que aparecen dentro de las sociedades y entre ellas. Pero ¿no puede decirse acaso que en la actualidad resulta paradójico querer hacer de la búsqueda de la universalidad un rasgo distintivo y esencial de la identidad católica? La pretensión de la Iglesia de tener la vocación de realizar la unidad del género humano parece falta de realismo cuando, desde el Renacimiento, la separación del poder civil y del religioso parece tener que ser definitiva en Occidente y dos tercios de la humanidad ignoran la revelación cristiana. Aun así, no es menos cierto que todos los pueblos toman conciencia de compartir una misma condición y quieren construir su ciudad común en torno a valores de libertad, igualdad y fraternidad. Juan XXIII, en sus encíclicas Mater et magistra y Pacem in terris, hizo de ese hecho el punto de partida de sus reflexiones.

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