Irlanda entre el pasado y el futuro

Monseñor Alan McGuckian S.I.

Irlanda ha quedado fuera de la «modernidad» mucho tiempo. Durante el «largo siglo XIX», cuando el resto de Europa experimentaba la industrialización, la urbanización y la secularización y rechazaba los preceptos de la tradición, Irlanda —en especial la Irlanda católica— estaba ocupada en otras cosas. Mientras que algunos países tradicionalmente católicos comenzaban a poner en discusión la preeminencia de la Iglesia, los católicos irlandeses se volvían más activos y más fieles. Los motivos residían en regiones históricas particulares.

En los primeros siglos después de san Patricio —que vivió entre los años 385 y 461— el cristianismo en Irlanda se desarrolló conforme a líneas típicamente irlandesas. Asimiló de manera muy efectiva las tradiciones y fiestas celtas. La vida de la Iglesia estaba estructurada más en torno a monasterios y abadías que en torno a las diócesis. En diversas cuestiones, que van desde la fecha de celebración de la Pascua hasta la tonsura monástica, la Iglesia irlandesa estableció criterios propios, creando al mismo tiempo una tradición monástica de fuerte ascetismo. Los santos de ese período, tanto hombres como mujeres, le han valido a Irlanda el apelativo de «tierra de santos y de estudiosos». En el período de poco más de un siglo, un fuerte empuje espiritual impulsó el proyecto misionero de san Columbano y de otros a Europa continental.

A pesar de ello, el paso del tiempo y, tal vez, la presión de los invasores vikingos llevaron a una decadencia y difundieron la indisciplina en la Iglesia irlandesa. Un movimiento de reforma que comenzó con el sínodo de Cashel de 1101 trajo consigo la reorganización de esta en circunscripciones diocesanas, estableciendo fronteras que, en gran parte, han permanecido hasta nuestros días. Este movimiento, impulsado por la llegada de los invasores anglo-normandos en el siglo XII, llevó a Irlanda a alinearse de forma más acabada con las tradiciones y con la praxis de la Iglesia romana. Los normandos, que compartían la misma identidad católica con los nativos irlandeses, con el tiempo se integraron en la sociedad irlandesa y se hicieron, como dice el dicho, «más irlandeses que los mismos irlandeses» (hiberniores hibernis ipsis).

El crucial siglo XVII

El subsiguiente esfuerzo importante de colonización de Irlanda se produjo a comienzos del siglo XVII, cuando los ingleses quisieron consolidar su poder en la isla después de la derrota final del ejército gaélico en la batalla de Kinsale, en 1601. El monarca inglés pasó a ser la cabeza declarada de la Iglesia, ya no solo de la de Inglaterra, sino también de Irlanda, y los ingleses insistieron en que los irlandeses se adecuaran a esta nueva realidad.

Los nuevos colonizadores del siglo XVII eran una mezcla de ingleses adherentes a la Iglesia anglicana, presbiterianos provenientes de Escocia, así como cuáqueros y otros disidentes, que, sin embargo, en su mayoría permanecían fieles a la Corona británica. Las conocidas como Penal Laws (Leyes penales), promulgadas en Gran Bretaña e Irlanda, imponían la aceptación de la Iglesia anglicana bajo pena de sanciones y confiscaciones. Fue así como por primera vez hubo una migración masiva de personas hacia Irlanda que con el tiempo no se asimilaron a la población irlandesa.