Una Iglesia que «frecuenta el futuro»

El Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional 

 — Antonio Spadaro S.I. —

Un día lluvioso en Cracovia…

 El 30 de julio de 2016 era un día lluvioso en Cracovia. Se estaba desarrollando la Jornada Mundial de la Juventud. El papa, como sucede a menudo en sus viajes, se encontró con un grupo de jesuitas —esta vez eran veintiocho— en la sede arzobispal. Hablando en este contexto concluyó diciendo: «La Iglesia tiene hoy necesidad de crecer en la capacidad de discernimiento espiritual».[1] Dos meses después, el 6 de octubre de 2016, estableció que del 3 al 28 de octubre de 2018 se desarrollaría en Roma la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional».

Es importante señalar que el Instrumentum laboris (IL), es decir, el documento base sobre el que se apoyó la discusión del Sínodo, comienza hablando justamente del discernimiento. Dice el documento que «en el discernimiento reconocemos una manera de estar en el mundo, un estilo, una actitud fundamental y, al mismo tiempo, un método de trabajo, un camino para recorrer juntos, que consiste en observar la dinámica social y cultural en la que estamos inmersos con la mirada del discípulo». Este ofrece «pautas y sugerencias para la misión que no sean preconfeccionadas, sino el resultado de un itinerario que permite seguir al Espíritu» (IL 2). Para Francisco, los dos temas —jóvenes y discernimiento— están siempre unidos: uno ilumina al otro. Hay que saberlo para comprender el significado de la elección del tema de la asamblea de los obispos.

¿Quiénes son los jóvenes?

En un libro entrevista titulado Dios es joven,[2] Francisco ha querido aclarar que «la juventud no existe. Cuando hablamos de juventud, inconscientemente, a menudo hacemos referencia a los mitos de juventud. Así pues, me gusta pensar que la juventud no existe y que en su lugar existen los jóvenes».[3] Los jóvenes no pueden ser categorizados como una «casta» aparte.

Ciertamente, con Pablo VI podemos decir que la edad juvenil «no ha de considerarse como la edad del libertinaje, de las caídas inevitables, de crisis invencibles, de pesimismos desalentadores y de egoísmos exacerbados, […] ser joven es una gracia, una fortuna».[4] Es una gracia y una fortuna reservada a todos, dado que todos somos o hemos sido jóvenes. Así pues, hablar de jóvenes significa hablar del ser humano.

Más allá de toda otra consideración, la Iglesia advierte el instinto de felicidad y de plenitud de los que se abren a la vida. Como afirma la Carta a los jóvenes entregada por Francisco al término de la misa final del Sínodo, los padres sinodales conocen la inquietud de los jóvenes, pero saben que el mundo y la Iglesia «tienen necesidad urgente de vuestro entusiasmo».[5] Ya lo había dicho san Pablo VI: «En la misma insatisfacción que os atormenta y en vuestra crítica a esta sociedad […] hay un rayo de luz».[6] La Iglesia necesita esta intuición y todo lo que de ella se sigue.

Al anunciar el Sínodo y presentar el Documento preparatorio, Francisco escribió lo siguiente en una carta a los jóvenes: «La Iglesia desea ponerse a la escucha de la voz, de la sensibilidad, de la fe de cada uno; así como también de las dudas y las críticas». Y hablar de los jóvenes significa hablar de promesas: todo joven tiene algo de profeta. Por tanto, el Sínodo estuvo llamado a captar e interpretar esta profecía.

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