Contra la conciencia «desdichada» en el cristianismo

Dominique Bertrand S.I.

Ireneo, Hilario, Cesáreo

Originalidad de una tradición teológica

El conjunto de la doctrina de la fe es el resultado de los esfuerzos realizados por los cristianos para contrarrestar los múltiples y diversos ataques tanto internos como externos que sufrieron a lo largo de los siglos. La doctrina se constituye en cuanto tal desde el comienzo. Así, algunos padres griegos como Atanasio (295-373), Basilio (330-379), Gregorio de Nacianzo (329-390) y Gregorio de Nisa († 394) arrojan luz, contra el arrianismo, sobre la trinidad de personas y su igualdad eterna, que se revela actual a través de la encarnación del Hijo y del don del Espíritu Santo.

A pesar de participar en esta controversia, los padres latinos tuvieron que afrontar de lleno el aspecto antropológico de la fe en el peligroso problema de la gracia y de la libertad humana planteado por el monje Pelagio (ca. 354-420) y retomado por el obispo Julián de Eclana (ca. 380-455). La figura que sobresale en esa controversia es Agustín (354-430), que consumió en ella sus últimas fuerzas sin llegar a prevalecer del todo por encima de sus objetores. Frente a la obstinación de Julián en particular, Agustín acentuó los datos de las Escrituras sobre la predestinación, sobre el pecado original y sobre la concupiscencia.

Ninguna de las controversias se extinguió nunca por completo. En Oriente se pasó del dogma trinitario al cristológico, primero en el concilio de Éfeso (431) y después en el de Calcedonia (451), con las dolorosas secuelas del monofisismo y, más tarde, del monotelismo (san Máximo el Confesor, † 662), hasta llegar a la lastimosa polémica generada en torno a los iconos, con la importante aportación de Juan Damasceno († ca. 749). En Occidente la influencia de Agustín y el relativo fracaso de su posición en el campo particular de la gracia divina y de la libertad humana favorecieron el continuo retorno de la cuestión, siglo tras siglo. He aquí la importancia de conocer otra tradición en el mismo Occidente latino. Volveremos sobre el tema.

Primero seguiremos el devenir de la controversia más importante de Occidente. Aunque los aspectos de la enseñanza de Agustín hayan sido del todo positivos, sus sucesores en especial, a pesar de sus innegables éxitos —con sus posiciones rígidas sobre la naturaleza y la gracia— redujeron el agustinismo a una «mala conciencia» de Occidente o, si utilizamos la expresión acuñada por G. W. F. Hegel (1770-1831) para resumir toda esta historia, a una «conciencia desdichada».

El interés de esta expresión estrictamente filosófica es mostrar la fuerza en última instancia cultural de una noción en origen teológica. Las primeras señales se manifiestan bajo los carolingios a través de las tesis predestinacionistas de Godescalco el Sajón (ca. 805-870). Más tarde estallará en el protestantismo, para terminar en el jansenismo y, en particular, con la figura del «creyente enfermizo» que sería el genial Blaise Pascal, espina clavada en la carne de Voltaire.

La «conciencia desdichada», es decir, la necesidad de negarse a ser feliz, de rechazar lo que nos hace felices, no deja de despertarse. Más aún, su influencia crece y se expande. ¿Ha desaparecido, quizá, en nuestro tiempo? ¿Ha desaparecido en nuestra Iglesia posconciliar? Por el contrario: esa misma conciencia es más bien lo que nos amenaza y nos lleva cada vez más —como si de ese modo se pudiese alcanzar la curación— a evocar lo menos posible la realidad de Dios, también en la teología, por temor a despertarla.

Aquí puede entrar en juego la ya citada línea doctrinal, que resiste a este latente pesimismo. Menos llamativa que las tradiciones oriental y agustiniana, la que podemos definir como «teología galorromana» solo pudo ponerse de manifiesto al arrojar luz de una forma cada vez más viva en los últimos tiempos a sus portavoces. Esta línea se afirma ante todo con Ireneo de Lyon, pasa por Hilario de Poitiers y Cesáreo de Arlés, y después se difunde de manera útil y sin ruido en toda la teología.

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