La forma del agua, una película de Guillermo del Toro

Virgilio Fantuzzi S.I.

«León de Oro» en la muestra de Venecia 2017, cuatro premios Óscar en 2018 (mejor película, mejor director, mejor banda sonora y mejor diseño de producción), la película La forma del agua [The Shape of Water], del director mexicano Guillermo del Toro, es un cuento que se desarrolla en un contexto realista. Cuento y realidad son términos que no parecen destinados a amalgamarse, pero esta no es más que una de las muchas contradicciones que se suceden en el filme.

Entre realidad e imaginación

Estamos en Estados Unidos, en medio de la Guerra Fría (exactamente, en 1962). El mundo está dividido en dos bloques. Con el odio entre las naciones, con los consiguientes intercambios de subterfugios, engaños, actividades de espionaje, etc., guardan correspondencia muchas otras divisiones que amenazan a la sociedad desde su interior, a la sociedad estadounidense, como también a la de otros países: el odio racial, de clase, de género.

La ansiedad suscitada por la guerra nuclear con la Unión Soviética, la carrera espacial, el movimiento por los derechos civiles, el impulso hacia el futuro emprendido por el presidente Kennedy, que será brutalmente interrumpido con su asesinato, todo ello hace aflorar antiguos temores, injusticias, desigualdades que generan conflictos…

El director, dotado de una imaginación extraordinaria, contrapone a esta realidad una invención propia: un hombre anfibio procedente de lo profundo de los abismos marinos, una reliquia del pasado más remoto que los hombres del presente, obsesivamente proyectados hacia el futuro, les recuerda la exigencia fundamental del amor.

En el laboratorio secreto del Gobierno, donde está ambientada la película, la exigencia del amor es advertida a diversos niveles.

Está el amor puro entre Elisa (Sally Hawkins) y la criatura (Doug Jones). Pero también Strickland (Michael Shannon), agente del Gobierno, está buscando amar, a pesar de sus brutales modales. Giles (Richard Jenkins), vecino de Elisa, está en la búsqueda de un amor que en esos años no gozaba de aprobación. Zelda (Octavia Spencer), la mejor amiga de Elisa, está enamorada de un hombre perezoso e indolente que no merece sus atenciones.

El corazón latiente de la película es el coraje que impulsa a una mujer pequeña y sola, Elisa, que hace la limpieza en el laboratorio del Gobierno, a asumir riesgos enormes por amor hacia el extraño ser con el cual ha entrado en contacto. Muda, a causa de una herida sufrida en su infancia, Elisa se comunica mediante la lengua de signos, pero es capaz de expresarse eficazmente cuando se encuentra con la criatura, prisionera en el laboratorio.

De la criatura son pocas las cosas que se conocen. Solo se sabe que, probablemente, es el último ejemplar de su especie, que los indígenas de la Amazonia lo adoraban como si fuese un dios, que tiene una estructura pulmonar asombrosa que le permite respirar tanto bajo el agua como en tierra. Las autoridades del Estado consideran a la criatura como una potencial ayuda para la carrera espacial. El ejército soviético querría apoderarse de ella…

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