La Iglesia católica y la ciudad santa

David Neuhaus S.I.

Pocas horas antes de que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afirmara que su Gobierno reconoce a Jerusalén como la «capital de Israel»,[1] el papa Francisco había hablado de la ciudad durante la Audiencia general del miércoles 6 de diciembre de 2017. Dijo el Papa: «No puedo dejar de expresar mi profunda preocupación por la situación que se ha creado en los últimos días y, al mismo tiempo, dirigir un fuerte llamamiento para que sea el empeño de todos respetar el statu quo de la ciudad, conforme a las pertinentes resoluciones de las Naciones Unidas». Subrayó que «Jerusalén es una ciudad única, sagrada para los judíos, los cristianos y los musulmanes, que en ella veneran los Lugares Santos de sus respectivas religiones; y tiene una vocación especial para la paz. Ruego al Señor que tal identidad sea preservada y reforzada en beneficio de Tierra Santa, de Oriente Medio y del mundo entero; y que prevalezcan la sabiduría y la prudencia, para evitar que se añadan nuevos elementos de tensión a un panorama mundial ya convulsionado y marcado por tantos y crueles conflictos».[2]

¿Cómo se ha desarrollado la posición de la Santa Sede respecto de Jerusalén a lo largo de los últimos cien años?

La posición de la Santa Sede sobre Jerusalén

Para los judíos, los cristianos y los musulmanes, Jerusalén es algo más que una connotación geográfica o una realidad sociopolítica. Es un espacio sagrado donde la revelación que Dios ha hecho de sí mismo se ha desarrollado a lo largo de las generaciones. Como progenie directa del antiguo Israel, el judaísmo, el cristianismo y el islam miran hacia Jerusalén y veneran amorosamente los Lugares Santos que se encuentran dentro del perímetro de la ciudad, aunque, al mismo tiempo, velan con celo por que los fieles de otras religiones no traspasen los límites invisibles establecidos por la tradición y la historia. A lo largo de los siglos, cristianos, musulmanes y judíos se han alternado en el control de la ciudad, pero la vocación de Jerusalén como «ciudad de paz» debe aún traducirse en la realidad.

La Iglesia católica mira a la ciudad con amor y solicitud. En 1984 Juan Pablo II dedicó a Jerusalén su carta apostólica Redemptionis anno, en la que expresaba la profundidad del lazo que une a los creyentes con esa ciudad: «Los cristianos miran a Jerusalén con religioso y solícito afecto, ya que allí resonó muchas veces la palabra de Cristo, allí tuvieron lugar los grandes acontecimientos de la redención, esto es, la pasión, muerte y resurrección del Señor. En Jerusalén surgió la primera comunidad cristiana y allí se mantuvo durante siglos, incluso en medio de las dificultades, una presencia eclesial continua. Para los judíos es objeto de vivo amor y de evocación perenne, por la riqueza de tantos vestigios y recuerdos, desde el tiempo de David, que la eligió como capital, y de Salomón, que edificó en ella el templo. Se puede decir que, desde entonces, la miran cada día y la señalan como símbolo de su nación. También los musulmanes llaman a Jerusalén “la Santa”, con ardiente amor, que se remonta a los orígenes del islam, y está motivado por lugares privilegiados de peregrinación y por una presencia más que milenaria y casi ininterrumpida».[3]

La cuestión de Jerusalén es también un asunto político y, aunque la Santa Sede no se ve a sí misma como una realidad política, se sitúa fuera de las «competiciones temporales» y se mantiene neutral, se reserva el «hacer valer su potestad moral y espiritual».[4] Además, la Iglesia propone a los fieles católicos orientaciones precisas en cuanto a la implicación política y convoca a los cristianos a «cooperar con todos los hombres, con el auxilio de Cristo, autor de la paz, para fortalecer entre ellos la paz en la justicia y el amor, y a preparar los medios para la paz» (Gaudium et spes, 77).

En el siglo pasado los Papas expresaron de manera repetida su preocupación por Jerusalén. Las modalidades previstas para afrontar esta preocupación se fueron modificando a medida que fue cambiando la realidad política y que, en consecuencia, se fueron ampliando las preocupaciones de la Iglesia. En primer lugar, con respecto a Jerusalén han seguido en pie dos problemas fundamentales: 1) la protección de los Lugares Santos cristianos y el libre acceso a ellos; 2) el bienestar de las comunidades cristianas en la ciudad.

De manera reciente se han formulado dos preocupaciones más, del mismo modo que se ha puesto en evidencia un contexto en el que se expresa la posición de la Iglesia acerca de Jerusalén: 1) la promoción de la justicia y de la paz; 2) el crecimiento del diálogo interreligioso.

La Santa Sede desea una solución negociada que sea fruto de un diálogo entre israelíes y palestinos, con la implicación de todas las partes interesadas y de la comunidad internacional. En este sentido, en el siglo pasado podemos reconocer dos propuestas diferentes para Jerusalén: 1) considerar la ciudad como un corpus separatum; 2) dotar a la ciudad de un «estatuto especial internacionalmente garantizado».

De 1917 a 1962

El 10 de diciembre de 1917 los ingleses conquistaron Jerusalén. Unas semanas antes, el Gobierno británico había difundido la Declaración Balfour, que prometía «el establecimiento, en Palestina, de un hogar nacional para el pueblo judío». El papa Benedicto XV, por más que había recibido favorablemente el regreso de Jerusalén y de los Lugares Santos a manos cristianas,[5] expresó la preocupación de que la llegada de un gran número de judíos pudiese empeorar las condiciones de las comunidades cristianas e incluso llegara a excluirlas.[6]

Su sucesor, el papa Pío XI, hizo suya en su primer discurso a los cardenales la preocupación de su predecesor con relación a que los derechos de los fieles católicos en Jerusalén pudiesen verse comprometidos por el cambio de las condiciones de los judíos, musulmanes y no católicos.[7]

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