La relación entre ciencia y religión según Ian G. Barbour

Giandomenico Mucci S.I.

Ian Graeme Barbour (1923-2013) fue físico y teólogo, una coincidencia bastante rara. Nacido en Pekín, durante sus estudios en Chicago fue asistente de Enrico Fermi y, tras haberse doctorado en Física, comenzó a trabajar como físico en el Kalamazoo College, de Michigan. Posteriormente se dedicó a estudiar Teología, Ética y Filosofía en la Yale Divinity School y, desde 1955, fue el primero en enseñar en Estados Unidos tanto en un Departamento de Física como en uno de Religión, introduciendo por primera vez en el ámbito universitario cursos académicos de Religion and Science y trazando en esta disciplina, desde los años sesenta del siglo pasado, las huellas seguidas más tarde por otros estudiosos, de los cuales con toda razón Barbour puede considerarse como un precursor.

Una erudita publicación reciente ha puesto de manifiesto la probable influencia que Barbour, con su teoría de la integración, ejerció en Pablo VI y en su reflexión sobre la relación fe-ciencia.[1]

Para quien quiera acercarse directamente a los escritos del físico y teólogo estadounidense resultará oportuno señalar que el científico se sirve de dos conceptos principales sin distinguirlos adecuadamente. Con el primero —teología— parece entender el análisis de las convicciones religiosas del hombre y de la sociedad. Con el segundo —religión— parece entender el conjunto de los contenidos doctrinales propios de cada fe religiosa.[2]

El texto principal de Barbour fue publicado en 1988[3] y reeditado en 1990, 1997 y 2000,[4] de forma ampliada y con títulos diferentes. Su originalidad estriba en que el autor no se limita a subrayar la importancia del diálogo entre ciencia y fe, sino que llega a proponer su integración y a desear su recíproca iluminación.

La interacción de las dos realidades se describe como posible si se logra pasar del conflicto y de la independencia al diálogo y a la integración.

El conflicto ha sido y es producto del materialismo científico y de una interpretación meramente literal de la Biblia. La independencia se debe a la diferencia de método y de lenguaje que hay entre la teología y las ciencias. El diálogo puede nacer cuando se consideran los «presupuestos generales» de los cuales ha surgido la ciencia, las «preguntas y situaciones límite», los «paralelismos metodológicos» y las «analogías heurísticas». La integración es propia de la teología natural, de la teología de naturaleza y de la síntesis sistemática.[5]

El conflicto

El conflicto ciencia-fe ha marcado la «relación» de ambas realidades a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, dominada por la filosofía del positivismo. Es un conflicto aún inacabado que se verifica en los ambientes que se mueven dentro de la mentalidad positivista, la cual sostiene la necesaria y obligatoria incompatibilidad de los dos campos de conocimiento, de modo que, o se está en uno, o se está en otro, sin posibilidad de conciliación.

Si se piensa que la única forma de conocimiento es la que se obtiene por medio del método empírico-teórico de la ciencia, es evidente que se niega cualquier valor al conocimiento derivado de la experiencia religiosa. Como también es evidente que quien pretende obtener de la Biblia respuestas que puedan valer en el plano científico-experimental se expone a ser incomprendido y hecho objeto de burla por el científico. Ni el teólogo ni el científico pueden pretender sostener el primado de la propia forma de conocimiento, pues los respectivos estatutos epistemológicos y campos de acción son diferentes.

Los escritos divulgativos de científicos como Jacques Monod, Richard Dawkins y Carl Sagan han difundido la opinión de que el universo solo puede interpretarse a través de sus orígenes astronómicos, los mecanismos bioquímicos y el desarrollo evolucionario. Para estos autores, el saber objetivo solo depende de las explicaciones científicamente verificables, mientras que las religiones ofrecen un saber subjetivo y acrítico. Barbour les reprochó justamente la confusión entre argumentos científicos y filosóficos y una concepción idealizada de la ciencia experimental.