La visión de Macron

Allan Figueroa Deck S.I.

El presidente Emmanuel Macron pronunció dos importantes discursos a pocas semanas de distancia uno del otro: el primero, el 9 de abril de 2018 en París, ante los obispos de la Conferencia Episcopal Francesa reunida en el Collège des Bernardins; el segundo, en inglés, el 25 de abril en Washington, ante las dos cámaras del Congreso de Estados Unidos. El primero versó sobre una cuestión muy francesa —qué contenido se ha de dar al concepto de «laicidad»— y, al mismo tiempo, universal —cómo repensar la relación Estado-Iglesia católica (y, más en general, Estado-confesiones religiosas)—. El segundo versó sobre la situación actual de un mundo en el que muchas naciones viven la tentación de un repliegue sobre la propia identidad y la desconfianza hacia las instituciones internacionales. Francia, miembro de la OTAN y aliada tradicional de Estados Unidos, tiene un papel propio en las cuestiones mundiales, en particular en Oriente Próximo.

Aun siendo de naturaleza diversa, estos dos discursos tienen puntos en común que revelan la visión del mundo del presidente Macron. Atento a la historia de los pueblos y a la importancia de las representaciones simbólicas que favorecen su cohesión, Macron procura dar un marco a su acción.

Sabemos que los políticos recientemente elegidos, que son a la vez conscientes del peso de sus palabras, se caracterizan por dar discursos programáticos y, al mismo tiempo, inspiradores. Sabemos también que tales discursos chocan con la inercia de los sistemas políticos y de la política pública, con la dura realidad de los males sociales y con la determinación de las oposiciones políticas.

Macron, utilizando a manos llenas los recursos de la Constitución francesa y de la ley electoral, dispone de una clara mayoría en el Parlamento y de medios políticos importantes para llevar a cabo su proyecto. No obstante, debe enfrentar resistencias a las reformas por parte de numerosas franjas de población, en una sociedad preocupada, frágil y tradicionalmente conservadora. Después de un año de mandato, estas resistencias se manifiestan con fuerza. En particular los ambientes populares están a la espera de medidas que los tengan claramente por destinatarios: la tasa de popularidad manifiesta una fractura profunda entre las clases pudientes, que apoyan al presidente, y los ambientes populares, poco convencidos.

Elevándose por encima de los debates del momento, estos dos discursos tienen una gran ambición: enuncian principios y proponen perspectivas interesantes para nuestro mundo. Por eso, considerémoslos uno tras otro.

Para entrar en el contexto en el que se pronunció el discurso a los obispos franceses, hay que recordar dos cosas. Ante todo, la tradición política republicana se ha constituido en el curso de la historia en una marcada oposición a la Iglesia católica y a su influencia en la vida social. Por eso, para los partidos de izquierda, la idea misma de un discurso semejante es inaceptable, y las reacciones fueron muy vivaces. En segundo lugar, en fecha más reciente, el mandato del presidente socialista François Hollande (2012-2017) se había caracterizado por grandes manifestaciones populares en oposición al matrimonio homosexual (2013), animadas sustancialmente por militantes católicos. La opinión pública ha quedado marcada por ellas, y a los católicos se los ha visto a menudo como aquellos que querían imponer sus ideas sobre cuestiones de moral personal antes que como personas comprometidas con el servicio a los más débiles en toda franja social.

Podemos señalar, asimismo, que el hecho de pronunciar este discurso, previsto desde hace tiempo, suscitó fuertes críticas contra el presidente, y que el momento no era favorable. En efecto, el orden del día de la acción del Gobierno actual está considerado más bien «de derecha», y este discurso, muy criticado por la izquierda, podía acentuar esa impresión.[1]

La recurrente tentación de instrumentalizar políticamente a los católicos

Este discurso merece leerse íntegramente y contiene expresiones a la vez agudas y prudentes, siempre con una delicada articulación entre la lógica política de los Estados y la preocupación evangélica de la Iglesia. El presidente afirma que, «ciertamente, la laicidad no tiene por función negar lo espiritual en nombre de lo temporal, ni extirpar de raíz de nuestras sociedades la parte sagrada que alimenta a tantos conciudadanos nuestros».[2] Y, contrariamente a las costumbres arraigadas en una parte de la clase política francesa, afirma que no quiere ser «ni el inventor ni el promotor de una religión de Estado que reemplace la trascendencia divina por un credo republicano».[3]