Las grietas de la secularización

grietas

— Giandomenico Mucci S.I. —

Hoy se habla de dos categorías sociológicas de las cuales la segunda, «desecularización», indica la superación de la primera, secularización. La teoría de la secularización fue creada a comienzos del siglo XX a partir del pensamiento de Comte, Durkheim y Weber y ha dominando la reflexión sobre la religión en el mundo occidental. Ella se funda en la tesis de que los procesos de modernización y el desarrollo de las ciencias empíricas y de la tecnología llevan inevitablemente al surgimiento de las sociedades ateas o religiosamente neutrales.

A partir de los años noventa del siglo pasado, Peter Ludwig Berger, seguido por muchos otros sociólogos, filósofos de la religión, antropólogos y estudiosos de la historia de las ideas, ha comenzado a criticar la validez de la teoría de la secularización, bajo el impulso de un mayor interés por las diversas formas de religión y de la creciente importancia que adquieren las problemáticas religiosas en el ámbito público.1

En muchos países el debate sobre la religión hoy no tiene que ver principalmente con el rechazo o la negación de su racionalidad y credibilidad, sino más bien con el retorno, con nuevo ropaje, de antiguos fenómenos «religiosos» de naturaleza irracional, mágica y mítica. Esto no quiere decir que en Occidente los procesos de la desecularización hayan superado a los de la secularización, que siguen siendo aún tenaces. Pero sí quiere decir que algo nuevo o diferente se está desarrollando en la sociedad secular.

El hombre secular

Un coral de Bach afirma solemnemente que el lugar del hombre está junto a Dios.2 Esta ha sido siempre una afirmación verdadera para los creyentes. ¿Y para los demás? En una mirada de conjunto se diría que el sentido de la trascendencia, aquella que el cristianismo atribuye al Dios vivo, no forma parte de la lógica cultural que considera ese sentido insignificante para la razón y para la libertad del hombre.

Comentando un libro de Roberto Calasso, Giorgio Montefoschi escribió recientemente: «La sociedad contemporánea se mira a sí misma. No mira más allá. Nunca. Y así, está satisfecha o, más bien, desesperada. Lo está con la medición definitiva e intrasponible de sus confines, más allá de las cuales no existe nada, tanto menos lo divino; con el hacinamiento y la concentración, dentro de esos confines, de todas las disciplinas que sirven para establecer lo útil, para aniquilar la duda y para uniformar las certezas, para garantizar el control; con un saber enciclopédico, sin límites, al que se accede apretando una tecla, que no es para nada un saber, puesto que excluye el esfuerzo del conocimiento y la dialéctica de la mente; por último, con las garantías del progresismo y del humanitarismo, ese deber, sacrosanto y encomiable, de ser ante todo buenos aquí y ahora, sin pensar más allá, en la vida futura».3

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