Los jóvenes han despertado la sinodalidad de la Iglesia

Los jóvenes han despertado la sinodalidad de la Iglesia

— La Civiltà Cattolica —

Acaba de concluir el Sínodo de los Obispos dedicado a «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional». Escribimos estas líneas poco antes de que la revista entre en prensa, postergando la reflexión más orgánica —tanto sobre el proceso sinodal como sobre el Documento Final (DF)— para un artículo posterior.

Hay algo que ha surgido con claridad de los trabajos de todo el proceso sinodal, iniciado en enero de 2017: hay que evitar hablar de la Iglesia «y» los jóvenes, porque los jóvenes no son un «objeto», como lamentablemente sí lo son, por el contrario, del marketing. Organizar un sínodo sobre los jóvenes sin los jóvenes no habría tenido sentido alguno.

¿Qué cosa está diciendo el Espíritu a la Iglesia hoy a través de las búsquedas, las esperanzas, las angustias y los requerimientos de los jóvenes que, sin embargo, a veces cuesta comprender? Ya lo había dicho san Pablo VI: «Hay una íntima conexión, queridos jóvenes, entre vuestra fe y vuestra vida. Justamente en la insatisfacción que os atormenta, en vuestra crítica de esa sociedad […] hay un elemento de luz» (2 de diciembre de 1970).

Todos tenemos mucho que aprender de las inquietudes no domesticables de los jóvenes, dentro y fuera de la Iglesia. La palabra «inquietud» resuena en el texto del Documento Final ocho veces y en varios contextos; junto con sus sinónimos, es una de las palabras claves de todo el documento.

Así pues, el verdadero desafío con respecto a los jóvenes es el de hacerles compañía y el de acompañarlos para ayudarlos a plantearse y a compartir entre ellos las preguntas apropiadas, las verdaderas, las importantes, las fundamentales, frente a un mundo dividido, frente al vacío interior y a su deseo de una vida plena y feliz. Más aún, el Sínodo —en la Carta a los jóvenes— pide a los jóvenes que se hagan, a su vez, «compañeros de camino de los más débiles, de los pobres, de los heridos por la vida». De ahí, entonces, el llamamiento a que sean los jóvenes los que se pongan a trabajar para devolver a la Iglesia aquel instinto de felicidad y de plenitud que la torna abierta al soplo del Espíritu.

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