Hace medio siglo: el sesenta y ocho

Giancarlo Pani S.I.

Hace cincuenta años estallaba la contestación del movimiento estudiantil. No fue solo un tiempo de cambios trascendentales, sino un cambio de época en la sociedad, en la cultura y en la política. En la historia italiana y en la de Occidente, los años sesenta y setenta del siglo pasado representan una línea divisoria en cuyo centro se sitúa un año de importancia fundamental: el sesenta y ocho, el año de las revoluciones. Se trata de una serie de hechos de alto valor simbólico que marcaron la modernización de Italia y anticiparon el futuro.

La cualidad de divisoria de aguas no proviene solo de las revueltas, a veces parciales y efímeras, sino del hecho de haber incidido de manera irreversible en el crecimiento democrático de las instituciones y en las relaciones sociales. Y no solo en Italia, porque el ’68 tiene un carácter planetario, en cuanto la revolución cultural ha alcanzado a casi todos los países del mundo: comenzó en 1964 con la revuelta en la universidad de Berkeley (California), siguió después en Europa occidental y del Este, en España y en México, en China y en Japón, aunque haya sido de manera diversa y con características propias en cada país.

Para los historiadores, el ’68 ha asumido también una dimensión «periodizadora», pues marca un punto de inflexión radical entre el antes y el después: con cierto énfasis se ha dicho que «ya nada fue como antes».[1] Y sin embargo, el ’68 parece una datación anómala. No se recuerda un hecho, un acontecimiento específico, y no es tampoco una fecha precisa, puesto que ese año duró mucho más —«el largo sesenta y ocho»—,[2] dado que se extendió durante una década y con una conclusión precisa: cambió el mundo.

Es dramático que hoy los jóvenes sepan poco o nada del ’68. Aun así, ellos están disfrutando de los beneficios y las ventajas de ese cambio histórico: basta pensar en los nuevos derechos civiles (en 1972 la mayoría de edad fue desplazada de los 21 a los 18 años) y en los de los trabajadores, en las conquistas democráticas, en la libertad, en la apertura mental y en el espíritu crítico, en la autonomía y en la capacidad de decisión, en las conquistas del mundo femenino.

Raul Mordenti, uno de los protagonistas de la contestación en la «Sapienza» de Roma, ha denunciado en el libro La grande rimozione la pérdida de memoria respecto de unos acontecimientos que han marcado la historia de nuestro país: «El movimiento —extendido y duradero, complejo y con riqueza de potencialidades […]— fue reprimido ayer del mismo modo como hoy es hecho objeto de una inaceptable supresión: “la gran remoción”».[3]

La «contestación»

Esta remoción fue inducida por las interpretaciones periodísticas y políticas parciales que solo en el ’68 han captado la lucha por los derechos civiles, la liberación sexual y la causa que ha llevado a la deriva de la violencia y del terrorismo. Pero el ’68 ha sido algo muy distinto: una generación contestó al mundo que había heredado, puesto que ya no se correspondía con la realidad. Los estudiantes fueron los primeros en advertir del desequilibrio entre las instituciones y las necesidades reales.