Miguel Ángel Fiorito

José Luis Narvaja S.I.

Una reflexión sobre la religiosidad popular en el entorno de Jorge Bergoglio

Desde la elección de Francisco, el 13 de marzo de 2013, entre las muchas preguntas que han surgido acerca de su persona y de su historia, encontramos la de las raíces de su pensamiento, en general, y de su pensamiento teológico, en particular.

Entre los años 1968 y 1978 Jorge Mario Bergoglio concluyó su formación como jesuita y comenzó su ministerio sacerdotal, primero como maestro de novicios y luego como provincial. En el momento de su ordenación sacerdotal (1969) contaba con casi 33 años de edad. En este momento una persona tendrá mucho peso: el
P. Miguel Ángel Fiorito (1916-2005), quien fue rector de la Universidad del Salvador (1970-1973), profesor de Metafísica en la Facultad de Filosofía de San Miguel, su decano (1964-1969) y director de la revista Stromata, en la que se publicaban artículos de los profesores de las facultades. Por sus capacidades intelectuales y espirituales, el P. Fiorito se convirtió en referente indiscutido de sus estudiantes.[1]

Ya como provincial, Bergoglio dio al P. Fiorito un lugar central en la Provincia como Instructor de «Tercera Probación», la última etapa de la formación de los jesuitas, y como director del Boletín de Espiritualidad. De este período son la mayor parte de sus estudios de la espiritualidad de la Compañía de Jesús, en particular de los Ejercicios de San Ignacio y del discernimiento espiritual.[2] En este ambiente de formación, junto con los estudios formales en las facultades, había también un intercambio intelectual informal en el que se compartían las lecturas, las reflexiones personales y las preocupaciones pastorales y eclesiales. Es importante tener presente este diálogo teológico que influyó de manera profunda en el pensamiento del futuro Papa.

Eran los primeros años que siguieron al Vaticano II. La historia de la recepción del Concilio Vaticano II en América Latina había creado pensamientos contrastados y una fuerte conciencia del continente. Los estudiantes y padres del Colegio siguieron con interés el desarrollo conciliar y, luego, tomaron parte activa en su proceso de recepción y puesta en práctica. Históricamente, nos encontramos en una época de renovación que, dicho de manera simple, se entendió de dos maneras contrastadas: algunos entendían «renovación» como cambio; otros como rejuvenecimiento. En la tensión de estas dos visiones se encuentra la Iglesia latinoamericana, no siempre con una clara orientación.

Pero también hemos encontrado una «forma de ser» particular del ambiente intelectual del Colegio Máximo. El estudio, la reflexión, el intercambio van madurando ideas que adquieren forma conceptual en artículos que aparecen en las publicaciones de las facultades: la revista Stromata de filosofía y teología y el Boletín de Espiritualidad, orientado a la formación espiritual y pastoral.

El diálogo teológico en el Colegio Máximos

Esas publicaciones eran el fruto de la propia experiencia pastoral junto con las más variadas lecturas que se iban asimilando de manera, quizás, asistemática y existencial. De muchas lecturas personales compartidas y asimiladas por el grupo no quedan referencias a pie de página. En la mayoría de los casos resulta difícil distinguir el origen de un concepto y la reelaboración hecha por el grupo. Un ejemplo de este intercambio intelectual son los «cuatro principios» que expuso Bergoglio, ya provincial, en su alocución de apertura de la Congregación Provincial XIV (18 de febrero de 1974).[3] Estos principios —que aparecerán a menudo en la reflexión de Bergoglio y luego en el papa Francisco—[4] tienen su origen, según testimonio del mismo Bergoglio, en la carta que el gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas, envió a Facundo Quiroga desde la hacienda de Figueroa el 20 de diciembre de 1834. Si leemos esta carta, difícilmente identificaremos los principios de los que habla Bergoglio. Entre la fuente y los principios media una reflexión y el diálogo del grupo de la cual no queda testimonio escrito. Solo en 1974 adquieren una formulación escrita en la alocución de Bergoglio, pero su contenido tiene una prehistoria cuyos detalles solo son conocidos por tradición oral.