El «no» de la Iglesia a las armas nucleares

Drew Christiansen S.I.

La doctrina de la Iglesia ha pasado de una posición, en los años ochenta, que aceptaba de forma condicionada la disuasión nuclear, a una segunda, en los años dos mil, que la rechaza como una inaceptable racionalización moral para el rearme nuclear, y, últimamente, a un fuerte apoyo al desarme nuclear, que en septiembre de 2017 ha conducido a la aprobación del Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares. Los católicos tienen el derecho a preguntarse qué posición deben asumir.

A partir de esta convicción sería ingenuo de nuestra parte no señalar una cierta consternación en las personas que están seriamente preocupadas por su fe católica, pero que hasta ahora no han recibido indicaciones más claras acerca de cómo enfrentar sus obligaciones civiles y profesionales relacionadas con las armas nucleares a la luz de la actual doctrina de la Iglesia, que al respecto condena «la amenaza de su uso, así como su posesión».[1]

Los obispos, en su mayoría, vacilan en dar una respuesta general a este problema, con lo que demuestran el ejercicio de su oficio en el signo de la prudencia mientras no tengan más claridad acerca de las problemáticas implicadas. Tal vacilación no carece de precedentes: en efecto, en las generaciones pasadas, papas, obispos y concilios a menudo consultaban a teólogos y canonistas y esperaban que estos resolvieran los problemas antes de pronunciarse sobre las cuestiones o de intervenir en una controversia.

Para ofrecer indicaciones morales más claras, los pastores de la Iglesia necesitan que se establezca un consenso en la Iglesia, esperar que tal consenso asuma la forma de un juicio certificado por parte de los teólogos morales y de los obispos y de una firme convicción de fe en el pueblo de Dios. La respuesta a la reflexión que han llevado adelante, de forma pública, a lo largo de muchos años, los obispos estadounidenses —reflexión que se ha traducido en la redacción del documento The Challenge of Peace[2] durante la primera presidencia de Reagan (1981-1985)— demuestra que cuando hay un compromiso amplio y pleno por parte de los fieles se puede remover en el sentido de la enseñanza de la Iglesia no solo la efímera opinión pública, sino también el juicio público más maduro.

El camino hacia un consenso: el paradigma de Oakland

Si nos detuviéramos a considerar de forma puramente abstracta tales cuestiones podríamos pensar que nos encontramos frente a una situación de impasse entre el ideal moral y las urgentes realidades de un mundo armado con dispositivos nucleares. Pero tenemos un precedente histórico al que remitirnos para ver cómo las decisiones tomadas por los científicos pueden cambiar con la evolución de la doctrina de la Iglesia: en este caso, las decisiones de los científicos en el campo de la física.

Tras la publicación de The Challenge of Peace, el obispo de Oakland, John S. Cummins, promovió una serie de conferencias para encarar las implicaciones de la carta para los científicos —católicos y no católicos— que trabajaban en los laboratorios Lawrence-Livermore de la Universidad de California junto a los teólogos y expertos en ética de la Graduate Theological Union, de Berkeley. Juntos examinaron las cuestiones planteadas por la carta.

Tales deliberaciones llevaron tanto a los científicos como a sus instituciones a tomar nuevas decisiones. Algunos científicos pasaron de proyectar bombas al trabajo en las técnicas de verificación. Ayudados por las políticas energéticas establecidas por la precedente Administración Carter, otros científicos y sus laboratorios desplazaron la orientación de su investigación de las armas nucleares al desarrollo de energías alternativas. En el actual clima político de Estados Unidos podría no ser tan fácil cambiar los itinerarios profesionales y los políticos. Sin embargo, los coloquios de Oakland se desarrollaron en los días no menos desalentadores de la Administración Reagan y ofrecieron un modelo pastoral a los obispos y a las conferencias episcopales para hacer de coordinadores de los debates morales y situarse como guías del discernimiento moral para científicos y para otros expertos en la industria de las armas nucleares.

Formación moral de los adultos. Los coloquios de Oakland ofrecen también un modelo para la formación moral de los adultos. Estos aprenden mejor cuando se encuentran en contextos de diálogo en los que se les solicita la aportación de su experiencia, como sucedió en aquella ocasión. Además, el amplio debate público sobre los esbozos de The Challenge of Peace llevó a que la enseñanza episcopal experimentase un conocimiento y una aceptación más amplios de los que habría tenido si la carta hubiese sido emanada de caelo, basándose solo en la autoridad de los obispos, sin implicación pública alguna.

La autoridad moral de la pastoral en Estados Unidos, que también ha tenido influencia entre los militares estadounidenses, en parte se debió a la modalidad abierta, invitante y confiada con que los obispos de entonces plantearon ese documento antes de darle su aprobación final. Hubo sesiones de escucha en varios lugares, y las posteriores redacciones del documento pastoral fueron ampliamente distribuidas a los medios y discutidas por personas de dentro y fuera de la Iglesia. En consecuencia, numerosos distritos —también los que inicialmente eran contrarios o críticos con respecto al proyecto de la carta— al final aceptaron la doctrina y la utilizaron en su enseñanza y en la formación profesional de sus colegas.

Comunidad de discurso y de discernimiento moral. El modelo de Oakland ofrece también la ocasión para reflexionar sobre el discernimiento moral colectivo en la Iglesia. El concilio Vaticano II ha afirmado que «corresponde a la Iglesia el deber permanente de escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio».[3] Posteriormente, Pablo VI y ahora el papa Francisco hablaron de la responsabilidad por parte de toda la Iglesia y de las comunidades en su seno de discernir los signos de los tiempos.[4] Además, dada la diversidad y complejidad del mundo actual, tanto Pablo VI como Francisco han confesado la imposibilidad del Papa de interpretar él solo los signos de los tiempos y, en consecuencia, la necesidad de que las diversas comunidades emprendan este discernimiento en comunión con sus obispos.[5]