«No nos pongas a prueba»

Pietro Bovati S.I.

A propósito de una difícil petición del padrenuestro

Autorizados Padres de la Iglesia e innumerables comentadores de la Sagrada Escritura han exaltado a lo largo de los siglos la calidad religiosa del padrenuestro, considerado como la oración perfecta por haber sido enseñada directamente por el divino Maestro. Algunos la han considerado como la consumación de todas las oraciones del Antiguo Testamento, otros la han definido como una síntesis de la catequesis cristiana en forma de invocación.[1] Un énfasis celebratorio semejante está y sigue estando motivado por el hecho de que el creyente repite las palabras auténticas de Jesús, fruto de su misma oración (Lc 11,1). Así, la perfección de la fe cristiana se atestigua por el modo en que la comunidad se dirige a Dios.

Oración y deseo

Sin querer contradecir una perspectiva semejante, creemos, sin embargo, que la oración del padrenuestro asume solo la vertiente de la súplica. En efecto, no encontramos en ella la dimensión de la acción de gracias ni la de la alabanza, como tampoco la expresión explícita del abandono confiado ni la de la adoración o la de la escucha meditativa de la palabra de Dios. Por tanto, lo que Jesús consideró esencial en su enseñanza sobre la oración fue orientar el deseo,[2] de modo que sus discípulos tomaran conciencia y recibieran de corazón lo que es el verdadero bien, aquello que el Padre seguramente hará por ellos, puesto que la petición humana, guiada por Cristo, expresa de manera adecuada justo lo que quiere el mismo Dios.

El padrenuestro se presenta, de hecho, como una serie de siete súplicas introducidas por la invocación del Padre que, evidentemente, constituye el fundamento de la confianza del orante. Las primeras tres súplicas hacen salir a la luz la experiencia obediente del hijo de Dios. En efecto, en ellas el que ora pide que se cumpla lo que el Padre desea, es decir, que se cumpla su voluntad y se realice en la historia su reino. Las cuatro peticiones siguientes, aun expresando lo que espera el hombre, están encauzadas a nivel estructural en plena conformidad con la voluntad de Dios y, en lo sustancial, piden que se realice en la tierra aquello que el Señor ya ha realizado en el cielo.

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