Óscar Arnulfo Romero, testigo de la fe y de la justicia

Óscar Romero
Mural con la imagen de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, ubicado en el Edificio Histórico de la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales de la Universidad de El Salvador.

Antonio Spadaro S.I.

El 14 de octubre el Papa Francisco canonizó a Óscar Arnulfo Romero Galdámez, arzobispo de San Salvador, nacido el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios (El Salvador) y asesinado en odio a la fe el 24 de marzo de 1980 en San Salvador (El Salvador). Concluye así la causa iniciada el 24 de marzo de 1993 de un santo que incluso después de muerto siguió siendo mártir, como dijo el Papa: «El martirio de Mons. Romero no fue puntual en el momento de su muerte, fue un martirio-testimonio, sufrimiento anterior, persecución anterior, hasta su muerte. Pero también posterior, porque una vez muerto —yo era sacerdote joven y fui testigo de eso— fue difamado, calumniado, ensuciado, o sea que su martirio se continuó incluso por hermanos suyos en el sacerdocio y en el episcopado. No hablo de oídas, he escuchado esas cosas. O sea que es lindo verlo también así: un hombre que sigue siendo mártir. Bueno, ahora ya creo que casi ninguno se atreva, pero después de haber dado su vida siguió dándola dejándose azotar por todas esas incomprensiones y calumnias. Eso a mí me da fuerza; solo Dios sabe. Solo Dios sabe las historias de las personas y cuántas veces, a personas que ya han dado su vida o que han muerto, se las sigue lapidando con la piedra más dura que existe en el mundo: la lengua».1

El arzobispo salvadoreño fue bárbaramente asesinado durante la celebración de la eucaristía el 24 de marzo de 1980.2 En su homilía, pronunciada pocos instantes antes de caer víctima de su asesino, había dicho: «Acaban de escuchar en el Evangelio de Cristo que es necesario no amarse tanto a uno mismo, que se cuide uno para no meterse en los riesgos de la vida que la historia nos exige y, que quien quiera apartar de sí el peligro, perderá su vida. En cambio, el que se entrega por amor a Cristo al servicio de los demás, vivirá como el granito de trigo que muere, pero aparentemente muere. Si no muriera se quedaría solo. Si [se da] la cosecha es porque muere, se deja inmolar [en] esa tierra, deshacerse, y solo deshaciéndose produce la cosecha».

Desde hace 38 años, la tumba de Mons. Romero es meta de peregrinaciones. Las imágenes de las marchas que todos estos años se han organizado en San Salvador en su memoria y las largas filas de fieles esperando rezar una oración junto a la tumba del obispo en la catedral confirman la magnitud y popularidad de su figura. Sus gestos y su espíritu constituyen para todos —creyentes y no creyentes— un modelo de referencia muy actual sobre el papel y el estilo que todo ser humano debería asumir frente a las grandes injusticias.

Un joven tímido en un pequeño pueblo

Para asignar el peso justo a la experiencia humana, religiosa y pastoral de Mons. Romero y comprender las elecciones no fáciles que hizo a menudo es necesario valorar la trama de su vida dentro de la historia más amplia de El Salvador. De hecho, el vínculo que lo liga a la propia tierra de origen tiene un carácter decisivo en la primera formación del hombre y, después, del sacerdote, concretándose en la acción de denuncia social y de búsqueda de la justicia en la caridad que hizo de Mons. Romero una figura de referencia.