Pablo VI y el Concilio Vaticano II

Pablo VI
Placa a Pablo VI, Nazaret, Israel, 2017

— Giovanni Sale S.I. —

La canonización del beato Pablo VI, papa que supo conducir con sabiduría y acompañar hasta el final el Concilio Vaticano II, convocado unos años antes por Juan XXIII, nos da la oportunidad de hacer un recorrido, aunque sintético, por algunos momentos significativos del acontecimiento conciliar en los que él fue propulsor e incansable «mediador» en busca de la concordia y de la comunión entre los padres conciliares.

El arzobispo de Milán Giovanni Battista Montini fue elegido al solio pontificio el 21 de junio de 1963. Para muchos vaticanistas —y no solamente para ellos—, su elección era altamente previsible, aunque no evidente. El Cónclave que lo eligió tras un día y medio de votaciones estaba compuesto por un buen número de cardenales «conservadores», en su mayoría italianos y curiales, que habrían preferido la elección de un candidato propio, como, por ejemplo, el cardenal friulano Ildebrando Antoniutti, o el marquesano Francesco Roberti.[1] Pero el Cónclave optó por un cardenal filoconciliar que llevara adelante con sabiduría y clarividencia el concilio iniciado por Juan XXIII. Prefirió, en sustancia, un hombre moderado que fuese capaz de mantener unidas las diversas almas de la asamblea conciliar, y esa figura fue rápidamente identificada en la del arzobispo de Milán más que en la del cardenal Giacomo Lercaro, apoyado por el ala más «progresista» del Cónclave.

Montini era el candidato ideal para ambas líneas del Cónclave y del Concilio (en realidad, no simétricas: en el primero, los cardenales «conservadores» tenían una mayor representación): era un obispo residencial con experiencia pastoral y, al mismo tiempo, un hábil prelado, experto conocedor de los mecanismos de la curia romana. En la primera sesión conciliar había mantenido un perfil bajo: había intervenido una sola vez en el aula, para criticar, desde una posición de centro, el esquema sobre la Iglesia presentado por la Comisión Doctrinal presidida por el cardenal Alfredo Ottaviani.[2] En resumen, era afín del modo de ver de los llamados «progresistas» —que, a partir de la votación exploratoria sobre algunos puntos esenciales del De Ecclesia de octubre de 1963, se convirtió en la llamada «mayoría conciliar»—, pero era también sensible a las razones doctrinales de los llamados «conservadores», cuya mentalidad y bagaje cultural conocía bien desde los tiempos en que había trabajado en la Secretaría de Estado (1937-1954).

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