El papa Francisco en el «Consejo Mundial de Iglesias».

Pastor Martin Robra y Antonio Spadaro S.I.
Promotor del programa principal del Consejo Mundial de Iglesias

Entrevista con el pastor Martin Robra

Por Antonio Spadaro S.I.

Mi encuentro con el pastor Martin Robra tuvo lugar el 27 de mayo de 2017 en Villars-sur Glâne, a pocos kilómetros de Ginebra. Él comenzó a trabajar en el Consejo Mundial de Iglesias (CMI, en inglés World Council of Churches [WCC]) en 1994, y en 2006 pasó a ser cosecretario del grupo mixto de trabajo entre el Consejo y la Iglesia católica, instituido en 1965. Con el pastor Robra había hablado del encuentro en Lund en ocasión de la conmemoración de los 500 años de la Reforma.[1] En esa ocasión comentamos cómo todos los discursos estuvieron centrados en el futuro, y no en el pasado, y él me expresó el deseo y la expectativa de una visita del papa Francisco a la sede del CMI en Ginebra.

Recordando esas expectativas y esperanzas compartidas regresé a verlo en la vigilia del viaje del papa a Ginebra a fin de dialogar sobre esta visita, que se produce en el contexto de las celebraciones de los 70 años de la fundación del Consejo, que tuvo lugar en Ámsterdam el 22 de agosto de 1948. El papa se encontrará con el órgano de gobierno del CMI, el Comité Central, compuesto por 150 representantes electos.[2]

Martin Robra —casado con Barbara Siebel y padre de cinco hijos— es pastor de la Iglesia evangélica de Westfalia, Alemania.[3]

¿Qué es el Consejo Mundial de Iglesias? Dinos algo sobre su historia, sus comienzos, su significado…

En 1921 el patriarca ecuménico de Constantinopla escribió una carta a las otras Iglesias cristianas proponiendo la formación de una koinonía de Iglesias, una alianza o una comunión de Iglesias en el apoyo recíproco para facilitar su testimonio común en el mundo. Dicha entidad debía convertirse en un instrumento para la promoción de la unidad de los cristianos. No obstante, el CMI no debe verse como una organización centralizada con sede en Ginebra o como tentativa de crear una «Iglesia mundial». El CMI es la comunidad fraterna de 348 Iglesias provenientes, en su mayoría, de tradiciones ortodoxas, anglicanas y protestantes, y comprende también un cierto número de Iglesias pentecostales y de Iglesias africanas independientes. Para las Iglesias que lo integran, el CMI significa caminar juntos con confianza recíproca. En el preámbulo de su constitución se afirma que es «una comunidad de Iglesias que confiesan al Señor Jesucristo como Dios y Salvador, según el testimonio de las Escrituras, y procuran responder juntas a su vocación común, para gloria del Dios único, Padre, Hijo y Espíritu Santo». Ginebra hospeda solamente al Secretariado, que se pone al servicio de la comunidad de las Iglesias miembros y de los socios ecuménicos.

El 2 de marzo pasado, en ocasión de una conferencia de prensa conjunta en el Vaticano, el Rev. Dr. Olav Fykse Tveit, secretario general del Consejo Mundial de Iglesias, declaró: «La noticia de la visita del papa al CMI y a Ginebra es un signo de cómo las Iglesias cristianas pueden afirmar nuestro llamado y nuestra misión común de servir juntos a Dios». He leído que existe un profundo sentido de «misión» justamente en la base del Consejo ya desde su fundación. ¿Es así?

Sí, un importante impulso a la formación del CMI vino de la necesidad de cooperar en la misión. A menudo se hace referencia a la Conferencia Misionera Mundial de 1910 como punto de partida del movimiento ecuménico moderno, si bien la World Student Christian Federation y otras organizaciones juveniles habían ya elaborado esta idea ecuménica. La terrible crisis de la Primera Guerra Mundial reforzó la voluntad de los líderes de las Iglesias de crear movimientos orientados no solamente a la misión, sino también a la unidad (Faith and Order, Lausana 1927) y a la justicia y a la paz en el mundo (Life and Work, Estocolmo 1925). Estos dos momentos suscitaron unidad e iniciaron en 1936 el proceso de formación del CMI, proceso que, sin embargo, fue interrumpido por la Segunda Guerra Mundial. El CMI fue finalmente constituido con la primera asamblea de Iglesias en Ámsterdam en el año 1948, razón por la cual este año celebramos su septuagésimo aniversario. Se convirtió en un verdadero cuerpo global en la asamblea de Nueva Delhi de 1961, con la entrada del International Missionary Council (IMC) y de Iglesias ortodoxas de Europa central y oriental.

Su constitución expresa claramente los objetivos: «El objetivo principal de la comunidad de Iglesias que forma el Consejo Mundial de Iglesias es ofrecer un espacio donde las Iglesias puedan exhortarse unas a otras a alcanzar la unidad visible en una sola fe y una sola comunión eucarística, expresada en el culto y la vida común en Cristo, mediante el testimonio y el servicio al mundo, y a avanzar hacia la unidad para que el mundo crea».

La visita de Francisco será una ocasión para poner de manifiesto las importantes metas alcanzadas y para encarar los desafíos futuros del ecumenismo. ¿Cómo ves la actual situación del ecumenismo?

Hasta hace pocos años estábamos habituados a hablar de un «invierno ecuménico». No obstante, nuestro secretario general, el reverendo Olav Fykse Tveit, que viene de Noruega, gustaba de decir que nada hay de erróneo en el invierno: solo se necesitan guantes y ropa que mantengan el calor. Pero me parece que con el papa Francisco y sus iniciativas ha llegado una nueva primavera. Su participación en Lund en la oración para la celebración del V Centenario de la Reforma me ha dado mucho aliento. En ese momento se hizo vida el lema de las celebraciones, «Del conflicto a la comunión». Pero no sucedió solamente allí: Iglesias del todo el mundo celebraron juntas la sanación de las memorias heridas de la Reforma. No olvidemos cuántas guerras se alimentaron de ellas.

Me parece que la visita del papa a Lund fue un momento importante. Me impactó mucho el hecho de que los discursos hayan estado centrados en los desafíos del presente y del futuro, en el camino a recorrer…

Lund se convirtió en un momento de unidad a lo largo del camino. Es un hito en la senda que recorremos juntos. Con más claridad aún lo vemos cuando recordamos que, en su camino hacia Lund, luteranos y católicos se encontraron primeramente en 1999 en Augsburgo para la firma de la Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación.[4] Me parece fascinante el modo en que estos dos hitos se han convertido en puntos de referencia que nos ayudan a ver el largo camino del que provenimos y cómo avanzar juntos en el futuro. La Declaración Conjunta nos recuerda la iniciativa de Dios por la salvación del mundo. La iniciativa de Dios viene antes de todo. Dios nos está alcanzando por la gracia. La Declaración de Lund demuestra que el acontecimiento de Augsburgo de 1999 y el viaje común que nos ha llevado hasta allí nos han cambiado de verdad a muchos de nosotros. Al regresar de allí reconocimos la importancia de los recuerdos del pasado, signados por heridas y envenenados por el odio.

Fue casi como un momento de liberación, de redescubrimiento…

Nos sentimos libres para no repetir los mismos estereotipos que profundizaron la separación de las Iglesias y de las comunidades y llevaron a la violencia y hasta a la guerra en los cinco siglos que siguieron a la Reforma. En lugar de todo ello, hemos redescubierto un gran patrimonio común. De este modo nos hemos tornado responsables tanto de nuestro pasado como de nuestro futuro en común, y no ya solos y separados los unos de los otros. En lugar de alejarnos, podemos caminar juntos y compartir con los otros nuestras historias, nuestras esperanzas y nuestras expectativas para el futuro de nuestras Iglesias y del mundo.

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