El «poder» en la Biblia

Giancarlo Pani S.I.

¿Qué dice la Biblia sobre el «poder»? El tema es actual y de gran interés,[1] pero para nada simple, pues si alguien buscara el término «poder» en el Antiguo Testamento quedaría decepcionado: en hebreo no existe.

¿Es que la Sagrada Escritura no ofrece motivos de reflexión sobre el poder? Todo lo contrario. Pero no encontramos al respecto afirmación teórica alguna, porque la tradición bíblica es experiencia vivida que se clarifica en el curso de la narración. Por tanto, es necesario tener presente que las conceptualizaciones y el lenguaje han evolucionado en el tiempo y que, a menudo, ciertas realidades hay que captarlas en el transcurso de una historia también particular. Es así como aparece en el texto griego de la Septuaginta el término exousía, «autoridad», y algunos otros pertenecientes a la misma raíz semántica, como dýnamis, «potencia», y krátos, «fuerza».

El poder y la potencia de Dios

El discurso sobre el poder se inicia en la primera página del Génesis, donde se despliega la potencia de Dios que culmina en la creación del hombre, su exaltación más luminosa. La potencia, cuando se refiere a Dios, es un valor positivo, porque crea, libera y salva. Se manifiesta como sabiduría y como don perenne y es una fuerza ilimitada. La potencia pertenece al Creador y dice qué es el poder cuando está referido totalmente a él: la manifestación de su gloria. El hombre goza por la gloria de Dios, que se revela en el acto creador y en el don que se le hace; más aún, justamente el encuentro con la infinita potencia divina lo realiza y hace de él una criatura libre.

No obstante, el hombre traiciona el designio originario de Dios y es alejado de su condición paradisíaca: experimenta pobreza y miseria, sobre todo aquella soledad y precariedad que amenazan su existencia. Dios no ignora el fracaso, pero no abandona al hombre a su pecado. La historia que parecería frustrar la potencia divina se revela, por el contrario, como una nueva creación: comienza la historia de la salvación, en la cual la omnipotencia divina habla, paradójicamente, el lenguaje de la fragilidad y del compartir. No es una exhibición de fuerza, sino «la condición para llegar al hombre desde abajo, desde las raíces. La salvación no te llega de alguien que lo posee todo y que da algo o mucho de todo ello, avasallándote con la abundancia. Por el contrario, es la potencia de alguien que se pone a tu nivel y, partiendo de tu nivel más bajo, te levanta de nuevo, te hace diferente; de alguien que te hace partícipe de su plenitud después de haber participado en tu miseria, y que en esta comunión efectiva con una impotencia y una miseria que tú bien conoces, no imaginarias, sino sufridas día a día, te garantiza la consistencia real de esa plenitud que quiere compartir contigo».[2]

Así, la potencia de Dios se comunica al ser humano con el rostro de la misericordia y del perdón,[3] que no son una compensación o un contrapeso de la potencia, sino su consecuencia más directa. Dios no tiene tentaciones de desmesura ni ambiciones que alcanzar, ni menos aún inseguridades o vacíos que llenar. Su intención no es aplastar o destruir al hombre, sino salvarlo. Y esto sucede precisamente porque él es omnipotente.

En el libro de la Sabiduría la potencia divina se funda en el amor por el hombre: «Te compadeces de todos, porque todo lo puedes y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste; pues, si odiaras algo, no lo habrías creado» (Sab 11,23-24).[4] Por lo tanto, la salvación se realiza gracias a un poder que reúne en sí aspectos muy diversos: la misericordia, la sabiduría y una fuerza sin límites, aun cuando habla el lenguaje de la debilidad humana y de la humillación. Muy distinta es «la potencia» del ser humano: limitada, tendiente a defenderse y, por tanto, a destruir a quien se le opone; se torna en prepotencia, en el temor de que otro poder pueda prevalecer. Sabe que puede salir perdedora de cualquier enfrentamiento y, por eso, aniquila, aplasta y no levanta de nuevo al otro.

El libro del Éxodo

El comienzo del libro del Éxodo pone de manifiesto el poder político del faraón, que oprime y explota a los israelitas (cf. Éx 1). La continuación del libro relata la vocación de Moisés en su desarrollo: desde el desinterés por sus hermanos hasta el compromiso en favor de ellos, un compromiso que, sin embargo, desemboca en la violencia. El homicidio de un egipcio lo obliga a huir a Madián, donde se produce el encuentro con Dios, que lo envía de nuevo a sus hermanos, confiriéndole una misión de salvación. El asentimiento de Moisés tiene en lo inmediato una consecuencia práctica: una tribu sometida y oprimida se convierte en pueblo; a Egipto había entrado la familia de Jacob, y de allí sale el pueblo de Israel. Las adversidades que llevan a la salida de la tierra del faraón dan origen a un grupo de personas libres. La pascua enseña que esa libertad es un don, es comunión en la escucha del Señor y en la práctica del culto (cf. Éx 12–13); y la travesía por el desierto indica la meta, que es la constitución de una comunidad de fe que no está cautivada por la grandeza y que avanza hacia la constitución de una unidad de pueblo.