Putin y los comienzos de la «crisis ucraniana»

Giovanni Sale S.I.

Putin entre nacionalismo y crisis económica

Vladimir Putin, después de la «campaña de Siria» en apoyo de Damasco y tras la cumbre de Sochi[1] del 22 de noviembre de 2017 —definida, con gran satisfacción del anfitrión, como la «Yalta de Oriente Próximo»—, está considerado en el ámbito internacional como uno de los líderes mundiales más importantes e influyentes, del cual dependerá en buena parte el futuro de nuevo orden de Oriente Próximo.

En su patria ha seguido manteniendo un alto «índice de satisfacción» entre la población, habiendo alcanzado el máximo de consenso después de la ocupación de Crimea. En efecto, según un sondeo realizado en 2016 por el centro Levada —el único instituto de estudios demoscópicos independiente que opera en Rusia—, Putin fue apoyado por el 82 % de los ciudadanos rusos, aunque, según los sondeos más recientes, este porcentaje es más bajo, es, en cualquier caso, notable.[2]

En las recientes elecciones presidenciales (del 18 de marzo de 2018), que, estratégicamente, tuvieron lugar coincidiendo con el cuarto aniversario de la anexión de Crimea, la reconfirmación por cuarta vez de Putin para la conducción del país fue «casi plebiscitaria» (76,7 %), algo que no tiene precedentes en el país (en 2012 Putin obtuvo el 63,6 % de los votos).[3] También la afluencia a las urnas fue más alta que en las elecciones pasadas (67 %),[4] aunque su adversario histórico, Alexéi Navalni, al que los jueces rusos impidieron presentarse como candidato a las presidenciales, había luchado por convencer al electorado juvenil de que boicoteara las urnas.

Además, el relato de una Rusia cercada por enemigos externos, a saber, por algunos países occidentales como Estados Unidos, Francia e Inglaterra, se vio ulteriormente favorecido por el último enfrentamiento diplomático con Reino Unido: en efecto, la primera ministra Theresa May acusó directamente a Putin de ser el ordenante del intento de homicidio (envenenamiento con un agente nervioso, el «novichok») de un exespía y de su hija, que se encontraban en Salisbury. También este hecho —condenado con dureza por todas las cancillerías occidentales—, hábilmente explotado por la propaganda, podría haber contribuido a la espectacular victoria de Putin.

En realidad, ya antes de las elecciones, el problema de Putin no era tanto el de ganar como el de «cómo ganar sin exagerar», para alejar de las elecciones presidenciales toda sospecha de fraude: un riesgo inútil, dado el éxito previsto.[5] Según algunos analistas, la gran popularidad del presidente se debe no solo a los resultados obtenidos en el plano internacional, sino también a la actividad de control que ha ejercido respecto de toda oposición. A pesar de las dificultades económicas por las que atraviesa el país —también a causa de las sanciones económicas (recientemente más endurecidas) aplicadas por EE. UU. y la UE—, Putin es considerado por la mayoría de los rusos como el hombre capaz de garantizar una cierta estabilidad económica al país. «Según el sociólogo Lev Gudkov, director del centro Levada, el alto grado de aprobación de las políticas de Putin se basa, aparte de en la actual oleada de entusiasmo patriótico-militar, en la falta de alternativas y en algunas ilusiones».[6] Entre los rusos —observa el estudioso— se ha instalado la convicción de que su presidente seguirá garantizándole al pueblo el actual nivel de bienestar.

Sin embargo, desde el punto de vista político no deben subestimarse las limitaciones impuestas por la dirigencia rusa a las libertades de las personas y de los grupos sociales. De hecho, desde 2012 Putin ha impuesto límites tanto a la libertad de prensa como al derecho a manifestar disenso político. Además, en 2016 creó la Rosgvardia (Guardia Nacional de la Federación Rusa), una fuerza policial que está bajo su control directo y que tiene por tarea reprimir toda forma de oposición.[7] Pero, por lo que parece, estos elementos de carácter crítico no han tenido mucho peso en el voto de las presidenciales.

Hay que recordar que la situación económica de la Rusia actual no es tan floreciente, aunque el presidente haya declarado en la conferencia de prensa de fin de año (14 de diciembre de 2017) que «lo peor ya ha pasado», y no solo eso, sino que, en el próximo año, la inflación caería un 2,2 % y el PIB crecería un 1,6 %.[8] Pero algunos hechos de importancia no menor siguen obstaculizando la recuperación económica del país: entre ellos señalemos la persistencia de las sanciones económicas impuestas principalmente por Estados Unidos y por la Unión Europea en relación con la anexión de Crimea (18 de marzo de 2014), el desplome del precio del petróleo en el mercado internacional y las recientes erogaciones militares para la guerra en Siria.

Según el Fondo Monetario Internacional, el PIB ruso pasó de los 2,2 billones de dólares del año 2013 a 1,2 del pasado año, haciendo descender el país al octavo puesto entre las grandes potencias económicas del planeta, por detrás de Italia, España y Corea del Sur. En suma, Rusia es un gigante con pies de barro cuyo poder económico —al igual que el militar—, según Henry Kissinger, fue siempre sobrevalorado por motivos políticos.