¿Qué queda de Karl Marx?

Giovanni Cucci S.I.

A 200 años de su nacimiento

A la pregunta sobre el criterio para reconocer la posible grandeza de un filósofo, Hegel aconsejaba dejar pasar dos siglos, después de que se hubiese visto lo que queda de él. Este dicho puede aplicarse también a uno de sus intérpretes más conocidos, Karl Marx. Ha llegado a los dos siglos y sigue dando de qué hablar, aunque en los últimos años en un tono más modesto.[1]

Es muy difícil hacer un balance de lo que su figura ha representado y representa, tanto por la vastedad, la complejidad y los tonos encendidos que han acompañado su propuesta de pensamiento como por la dificultad de precisar la coherencia de las (igualmente numerosas) realizaciones políticas inspiradas en él.[2] En el presente artículo nos detendremos en dos aspectos que, según el parecer de quien escribe, resultan actuales aún hoy: el carácter paradójico de su pensamiento y la crítica al capitalismo salvaje.

Un pensamiento paradójico

Un aspecto curioso del teórico del comunismo es haber sido protagonista de los debates culturales y académicos propios en los países occidentales de orientación liberal burguesa. Además, el mismo Marx elaboró su pensamiento en el corazón del liberalismo burgués: la biblioteca del British Museum de Londres. Mucho se ha discutido acerca de si los países del «socialismo real» realizaron efectivamente las ideas del filósofo alemán o si, más bien, las traicionaron. Queda, no obstante, el hecho de que el interés por Marx ha disminuido de forma paralela al colapso de los países del socialismo real, como puede notarse también en el espacio dedicado por la revista a este tema antes y después de 1989.[3]

Otro aspecto paradójico consiste en que la suerte de Marx no está ligada a su teoría económica (objeto preponderante de sus investigaciones),[4] ni tampoco a la visión política, de hecho puramente negativa, concentrada en la necesidad de abatir un sistema injusto sin poder elaborar una propuesta alternativa, como no sea por «sustracción» (el marxista es un Estado sin propiedad privada, sin Dios, sin patria, sin ejército, sin derecho, sin familia, sin clases sociales). Falta por completo una parte «constructiva», propositiva, más compleja y ciertamente también más impopular.[5]

El éxito del pensamiento de Marx está ligado más bien a la gran capacidad dialéctica para dar voz a la protesta (una de las palabras «mágicas» de la modernidad, como diría MacIntyre) frente a un modelo de sociedad: el capitalismo industrial. Por eso no es casual que el marxismo haya sido motivo de reflexión y debate en los países que no han conocido el «socialismo real». Y, por una suerte de burla de la historia, la previsión de Marx acerca de la caída del capitalismo se verificó en la planificación centralizada de las sociedades marxistas. Su teoría fue derrotada precisamente en el ámbito de la economía.

Otra paradoja de Marx es la de haber presentado como «científica» su visión del socialismo, polemizando con el socialismo de sus predecesores —que él llamaba «utópico»—: Saint-Simon, Fourier, Proudhon. Sin embargo, ha sido justamente la vena utópica de su filosofía la que ha constituido un punto de referencia estable en la historia del pensamiento. Ya en 1945 Karl Popper declaraba «muerto» el marxismo científico, mientras reconocía el valor de su insistencia en la libertad y en la responsabilidad ética.[6]