El rey prepotente y el pobre Nabot

Giancarlo Pani S.I.

«La historia de Nabot es antigua en el tiempo, pero, en la práctica, es de todos los días».[1] Así comienza Ambrosio el relato del pobre Nabot, asesinado por el rey Ajab para adueñarse de su viña. Nabot de Yezrael, Ajab de Samaría, su esposa Jezabel y el profeta Elías son los personajes del Primer libro de los Reyes, donde se relata la historia.[2] Los protagonistas del pasado son el rey poderoso que todo lo posee y que también desea adueñarse de una pequeña viña que linda con sus inmensas propiedades; su mujer es la instigadora del delito; también está el pobre, que solo tiene una modesta viña heredada de sus padres; y, por último, el profeta, que denuncia la injusticia y sacude las conciencias.

La historia se repite en la época de Ambrosio, en la entonces capital del Imperio romano, que está cambiando profundamente y transformándose, y donde los poderosos tienen riquezas inmensas que derrochan de forma indigna: no solo en casas decoradas con oro y en palacios adornados con piedras preciosas, sino también en grandiosos juegos para homenajear a sus propios hijos o en banquetes con cientos de platos. Su ostentación de riqueza choca con la pobreza y la miseria de las masas.

Aquí surge Ambrosio, el obispo de Milán, proveniente de una familia senatorial, rica y poderosa. Como catecúmeno había sido prefecto de la ciudad y había conocido bien, en persona, las jugadas y trampas de los ricos y poderosos. Convertido en cristiano, había entregado a la Iglesia todas sus propiedades. El diácono Paulino, su biógrafo, documenta que también donó el oro y la plata que poseía.

Ajab y Nabot son también personajes de la historia de todo tiempo y lugar,[3] donde el poder se convierte en prepotencia y la justicia tiene el rostro de la corrupción. En la historia también estamos presentes nosotros, que no nos contentamos con lo que tenemos y queremos poseer cada vez más a expensas de los pobres y menos afortunados. Pero la palabra de Dios, en la que se funda la obra de Ambrosio, tiene una fuerza inesperada, un valor perenne, y resuena actual cada vez que se perpetra una injusticia en perjuicio de los últimos, de los míseros, de los explotados, de los hambrientos.

La historia de Nabot

Ambrosio escribe De Nabuthae hacia finales del siglo IV.[4] El episodio bíblico debe de haber quedado impreso en el fondo de su mente, puesto que remite a él en muchas obras.[5] El obispo introduce el abuso de Ajab en la situación social, política y religiosa de Milán, en particular en una contingencia histórica dramática: en el Contra Auxentium denuncia al inspirador y promotor de la ley del año 386 que restituía la libertad y la autoridad a los arrianos. Auxencio pedía también la entrega de la basílica Porciana para su uso por parte del culto arriano. Ambrosio describe su drama de conciencia remitiendo al episodio bíblico: «Nabot defendió su viña con su propia sangre. Si él no cedió su viña, ¿entregaremos nosotros la iglesia de Cristo? […] Si él no entregó la heredad de sus padres, ¿entregaré yo la heredad de Cristo? […] ¡Lejos de mí entregar la heredad de los padres!».[6]

Para Ambrosio, Auxencio es el nuevo rey Ajab que quiere despojar al obispo, el nuevo pobre Nabot, de la iglesia que es su viña; y Justina, la mujer del emperador, es la nueva Jezabel que perseguía al profeta Elías e intenta darle muerte. Pero el obispo se niega a ceder la basílica y la defiende con un gran número de fieles. Justina, temiendo un tumulto de la multitud, se ve obligada a devolver la basílica a los fieles de Ambrosio.

El texto se compone de pocas páginas, pero documenta el autorizado testimonio sobre la vida de la Iglesia. Al obispo le importan los pobres y todos aquellos que son injustamente maltratados y asesinados, porque ellos son la Iglesia de Cristo. Si bien Ambrosio se inspira en Basilio, en otros autores antiguos y en los padres de la Iglesia, ningún escritor anterior a él había comentado de manera sistemática el texto bíblico del Primer libro de los Reyes; signo de la originalidad, pero también de la sensibilidad bíblica del autor.

El relato bíblico

El relato destaca por su carácter dramático. El rey Ajab debía tener reconocimiento con el Señor porque de él había recibido su reino. Además, por intercesión de Elías había obtenido el fin de la sequía que estaba reduciendo a todos al hambre y destruyendo el reino. Pero en lugar de ello, no solo no agradece a Dios, sino que se comporta con prepotencia hacia sus súbditos.

El modo en que se apodera de la viña de Nabot es de lo más paradigmático. Relata el texto bíblico: «Nabot de Yezrael tenía una viña junto al palacio de Ajab, rey de Samaría. Ajab habló a Nabot diciendo: “Dame tu viña para que pueda tener un huerto ajardinado, pues está pegando a mi casa; yo te daré a cambio una viña mejor o, si te parece bien, te pagaré su precio en plata”» (1 Re 21,1-2). Nabot se niega a cederle la viña, porque es la heredad de sus padres.[7] Una lectura superficial de la historia podría llevar a pensar que Nabot hizo mal en no ceder su viña a Ajab, que, después de todo, no quería usar la violencia contra él: se trataba de una compra, le ofrecía el equivalente en dinero, le proponía incluso una viña mejor. Pero para el pobre esa viña no era simplemente una propiedad: era el patrimonio hereditario de su familia y, por tanto, de sus padres, una heredad santa que había recibido de Dios. Cederla significaba faltar a la vocación de custodio de la tierra recibida de lo Alto. De ahí su categórica respuesta al rey: «Dios me libre de cederte la herencia de mis padres» (1 Re 21,3).