El sacrificio: un tema insidioso y necesario

Giovanni Cucci S.I.

Un libro reciente de Massimo Recalcati[1] tiene por objeto una temática fundamental de la vida humana, lamentablemente considerada en la mayoría de los casos en clave meramente negativa: el sacrificio. Este texto tiene el valor de mostrar su riqueza y la variedad de enfoques posibles, en diálogo con diferentes saberes (historia, filosofía, literatura, Biblia y, naturalmente, psicología y psicoanálisis).

De este diálogo emergen modalidades diferentes en las que el sacrificio se manifiesta en la vida ordinaria: el silencio con respecto a él en el ámbito de la cultura y su reaparición y difusión en formas en su mayoría patológicas. En la base de buena parte de los malestares actuales a nivel clínico o social a menudo se encuentra una relación desatendida o conflictiva con la dimensión sacrificial de la existencia.

Los varios aspectos del sacrificio

Hablar de sacrificio significa, ante todo, poner de relieve una característica específicamente humana: el animal, a lo sumo, lucha frente al peligro, pero no se sacrifica.[2] Además, el sacrificio está ligado a una pertenencia social o religiosa, presente en toda sociedad y cultura. Para Freud, el sacrificio es la condición para la convivencia: el hombre sacrifica la pulsión libidinal para obtener estabilidad y seguridad. La condición del surgimiento de la civilización y, al mismo tiempo, de su malestar es la renuncia a algo esencial.[3] Hay una herida originaria que el animal no conoce, una plenitud faltante que caracteriza solo al hombre y que este procura llenar con el sacrificio. En él también encontramos los aspectos antropológicos fundamentales: el deseo, el límite, la culpa, la necesidad de rescate, la salvación. Son aspectos que, como toda realidad humana, pueden ser vividos de forma sana o patológica.

El sacrificio conoce modalidades patológicas ampliamente exploradas por la literatura, por la filosofía y, últimamente, por el psicoanálisis. Para Freud, la voz opresiva del superyó, origen de la conciencia moral y conjunto reflejo de la voz parental, impulsa al niño a renunciar a los propios deseos más profundos, en particular al de matar al padre para poseer a la madre: un conflicto expresado literariamente en la tragedia Edipo rey.

Recalcati denomina esta modalidad «el fantasma sacrificial». Con este término entiende una mentalidad que querría obtenerlo todo. Para evitar la desilusión, la frustración, se sacrifica el deseo, calificando tal renuncia como un acto bueno y digno de aprobación. El sacrificio se convierte así en un fin en sí mismo, en el objetivo vital, en una tentativa de eludir la experiencia de la pérdida. Desde el punto de vista psicoanalítico, esta modalidad está en el origen del masoquismo: renunciando a lo que más se quiere se busca el rescate del fracaso y de la desvalorización de sí mismo, encontrando en esta dinámica un goce y una forma de reconciliación con el sentimiento de culpa.[4]

Las figuras del fantasma sacrificial

Una ejemplificación literaria del fantasma sacrificial es el camello en el modo en que lo presenta Friedrich Nietzsche en Así habló Zaratustra: un animal de carga, paciente, pasivo, esclavizado. El camello representa al hombre que ha perdido su libertad a raíz de las prohibiciones de la moral que lo aplastan, pero contra las cuales no se atreve a rebelarse.[5] Es la figura del deber por el deber, que da origen al resentimiento, pero que, al mismo tiempo, libera de la ansiedad de la responsabilidad. Esta dinámica explica por qué el hombre tiende a buscar amos que le digan qué hacer, obteniendo así seguridad e identidad: una identidad de esclavo.

Esta mentalidad sacrificial está ligada a la obsesión de una culpa que hay que rescatar sin hallar nunca la paz, llevando a lo que el filósofo Max Scheler denominó «el resentimiento», el autoenvenenamiento interior, y que Nietzsche aplica al cristianismo como enemigo de la vida, celebración del espíritu enfermo, ejemplificado por el «Sermón de la Montaña» (cf. Mt 5-7; Lc 6,20-49) y por la figura del sacerdote.[6]