El significado de la política internacional de Francisco

José Luis Narvaja S.I.

Para diseñar el mapamundi político del Papa y captar las raíces de su política internacional hay que evitar simplificaciones y buscar las claves de lectura apropiadas.[1] Es muy útil partir de sus raíces biográficas y culturales, pero también es necesario ir más allá de ellas. En cualquier caso, hay que considerar siempre que la del Papa es una agenda abierta, y esta apertura es una forma particular de su política.

Podemos identificar cuatro aspectos de su política: el carácter kerigmático, la orientación al todo y a la unidad, el origen en el discernimiento, y el nexo directo entre la política y la caridad.

Una política kerigmática y no ideológica

La «política» de Francisco es kerigmática. El término kerygma identifica el anuncio del mensaje de Cristo, el evangelio.[2] Así pues, para Francisco el anuncio del evangelio se hace política; el compromiso político desciende del evangelio y no de una ideología.[3]

Sabemos que, para los griegos, que inventaron este término, la «política» es el arte que permite la construcción de la polis —es decir, la construcción de la ciudad vista como un todo—, para lo cual ofrece un orden a sus relaciones «internas» (con una política interior) y al mismo tiempo seguridad en sus relaciones «externas» (con una política exterior).[4]

La visión que se tiene actualmente de la política es diferente de este concepto antiguo. Hoy en día la política se entiende como «el arte de lo posible», con lo que se convierte en un arte de las «partes», un arte de la parcialidad, trátese de una persona, de un partido o de un Estado. La política corre el peligro de convertirse así en el arte del que se sirven los hombres de parte para procurar imponer sus propios intereses.

La visión del Papa es profundamente diferente de esta concepción interesada e instrumental de la política. En un artículo de 1987 Jorge Bergoglio afirmaba que un determinado hecho tiene un «valor político», es auténticamente político, cuando es portador de un mensaje, de un significado actual para el pueblo de Dios.[5] El mensaje político del papa Francisco tiene valor kerigmático, es decir, es un anuncio del evangelio, y no de una ideología. Por tanto, es válido para todo el pueblo de Dios y no solo para una parte o para un partido que represente intereses particulares.

Una política inclusiva, no «gatopardista»

Partiendo de lo dicho surge la segunda característica mencionada: cuando hablamos de la política según la visión del papa Francisco hemos de entender la polis como la «totalidad del mundo». Para el Papa, toda política es siempre «política interior». Francisco considera el mundo como una única ciudad, a la que corresponde una política unitaria. Esta visión tiene como fundamento su reflexión sobre la relación entre el todo y la parte, manteniendo la tensión propia de los seres vivientes.[6]

Recordemos que, en la exhortación apostólica Evangelii gaudium (EG), Francisco propuso cuatro principios para conseguir «el bien común y la paz social» (EG 217-237). Tales principios son: «El tiempo es superior al espacio» (222-225); «La unidad prevalece sobre el conflicto» (226-230); «La realidad es más importante que la idea» (231-233); y «El todo es superior a la parte» (234-237).

En primer lugar, «el todo es superior a la parte». El bien común y la paz de la polis están ligados al todo y no a una sola parte: no a cualquiera de las partes, sino a todas ellas. El mensaje del Papa se dirige a todo el pueblo de Dios, porque es inclusivo. Sabemos bien que la tensión entre el todo y la parte crea conflictos que amenazan la unidad cuando tienden a favorecer a alguna de las partes. Cuando se verifican los conflictos se pone a prueba la intención del actuar político, es decir, se comprende si este apunta al bien común o solo al de una parte.

El Papa afirma que todo conflicto debe resolverse a un nivel superior, en el que se respete la unidad, es decir, el todo. En este sentido, «la unidad prevalece sobre el conflicto». Una solución del conflicto que respete la realidad busca el modo de mantener la unidad sin negar la diversidad. En efecto, Francisco dice siempre: «la realidad es más importante que la idea». Una solución no puede encontrarse en abstracto, suprimiendo las diferencias: sería solo una forma de gatopardismo, o sea, una pura adaptación lingüística y terminológica a una solución ideal, pero que resulta impracticable porque no alcanza la profundidad del conflicto existencial.

Para que se realice esta dinámica hay que respetar el tiempo que ella requiere. El bien debe desearse, no puede imponerse. Por tanto, hace falta tiempo: tiempo para que la verdad resplandezca y se imponga por sí sola, sin hacer violencia; tiempo que permita la acción de Dios en la vida del hombre y de la ciudad. Es por esto que «el tiempo es superior al espacio». El respeto del dinamismo temporal significa una apertura al crecimiento, al diálogo, a la reflexión, a la conversión y a la acción del Espíritu.

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