¿Sigue Stalin vivo en Rusia?

Vladimir Pachkov S.I.

¿Está el servicio secreto ruso orgulloso de la checa?

El 25 de febrero de 1956, en una reunión a puertas cerradas del XX Congreso del Partido Comunista de la URSS, después de muchas vacilaciones y discusiones con el jefe del partido, Nikita Jrushchov pronunció su famoso discurso «sobre el culto a la personalidad de Stalin y sus consecuencias», iniciando así el proceso de desestalinización de la sociedad soviética. Este hecho representa uno de los éxitos políticos más grandes del siglo XX si se piensa en los excesos de violencia, en la total falta de derechos y en la inseguridad que reinaron bajo Stalin. El discurso debía permanecer secreto y dirigirse solo a los miembros del Partido Comunista, y se hizo público por la puerta de atrás.

Más de sesenta años después, el 19 de diciembre de 2017, también Aleksandr Bórtnikov, director del Servicio Federal de Seguridad la Federación Rusa (FSB, los servicios secretos rusos), pronunció un discurso. No era secreto; más aún, se quiso que lo leyera el mayor número de personas posible. Se trataba de una entrevista que concedió al jefe de redacción del periódico oficial del Gobierno ruso Rossiyskaya Gazeta. La ocasión era el centenario del Servicio Federal de Seguridad de la Federación Rusa, fundado, con el nombre de «checa», el 20 de diciembre de 1917, menos de dos meses después del ascenso al poder de los bolcheviques. Del mismo modo que el discurso de Jrushchov fue un shock para la sociedad de la época, así lo es hoy el discurso del director del FSB, por lo menos para quienes en Rusia han oído hablar de él o lo han leído.

Es la primera vez desde el XX Congreso que un importante representante del Gobierno procura no solo justificar la represión, sino, en cierto sentido, presentarla como algo positivo. Tal cosa no había sucedido nunca desde los tiempos del discurso de Jrushchov. Con Brézhnev, los gobernantes habían guardado un silencio total en relación con la represión y, en general, con la personalidad del mismo Stalin. Habían borrado la gesta del dictador de todos los libros de historia para no tener que criticarlo. Pero ahora, en la nueva Rusia —que, desde 1991, ha elegido el camino de la democracia, como parecía entonces, y que, después de la tentativa de golpe de Estado de agosto de 1991, ha destruido el monumento a Félix Dzerzhinski, fundador de la checa—, se hace posible que el asesinato de millones de ciudadanos inocentes de ese país cometido por el régimen comunista con la ayuda de su Servicio Secreto sea presentado como algo positivo o, por lo menos, necesario «en las circunstancias particulares de la época».

Como escribe Aleksandr Golts en su artículo «Los herederos de la checa», mientras Putin condena toda revolución, Bórtnikov entona un himno a todo aquello que hizo el órgano de la represión bolchevique por la defensa de la «joven república soviética». Según el director del FSB a propósito de las represiones y los homicidios causados directamente por la checa en los primeros años del régimen bolchevique, en las «circunstancias del comienzo de la guerra civil y de la intervención, de la caída de la economía, del crecimiento de la criminalidad y del terrorismo […] y del refuerzo del separatismo», no habría podido ser de otro modo.