Una alternativa al liberalismo y al nacionalismo

Matthew Carnes S.I.

Hacia una economía de reconciliación

La solidaridad y los objetivos compartidos parecen estar poco presentes en la economía mundial actual. No obstante, el presente estado de cosas puede ofrecer una oportunidad importante para pensar de manera nueva y creativa acerca de lo que puede implicar una economía basada en la solidaridad y la reconciliación.

El año 2016 ha sido testigo de un giro sin precedentes en la manera de ver las relaciones económicas a nivel mundial. En ningún momento en los últimos setenta años se vio más ampliamente cuestionada la orientación básica de la economía. Con la decisión de Reino Unido de abandonar la Unión Europea y el ascenso de fuerzas políticas nacionalistas en muchos países, el aparente consenso respecto del modelo capitalista liberal de las relaciones económicas —con el que se esperaba que la apertura de mercados y la libre competencia trajeran consigo una prosperidad compartida— mostró fisuras fundamentales. A preocupaciones de larga data sobre la equidad y la inclusión se ha agregado un creciente rechazo de la visión cosmopolita del mundo que el liberalismo parecía abrazar. Por primera vez, pensadores de todo el espectro político han llegado a coincidir en que, en mayor o menor medida, el modelo económico imperante está quebrado.

El modelo liberal dominó durante la casi totalidad del período de posguerra prometiendo promover la eficiencia y la productividad y unir a las naciones a través de acuerdos comerciales y de una facilidad en los flujos financieros. Este modelo abierto ha producido un crecimiento significativo: en ningún momento de la historia humana se ha visto a tanta gente salir de las condiciones de extrema pobreza. Ha sido un logro enorme.

Pero, lamentablemente, este modelo no ha redundado en igual beneficio para todos ni ha asegurado que, logradas mejores circunstancias, todos tengan estabilidad. De hecho, en la mayor parte de los países del mundo ha crecido la brecha entre los más prósperos y los menos pudientes de la sociedad. La clase media se ha demostrado notablemente inestable, con frecuentes despidos de personal y volatilidad remunerativa, así como con pérdida de valor de la moneda debida a los procesos inflacionarios. Así pues, la economía que produjo un increíble crecimiento también ha estado acompañada de una progresiva brecha de desigualdad social.

Una de las reacciones a esta situación ha sido la de un creciente nacionalismo, que ha puesto el acento en la necesidad de tutelar los intereses nacionales frente a los colectivos, dirigiendo en muchos casos los recursos hacia grupos mayoritarios a costa de las minorías. Ver a otras naciones como rivales y a los inmigrantes provenientes de esas mismas naciones como menos merecedores, además de, en cierto modo, sospechosos, induce a avanzar en soledad, preocupándose en primer lugar de las propias exigencias (o de las del propio país). Se trata de un individualismo en sentido lato a nivel nacional que se replica en un individualismo en sentido estricto a nivel personal y de grupo allí donde se trata de poblaciones de mayoría ética o religiosa. De ello se sigue una mayor ruptura y fragmentación de los vínculos sociales tanto a nivel global como local.

Economía solidaria y de reconciliación

Una respuesta alternativa al liberalismo y al nacionalismo consiste en proponer una economía solidaria y, para conseguirla, una economía de reconciliación. Tal es la propuesta hecha por la 36ª congregación general de la Compañía de Jesús, como también por el papa Francisco. Dicha propuesta se basa en el actual modelo económico liberal, pero, al mismo tiempo, lo pone en discusión. Subraya la eficiencia y la productividad del compromiso individual en el mercado, pero al mismo tiempo señala el papel esencial de los Estados y de la cooperación internacional en la promoción de una participación inclusiva en la vida económica y social. Asocia de manera integral el cuidado de las personas y de nuestra casa común, la Tierra, y convoca a un esfuerzo de todos no solo para hacer que el crecimiento futuro sea más equitativo y sostenible, sino también para reparar la fractura de relaciones del tiempo actual.