Vivir el morir con humanidad y solidaridad

Carlo Casalone S.I.

Al leer los diarios nacionales o navegar por la red al día siguiente de la intervención del papa Francisco sobre los temas del fin de la vida[1] habría resultado una ardua tarea hacerse una idea del contenido real de su mensaje. Los numerosos titulares, a menudo en primera página, se distribuían en un amplio arco: desde «Biotestamento, el cambio de dirección de Francisco»,[2] hasta «Eutanasia, no hay cambio de dirección en el Papa»,[3] pasando por varias formulaciones intermedias. Si el lector fue después más allá del título, seguramente habrá podido encontrar elementos particulares presentes en el texto del Papa, pero difícilmente obtener un cuadro de conjunto de la argumentación, de su dinámica interna y de su perspectiva histórica.

El debate se desarrolló en los días subsiguientes, con intervenciones más amplias y equilibradas. No obstante, sigue habiendo aspectos que vale la pena profundizar. Por tanto, examinaremos más de cerca el mensaje del Papa para identificar sus articulaciones principales prestando atención a su desarrollo de conjunto. De ese modo saldrá a la luz el modo en que Francisco, apoyándose en algunos puntos sobresalientes del magisterio, introduce precisiones y énfasis innovadores.

Destinatarios y contexto: un estilo dialógico y sinodal

Ante todo, subrayemos que se trató de un mensaje a los participantes del encuentro regional europeo de la World Medical Association (WMA, en español Asociación Médica Mundial) realizada en el aula vieja del Sínodo, en el Vaticano, los días 16 y 17 de noviembre pasado sobre el tema «Cuestiones del fin de la vida», organizada en conjunto por la misma WMA, la Pontificia Academia para la Vida (PAV) y la Bundesärztekammer (Asociación Médica Alemana).[4] El papa Francisco se dirigió a los presentes a través de una carta destinada a monseñor Vincenzo Paglia, presidente de la PAV.

Ya en este dato podemos captar un aspecto interesante. En efecto, se trata de un encuentro de médicos con diferentes opiniones y de diferentes filiaciones religiosas y concepciones del mundo. El hecho de que las dos asociaciones profesionales autorizadas hayan pedido, para debatir las cuestiones acerca del fin de la vida, una implicación de la PAV, y hayan desarrollado sus trabajos dentro del Vaticano, tiene un significado importante. Se reconoce así a la Iglesia como realidad capaz de favorecer un clima de diálogo sereno y auténtico que afronta con coraje las preguntas difíciles de nuestro tiempo. Por lo demás, la exhortación apostólica Evangelii gaudium (EG) había propuesto a la Iglesia el diálogo como componente irrenunciable de la evangelización, delineando algunas pistas para desarrollarlo, también con las ciencias (EG 242-243).

Monseñor Paglia lo puso de manifiesto en su intervención inicial: justamente ese diálogo es «una de las funciones esenciales que el papa Francisco confía a la Pontificia Academia, en su apertura al horizonte universal de la sensibilidad humana sobre los temas fundamentales de la vida. Nuestro método no sigue la lógica del conflicto ideológico y de la dictadura de una opinión, sino la investigación compartida de un terreno común sobre el cual también opiniones diferentes pueden hallar puntos de convergencia en referencia a la verdad del ser humano».[5] Por tanto, se trata de un paso en la línea de la Iglesia en salida y de un estilo sinodal: «Hay que promover, en todos los niveles de la vida eclesial, una correcta sinodalidad».[6] Es una tarea que supera las fronteras de la comunidad eclesial y se torna en un estilo a practicar con todos: la Iglesia «debe escuchar y promover el debate» (Laudato si’ [LS], n. 61).

Nuevos conocimientos e impacto en el proceso del morir

En este marco, el papa Francisco resalta ante todo cómo las transformaciones de la sociedad y de la cultura inciden en los modos en que hoy se vive el morir. La medicina presta ciertamente un servicio enorme gracias a los nuevos conocimientos y a las tecnologías de las que dispone, derrotando enfermedades y aumentando la esperanza de vida. Pero si la lógica tecnocrática adquiere predominio, también el cuerpo humano corre el peligro de ser interpretado y administrado como un conjunto de órganos a reparar o a sustituir. En efecto, como afirma Laudato si’ a propósito de los recursos de la tecnociencia, cada vez es «más difícil […] utilizarlos sin ser dominados por su lógica» (LS 108). Dicha lógica impulsa hacia un «reduccionismo que afecta a la vida humana y a la sociedad en todas sus dimensiones» (LS 107).

Además, con frecuencia ocurre que las patologías no son derrotadas, sino más bien contenidas. Junto a la vida se alarga también la convivencia con la enfermedad. El peligro está en concentrarse en las funciones vitales que hay que prolongar, persiguiendo objetivos parciales y perdiendo de vista el «bien integral» de la persona.

En la base de estas proposiciones encontramos una comprensión de la vida humana idéntica a la que afirmara san Juan Pablo II: la llamada fundamental del hombre «consiste en la participación de la vida misma de Dios. […] Esta llamada sobrenatural subraya precisamente el carácter relativo de la vida terrena del hombre y de la mujer. En verdad, esa no es realidad “última”, sino “penúltima”».[7] Estas son las premisas de las que parte el papa Francisco para adentrarse más directamente en los interrogantes que los médicos encuentran en su tarea de prestar cuidados a la persona enferma en situaciones de particular gravedad.

Carácter clínicamente apropiado y proporcionalidad de las terapias

El papa Francisco comienza su razonamiento recordando el conocido discurso en el que Pío XII respondía a algunos interrogantes planteados por la reciente introducción, en la terapia intensiva, de aparatos para la respiración artificial.[8] La pregunta era entonces si era obligatorio utilizar en todos los casos las nuevas maquinarias disponibles y si era lícito abstenerse o interrumpir su uso en la eventualidad de una falta de mejoría del paciente. El papa Francisco resume la respuesta de su predecesor afirmando «que no es obligatorio utilizar siempre todos los recursos potencialmente disponibles y que, en casos bien determinados, es lícito abstenerse».

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