Wonder Wheel- La rueda de la maravilla

Virgilio Fantuzzi S.I.

Es un verano gris en Coney Island. Las nubes y la lluvia le roban luz al cielo y colores al mar. Woody Allen, encariñado con ese lugar, hoy en declive, en el que transcurrieron momentos felices de su infancia, recrea en la película Wonder Wheel [La rueda de la maravilla] la atmósfera que se respiraba allí en los años cincuenta, cuando la playa y el adyacente parque de atracciones estaban poblados por una multitud pintoresca, con gente desarrollando actividades complejas y contrastantes. La casa del operador de una noria, eje del filme, está inserta en la estructura que gobierna la gran rueda panorámica en constante movimiento.

La ilusión es dulce

Cuando Ginny (Kate Winslet) aparece por primera vez en la pantalla está trabajando de mala gana en un restaurante. Está atrapada en un matrimonio de conveniencia y lleva consigo las cicatrices de un pasado doloroso. En su adolescencia tuvo una vida difícil. Siempre luchó por sobrevivir. Soñaba con llegar a ser actriz y terminó casándose con un músico, un buen muchacho al que amaba de verdad y que, a su vez, la amaba, con el cual tuvo un hijo. Pero no pudo resistir la tentación de mantener una relación con un actor que interpretaba junto con ella en un espectáculo. Ese hecho destruyó su matrimonio. Ginny se dio cuenta demasiado tarde de las consecuencias de su infidelidad. Después fue de mal en peor. Comenzó a beber y tuvo que abandonar la carrera artística.

Ginny está convencida de tener las dotes necesarias para ser una buena actriz. Piensa que habría podido tener éxito en los escenarios si no hubiese frustrado su matrimonio. En realidad, es probable que nunca haya tenido verdadero talento. Por fortuna o por desgracia suya, nunca tuvo ni tendrá conciencia de sus límites artísticos. Esto hace de ella una persona desdoblada. Cree ser la que no es: una artista que habría podido llegar a ser famosa si la suerte no le hubiese vuelto la espalda.

Piensa que no merece el modesto papel que está obligada a desempeñar: el de camarera en un local de baja categoría. Por una parte, este desdoblamiento podría ser un bien, porque la ayuda a avanzar entregándose a una ilusión —a falta de algo mejor—. Pero al mismo tiempo es un mal, porque, al desvanecerse las ilusiones, la realidad podría parecerle todavía más trágica de lo que es.

En el momento más difícil de su vida, Ginny se encuentra con Humpty (Jim Belushi), un hombre bajo y fornido —como lo indica su apodo Humpty (un retaco, diríamos en castellano)— que maneja los tiovivos del parque. Humpty vive un enorme dolor por la muerte de su esposa y por la huida de su hija Carolina (Juno Temple), que se había escapado de casa para casarse con un maleante del lugar.

Si bien Ginny y Humpty se ayudan mutuamente para mantenerse en pie, Ginny siente que, al casarse con Humpty, se ha adaptado a un tipo de vida que nunca la satisfará plenamente. Entra en crisis. Comienza a comprender que no ama a su marido de verdad, que fue una roca cuando ella tenía necesidad de apoyo, del mismo modo que ella lo ayudó a dejar de beber. Pero eso no es amor: amor es lo que sentía por su primer marido. Por eso ansía algo más emocionante que el apoyo práctico que ella y Humpty se dan. Siente que ha fracasado y que ha desperdiciado su vida.

También a Humpty le costó recuperarse después del doble golpe que, de improviso, había sufrido. Es un hombre débil. Mantiene una relación de dependencia con las mujeres de su vida, y nunca llega a arreglárselas solo. Al mismo tiempo, ha perdido a la esposa y a la hija, a la que quería con locura. Sintiéndose destruido, entra en la espiral del alcohol. Ginny logra estar cerca de él, ayudándolo a salir del abismo en que se había metido. Y ahora, aunque él pasa el tiempo despotricando sin cesar, es Ginny la que tiene el control de la situación, porque Humpty sabe que no puede prescindir de ella.

La vida es complicada

Ginny no está en condiciones de ayudar a Richie (Jack Gore), el hijo que tuvo con el primer marido, un chico que aún no ha entrado en la adolescencia y que ha comenzado a hacer cosas terribles, produciendo incendios en toda Coney Island. Como madre está triste, aunque no piensa que haya sido ella la que arruinó la vida de Richie ni considera que sea culpa suya que él se haya convertido en un precoz depresivo incendiario. Tan absorbida está por el sentimiento de culpa de haber arruinado la propia vida traicionando al padre de
Richie que se siente incapaz de ejercer su papel de madre con la energía necesaria.

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