«Yo, Daniel Blake», film de Ken Loach

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E

l padre jesuita y crítico de cine Virgilio Fantuzzi presenta los temas clave de «Yo, Daniel Blake» (I Daniel Blake), un film de Ken Loach, que corona cincuenta años del cineasta británico y que ha sido ganador de una Palma de Oro en la pasada edición del Festival de Cannes 2016.

El film nos muestra escenas llenas de amargo humor, de dolor y de cólera que sufren los trabajadores precarios en Londres, que se están precipitando a un abismo social y económico sin fin. Un perfil de personas que, interpretadas por el protagonista de la película, están dispuestas a defender sus derechos para proteger y mantener su dignidad hasta el último momento.

Ken Loach hace un llamamiento en defensa de aquellos que ven privadas sus necesidades primarias ante la disminución de los puestos de trabajo y la precariedad. Un desastre para la clase obrera y una auténtica ventaja para las empresas.

Una película inspirada en un sinfín de historias reales, de personas que tiemblan al explicar su historia, buscando salvaguardar su dignidad y atrapadas por algo que, equivocadamente, se llama welfare (bienestar).

Virgilio Fantuzzi

Se trata de una película cortante como la hoja de una navaja de afeitar y que merece con creces la Palma de Oro con la que fue galardonada en el Festival de Cannes de 2016. El film corona cincuenta años de cine de su autor, el británico Ken Loach, llamado «Ken el Rojo», hombre sumergido por entero en lo social, que no ha dejado todavía de indignarse por la injusticia y la falta de respeto con que se trata en Reino Unido a los que viven en los márgenes de la sociedad.

La dignidad pisoteada

El Daniel Blake del título, llamado Dan (Dave Johns) es un hombre de cincuenta y nueve años de Newcastle que trabaja desde siempre como carpintero. Por primera vez en su vida tiene necesidad de ayuda del Estado. Después de haber sufrido en la obra una parada cardiaca, Dan se dirige al médico, que le prohíbe volver a trabajar. El Estado le concede una pensión por incapacidad.

Dan pasa su vida con relativa tranquilidad como hombre solitario. Ha quedado viudo tras la muerte de su adorada mujer, pero sufre inestabilidad mental. No tiene hijos ni está al corriente de las nuevas restricciones económicas que enfrenta la Seguridad Social. Un día lo llaman de una agencia de trabajo temporal encargada de examinar de nuevo los subsidios para reducir los considerados inmerecidos.

A las preguntas sobre su estado de salud en general, Dan responde con la sencillez de quien está habituado a ir al grano. Quiere hablar del corazón, no de su esfínter, que funciona de maravilla. Pero los de la agencia van en serio. Dan se da cuenta de ello cuando llega a su casa una carta en la que se le informa de que no recibirá más su pensión. Contacta con el call center indicado para pedir explicaciones y espera casi dos horas pegado al teléfono antes de obtener respuesta.

Dan no comprende hacia dónde se está encaminando. Maltratado y humillado, se siente atrapado en una trampa burocrática de contornos kafkianos. Deberá inscribirse en las listas de desocupados y buscar trabajo, en espera de que su solicitud sea rechazada para poder recurrir. La Seguridad Social ha subcontratado a empresas privadas cuyo interés reside en no asignar subsidios.

Una lógica decimonónica

Durante la espera, Dan se hace cargo de la defensa de Katie (Hayley Squires), madre soltera con dos niños pequeños, Daisy (Briana Shann) y Dylan (Dylan McKiernan), no menos vilipendiada y maltratada que él. Para Katie, la única posibilidad de huir de la vida en la insalubre habitación de un albergue londinense consiste en aceptar un apartamento en una ciudad que no conoce, a decenas de kilómetros de distancia de Londres.

En el laberíntico camino emprendido por Dan hay un obstáculo prácticamente insuperable: la informática, auténtico instrumento de disuasión de masas utilizado por el poder para despistar a los proletarios no acostumbrados a la tecnología digital. Para Dan, que no conoce la red y no sabe utilizar un ratón, rellenar una solicitud es una empresa ardua. El film nos lo muestra con escenas llenas de amargo humor que, aunque de lejos, trae a la memoria el ingenio inigualable de Tiempos modernos (1936), de Charles Chaplin.

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